La dignidad de la silla

La dignidad existe, se ruede o se camine. En ocasiones se le llama respeto. Sería fácil de entender. Desgraciadamente, y aunque no se admita no siempre ocurre. Se siente, se vive a diario

Me gustó este texto de María Gómez-Caminero:

 “La dignidad de la silla”

 Sentarte después de haber caminado mejor o peor, pero erguida, no resulta nada fácil. 
Pasar de andar a rodar es muy duro, y algunas nos resistimos hasta el final.       
Y no es duro porque no sea más cómodo.    
En absoluto. A muchas rodar nos permite ir a lugares que ni soñábamos antes.  
Rodar nos da alas.     
Y sin embargo se vuelve tortura por todas las barreras e inconvenientes que te encuentras día a día.    
Incluso las miradas de los demás son más lastimeras cuando te ven rodar en vez de andar,
aunque cuando una sufre de verdad sea caminando.          
Es como si la silla llevara incorporada un mecanismo que te roba la dignidad.
Se te niegan mil derechos al sentarte.          
Ir por la calle se convierte en una carrera de obstáculos en la que constantemente tu vida peligra, y no es una exageración, desgraciadamente, ya son unos cuantos muertos que lo atestiguan.
Al sentarte, es imposible entrar a muchos lugares, públicos y privados.   
Si consigues hacerlo, puede que tu destino sea una esquina “reservada”, ni siquiera puedes elegir el sitio en el que colocarte.
De mear y cagar, mejor ni hablamos.          
Y si todo no es suficiente, al topar con la falta de conciencia y las respuestas crueles, la poca dignidad que te quedaba se desparrama ante el sinsentido de quienes se creen a salvo de estar ahí sentados.     
Un poquito más de amor, por favor.

 

Hace algunas semanas leí en una red social este texto de María Gómez-Caminero, una escritora de pluma llana y fluida, poetisa de los sentimientos y del dolor, en quien las palabras llegan fraguadas del entorno en que viven las personas con movilidad reducida. A menudo tan arduo de entender por quienes no la sufren. Imagino que para ellos es difícil darse cuenta de que el futuro nunca está escrito.

Y me gustó por lo claro y directo que era, por expresar lo que siente, esas vivencias que se coleccionan en instantes de rabia contenida por quien tiene que pelearse la vida cada día, a veces literalmente, con las asperezas y desplantes de una sociedad en tantos momentos ingrata.

Me gustó, en suma, por tanto como expresa en un escrito tan corto. En ocasiones no hacen falta demasiadas palabras para contar una verdad.

Le agradezco de corazón que accediese a prestármelo y elaborar así este artículo escrito a dos manos.

Y es que sentarse en una silla de ruedas nunca es algo buscado, simplemente llega.

Es desolador cuando sucede de modo brusco y traumático, como cuando un accidente corta las alas de una libertad que casi siempre parece empezar en las piernas; otras viene de alguna de esas enfermedades raras y crueles que alientan el coraje de quienes las padecen, como la Artrogriposis Múltiple Congénita, de la que escribí aquí hace algún tiempo y que padece mi amigo Alejandro Serrano, de la que llega sin esperarlo, como la temible ELA, o a consecuencia de ese viejo mal que martiriza a secuelas nuevas, como es el caso de aquella infausta parálisis infantil, la polio.

Y tantas otras.

Sus realidades dictan que todos ellos tendrán que acabar asumiendo que sus posaderas, de un modo u otro y probablemente para el resto de sus días, vegetarán descansadas en el asiento acolchado de una silla de ruedas.

No es el fin del mundo; no tiene por qué ser la mayor de las tragedias (o sí), pero siempre es una verdadera putada.

Es duro que sea tu estigma desde el mismo nacimiento; también cuando ocurre de improviso, inesperadamente. Conocer que tu vida ya nunca será igual después de ese trágico accidente que ha partido en dos tu juventud. El dolor, la resignación…, las miradas…, que desde ese momento te acompañarán y que quedará para siempre en el ambiente que te va a rodear... Tu familia, tus amigos. Por eso desde aquí pido encarecidamente responsabilidad y cuidado.

Pero otras veces va revelándose poco a poco, siendo uno consciente de lo que le espera, como el reo que asume la lenta e inevitable cadena perpetua de su condena. Saber que ese castigo, que uno no entiende bien si pasaría por ser divino y el porqué, llegará después de haber atravesado el agrio trayecto de años de cirugías, rehabilitación y esfuerzo, esos en los que nos prometían corretear los barrios erguidos y que nunca se cumplió (otros nunca tuvieron oportunidad siquiera de gozar semejante privilegio).

Aquel ideal que una vez nos creímos, y que se frustró cuando la realidad nos obligó a agarrar la muleta o el bastón a una edad en la que deberíamos caminar a paso ágil la ruta del colesterol. ¡Cuánto se echa de menos aquel trotar renqueante!

Imposible detallar la cantidad de autoestima que se pierde en ese tránsito, sobre todo cuando comienzas a ser consciente del elevado peaje que todavía queda por pagar, el que separa la delgada línea entre caminar a golpeteos de báculo, con su dolor y su cansancio agotador, quemando las mínimas fuerzas que aún existen en estas piernas de trapo y el momento de rodar las calles, ya definitivamente.

Es una de esas decisiones que de verdad marcan la vida.

La dignidad existe, se ruede o se camine. En ocasiones se le llama respeto. Sería fácil de entender. Pero, desgraciadamente, y aunque no se reconozca, no siempre ocurre. Se siente, se vive a diario.

Es lo que desde hace ya un año trato de mostrar desde esta columna.

“Un poco más de amor, por favor”.

*Autor de Sueños de escayola.

 

 

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