18 de octubre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

El fracaso de no ganar cinco seguidas

En este Real Madrid no se da nunca un partido por perdido. Jamás.

En este Real Madrid no se da nunca un partido por perdido. Jamás.

De tanto jugar con fuego muchas veces nos hemos quemado. Pero si no fuéramos unos pirómanos no seríamos quienes somos. Y no somos de este Real Madrid por lo que gana, que también.

Quizá tenía que haber escrito esto en caliente, el domingo por la noche, después del cherne a la plancha y la botellita de vino blanco en La Marinera. No sé, quizá tenía que haberme abierto en canal para mostraros mis sentimientos después de una Copa del Rey apasionante en Gran Canaria. No sé, da igual, el caso es que ya estoy aquí, con todas las ideas bien claras en mi cabeza. Creo.

Mi sensación antes de empezar la competición era que es muy difícil ganar cinco títulos consecutivos. Casi imposible hoy en día. La última vez lo consiguió el Barcelona, ganando seis Copas del Rey entre 1978 y 1983. En la liga nacional nos tenemos ya que remontar a las diez que ganó el Real Madrid entre 1968 y 1977. Otra época, pues. Era, por tanto, casi surrealista pensar que hoy en día se pudieran conseguir registros similares. Y sin embargo, casi sucede.

Lo que hace cada día, el espectáculo que da y esa manera casi inhumana de no dar jamás un partido por perdido. Jamás

Es una pasada este equipo. Una puta pasada. Lo que hace cada día, el espectáculo que da y esa manera casi inhumana de no dar jamás un partido por perdido. Jamás. Fue absolutamente brutal que, después de cómo se fue produciendo el partido, llegaran a tener la última bola para ganar. Hemos normalizado este tipo de situaciones cuando realmente es algo fuera de lo común. Lo puedes hacer una vez cada varios años, un milagro esporádico, un espíritu de Juanito o algo así. Pero aquí es la norma: no se da un puto partido por perdido. Jamás.

No olvido esa cara de Pablo Laso cuando quedaban 2:43 y el marcador mostraba un contundente trece arriba para el Barcelona. Lo recuerdo perfectamente porque el marcador y mis ojos estaban en la misma dirección. Lo que deduje de la mirada de Pablo, el apretar de corbata y los morritos hacia fuera era un “hay tiempo”. Y lo hubo. Estoy convencido de que el Barcelona fue mejor, no solo en la final sino el fin de semana en general, y creo que el mejor merece ganar. Lo merecieron. Pero habría sido tan bonito. Tan bonito. Decía Sabina que no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió. Ay. ¿Y si hubiera tirando Thompkins en vez de doblarla para Causeur? No sé. Quedará en nuestra memoria esta remontada no culminada como una de las demostraciones de fuerza y locura más grandes que jamás vi.

Y pasaban los segundos. Y el Barcelona cerraba el partido. Y el Madrid volvía a resucitar. Y lo volvía a cerrar. Y volvía a revivir. Y otra vez. Y una vez más. Fue una batalla final épica. Cuarenta y cinco segundos, ocho abajo, y Pablo volvía a mirar al marcador, “que sí, que da tiempo”. Y dio, pero no dio. De tanto jugar con fuego muchas veces nos hemos quemado. Pero si no fuéramos unos pirómanos no seríamos quienes somos. Y no somos de este Real Madrid por lo que gana, que también, somos de este Real Madrid porque nos ha enseñado a amar el baloncesto hasta en la derrota.

Y perdimos. Y dimos la mano. Y nos fuimos a casa para intentar ser mejores la siguiente vez. Y cuando llegamos a casa vimos cosas raras. Una falta que fue falta, unos cinco segundos que fueron cuatro y un me gusta indigno y lamentable que me hace replantearme toda mi escala de valores. En fin, que yo no creo en conspiraciones. Yo creo en la justicia del deporte y jugando así, la balanza de la temporada caerá de nuestro lado. Mientras tanto, la venganza se sirve en plato frío. Y aunque este aún esté templado del clima tropical del que venimos, la espero con ganas.

Y sí, ¿y el campo atrás qué?

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