15 de noviembre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Cuando la Copa del Rey se convirtió en el Grand Prix

El "jamón botiquín" del Guijuelo fue la sensación del encuentro.

El "jamón botiquín" del Guijuelo fue la sensación del encuentro.

La Copa del Rey de fútbol es ya una competición tan residual y aburrida que no interesa ni a los más frikis del lugar en cuestión donde se juegue.

Vuelvo a la carga con el fútbol. Sé que puedo pecar de cansino, pero quizá la situación no me vaya a la zaga. No hablaré hoy del chiringuitismo de la prensa, de los valores tan funestos que proyectan los futbolistas de élite o de lo soporífero del deporte en sí cuando no hay nada en juego. El tema que me ronda la cabeza esta semana es cómo la mercantilización del negocio del balón entre los pies se ha llevado por delante, de manera totalmente directa, el espectáculo.

La mercantilización del negocio del balón entre los pies se ha llevado por delante, de manera totalmente directa, el espectáculo

Hay dos ejemplos muy claros: la Copa del Rey y las fases de clasificación de las selecciones. Me centraré hoy en la primera. La Copa del Rey es algo lamentable hasta que se empiezan a cruzar los equipos punteros, y a veces ni eso. ¿Qué sentido tiene, más allá del fomento de la economía de un pueblucho de mierda, que jueguen el Real Madrid contra la Cultural Leonesa, el Formentera contra el Sevilla, el Atlético de Madrid contra el Guijuelo o el Barcelona contra el Hércules? ¿Tiene un interés real, insisto, más allá de tener un motivo más para emborracharte con los colegas en el bar del pueblo, que se nos informe de la Copa del Rey desde la ronda centésimo vigésimo octava de final?

Lo que sucede es lo obvio: o bien el equipucho en cuestión se lleva una soberana humillación mientras el alcalde del pueblo, el presidente del club y el concejal de festejos se ponen hasta arriba de comer y beber con Florentino Pérez y Tomás Roncero, o por el contrario suena la flauta, el partido resulta igualado y la sodomización se aplaza hasta el partido de vuelta. Con suerte, una vez entre un millón, un equipo de mierda elimina a uno de los punteros del país y el mes siguiente Michael Robinson ya tiene el guion de su programa hecho. ¿Hasta cuándo todo este circo en televisión?

En algún momento de nuestras vidas la Copa ha ido evolucionando hasta convertirse en una especie de Gran Prix del Invierno

En algún momento de nuestras vidas la Copa ha ido evolucionando hasta convertirse en una especie de Gran Prix del Invierno, con campos embarrados, gradas supletorias y gente viendo el partido desde una esquina de su terraza con vistas al Campo Municipal Perico el de los Palotes. Solo faltan Ramón García narrando, un concurso de faltas con dontancredos haciendo las veces de barrera y que se soltara la vaquilla en el descanso. Y, no sé, Paula Vázquez en el inalámbrico.

Yo respeto que todos los equipos del país quieran tener sus minutitos de gloria pero ¿qué sentido tiene cruzarlos con los grandes?

Yo respeto que todos los equipos del país quieran tener sus minutitos de gloria (si no fuera por estos momentos Raúl Ruiz, por ejemplo, no se lo habría llevado crudo de Canal+ durante años), pero ¿qué sentido tiene cruzarlos con los grandes? Es como cruzar a un mastín con un caniche. Yo me cargaba la Copa del Rey actual sin miramientos. Y por una vez me fijaría en nuestro baloncesto, que suele ser, en cuestión de organización, dejémoslo en aburrido, pero que en este caso le da mil vueltas a su homólogo de los pies. Los ocho mejores del país juegan la Copa en campo neutral y a partido único. Si por condicionantes físicos no se puede hacer todo en un fin de semana no pasa nada grave, se prolonga durante una semana y listo: cuartos de final el lunes y el martes; semifinales el miércoles y el jueves; y la final, el sábado. En una semana te lo ventilas y además tienes un espectáculo glorioso que lo va a petar de audiencia y va a enganchar hasta a los que estamos ya con metadona.

Y ya por pedir, que se le quite el apellido “del Rey” de una vez. Y si con mi idea van a dejar de ganar dinero por reducir drásticamente el número de partidos, que pase a llamarse la Copa Danone o la Copa Trump. Lo que sea, pero hay que evolucionar. Que nos come el siglo XXI. Nos come.

 

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