Me duelen las fallas

Pese a que las estadísticas indican inequívocamente que la mayoría de la sociedad está en contra de la tauromaquia, nos gobiernan progres acomplejados.

Oficialmente, ya estamos en fallas, nuestra fiesta más internacional.

Durante los próximos días, tanto la ciudad de Valencia como numerosos municipios de la provincia, se llenarán de monumentos, bandas de música, trajes bordados y flores, en una explosión de color y un ambiente festivo, conseguido gracias al esfuerzo realizado durante todo un año por orfebres, indumentaristas, artistas falleros, floristas, bandas de música y otros tantos artes y oficios, además de la ilusión y trabajo de las comisiones falleras.

Gracias a ese esfuerzo colectivo continuado durante muchísimos años, éste va a ser el tercer año de unas fallas declaradas Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO.

Y no es para menos, dada la carga cultural y artística de esta fiesta que funciona además como agente de cohesión social.

Sin embargo, y desgraciadamente, quienes hacen del sufrimiento de los animales una forma de diversión, suelen aprovecharse de los verdaderos actos culturales y lúdicos, conseguidos a base del esfuerzo y trabajo colectivos, parasitándolos. Y en las fallas no se da la excepción.

El año pasado, sólo en la plaza de toros de la ciudad de Valencia, una ciudad que se presenta como moderna y que así debería ser en todos los aspectos, se torturaron hasta provocarles una lenta y agónica muerte 143 toros.

De estos animales, dieciséis eran becerros, es decir, bebés de toro, no más grandes que un perro mastín, cuyos pequeños cuerpos fueron destrozados a manos de aprendices de torero. Y es que, para quién no lo sepa, en Valencia tenemos una escuela pública de tauromaquia, dependiente de la Diputación de Valencia.

Y siento vergüenza. Porque pese a que las estadísticas indican inequívocamente que la mayoría de la sociedad está en contra de la tauromaquia, nos gobiernan progres acomplejados, que siguen permitiendo, promocionando y destinando ingentes cantidades de dinero público a perpetuar un modo de vida rancio, a costa de la muerte y tortura pública de inocentes, más propia del franquismo que de una democracia que mira hacia Europa.

Y este año el número de torturados no se prevé menor.

Porque parasitando nuestra fiesta más internacional, las fallas, durante once días, en la plaza de toros de Valencia, que también depende de la Diputación, 72 animales (sí, casi siete animales por día) serán ejecutados tras haber cortado sus tendones, desgarrado sus músculos y perforado sus pulmones con diversos elementos metálicos punzantes, todo ello en un macabro y esperpéntico ritual, que ocultará tras unos cínicos acordes musicales los berridos desesperados de los toros, que muy lejos del ridículo y falaz argumento de la lucha entre iguales, no se podrán librar del tormento y de la muerte.

En la plaza de toros de Valencia, que depende de la Diputación, 72 animales (sí, casi siete animales por día) serán ejecutados

De nuevo la tauromaquia impregnará de sufrimiento y muerte las fallas.

De nuevo la tauromaquia se apropiará de nuestra fiesta.

Y siento dolor. Porque cada víctima duele. Porque cada animal torturado es un ser único e irrepetible, que sólo desea, como tú y como yo, vivir su vida, en libertad y con dignidad.

Mientras esto se permita, es difícil asociar las fallas a una verdadera fiesta.

Mientras esto se permita, me duelen las fallas.

 

*Coordinadora provincial de PACMA en Valencia

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