Mitin de Vox en Valencia: La que ha montado Puigdemont

El mitin de Vox en Valencia ha sido hasta ahora el más importante de los celebrados por el partido de Santiago Abascal durante esta campaña, a la que sólo le queda un día. Los organizadores hablan de 7.500 asistentes. Fuentes menos parciales lo dejan en 4.000-5.000, que ya es mucho para una fuerza hasta el domingo extra-parlamentaria.

Quien esperara ver un akelarre fascista en el Museo Príncipe Felipe se llevaría una desilusión enorme. Las alusiones a España eran “vivas”, no “arribas”. Las banderas, constitucionales. Los saludos, con las manos a la altura del tórax y extendidas horizontalmente, no verticalmente.

El control por parte de los voluntarios y de los servicios de seguridad es absoluto. Tan eficaz que, sometido como está Vox a un escrutinio al que no se somete ya a nadie más en política, no consta que nadie se haya salido del redil en ninguno de sus mítines con alusiones nostálgicas o con cosas peores. Y eso para el partido con opciones de más a la derecha del espectro es todo un éxito.

¿De qué va entonces Vox? De españolidad. Por encima de cualquier otra cosa. En el mitin de Valencia los asistentes reaccionaban especialmente cada vez que se hacía alguna alusión al orgullo de ser español. Es decir, quienes van a los mítines de Vox son personas que no quieren esconder que se sienten españolas, y que quieren proclamarlo con la misma fuerza con la que hasta ahora han expresado lo contrario en este país sólo quienes no se sienten españoles. Sin complejos, y a diario, no sólo una vez al año. De eso va Vox, cuyo padre fundador más que Santiago Abascal es Carles Puigdemont, a quien algunos cánticos enviaban anoche “a prisión”, no al paredón. Realmente con el ex-presidente catalán es con quien empezó todo, y sin él y su legado Vox seguramente no sería lo que va a ser el domingo.

Abascal es también lo contrario que Ángel Garrido. Es un tipo convencido. Sabe lo que quiere desde hace mucho, y lo dice fuerte y claro. Bordeando fronteras: la unidad nacional "es innegociable y se defiende con todas las consecuencias"; el domingo se decide entre la "continuidad histórica" de España o "el caos de un frente popular" que "une a comunistas, separatistas y señoritos de Barcelona"; lo que ahora tenemos es una "dictadura 'progre' que agoniza"; "se piensan que el obrero está preocupado con el heteropatriarcado, el agricultor por el lenguaje inclusivo o el estudiante por la custodia compartida de las mascotas"; o "ya han prohibido Caperucita por machista y acabarán prohibiendo El Quijote por islamófobo".

Abascal, en la recta final de la campaña, ya sólo se dedica a enardecer con el mensaje “rojigualdo” porque "el Estado de las Autonomías es la garantía para acabar con la pluralidad de España", y a intentar contrarrestar las principales críticas sectoriales de la izquierda, que es la única que parece adivinar la magnitud de la ola que llegará a la playa este domingo. Por eso dijo también en Valencia que en materia de inmigración sólo quieren "preguntar al que toca en nuestra puerta qué pretende y qué quiere aportar", y que apuestan por "la libertad frente a la totalitaria ideología de género que secuestra la voluntad de las mujeres y no las protege" porque "solo busca la lucha de sexos, una vez que la izquierda ha visto caída la lucha de clases".

A la salida del mitin me aborda una señora que me es ajena, que dice que me ha reconocido y que se me presenta como una “limpiadora” (oficio), para resumirme el encuentro sin yo habérselo pedido, e insistirme en que la gente que ha asistido al Príncipe Felipe es gente normal sin rabo ni cuernos. Un poco más adelante confluyen antes mis ojos dos docenas de jóvenes mitineros con banderas españolas y de Vox con dos señoras inequívocamente ataviadas a la usanza del Islam. Y no pasa nada.

 

 

 

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