Es lo que no dicen

Alguien ha de mover el armatoste público; alguien ha de impulsar, a golpe de intubación y muerte, la galera burocrática del momio; alguien ha de sorber carajillos con el susto y la mordaza.

 

Sabemos de sobra que no es lo que dicen, sino lo que no dicen, pero la desfachatez hodierna es inaudita: sueltan el despropósito y tiene más befa que verosimilitud; es una baratija innecesaria, una bisutería informativa, una parola paralela, un humo de fingimiento, una versión sucedánea, una improvisación gramatical y totalmente arbitraria para enmascarar la verdad, algo tan zafio como la excusa del padre cuando cambia de colegio al hijo, de la novia cuando te deja, del gobierno cuando afirma tener un comité de sabios, de la cadena televisiva cuando encubre una comunidad repleta de virus o del partido que amaga un bastonazo al rey emérito mientras intenta endiñárselo al rey oficial.

Aquí lo cierto es, indefectible y casigenéticamente, lo que no se dice. Por eso el periodista español, en las ruedas de prensa —resabio de perro viejo— no apunta lo que se dice, sino a lo que se omite. Larra escribió que “lo malo es lo cierto”, pero no: lo cierto, en este país embustero y abellacado, es lo que no se dice.

Tenemos arraigadísima la costumbre del escamoteo, de la supresión, de la reticencia; ocultamos información —puro vicio— hasta en lo intrascendente, porque sisar en la verdad es un deporte nacional, una propensión inveterada, un tic endémico, tan castizo que hay otras formas de sisa en el mundo, pero son hijuelas de la sisa genuina, de la sisa madre que se practica en España. Sisamos por seguridad; sisamos por prevención; sisamos para desembuchar después, en otro momento, cuando más convenga; sisamos torcida, ladina, sibilinamente.

Sisa el político, sisa el mucamo y sisa el comisario; sisa el tesorero las volutas de la venganza, y sisa el honorable los betunes del despecho. Todos blanden reservas; todos economizan saberes; todos llevan grabado a fuego que la información es poder. De modo que la enjundia, lo mollar, el quid es lo que no se cuenta, lo que macera en el coleto acechando mejores coyunturas.

El periodista español, en las ruedas de prensa —resabio de perro viejo— no apunta lo que se dice, sino a lo que se omite.

El pez no muere aquí por la boca: el pez autóctono es más listo que la gazuza, que la carpanta de noticias en que se debaten los tontos que, incapaces de sofrenar la lengua, llegan a la encrucijada faltos de metralla, de matraca y de contenido. No hay español sin carnaza en los abazones, y menos que ninguno el político, marrajo de nacimiento y doble redomado.

El periodista de investigación —¿hay periodismo de otro tipo?—, en España, indaga entre las posibilidades de lo que no se ha dicho; sabe, como sabecualquiera, que lo dicho es algodón de azúcar, manzana de feria y martillito de caramelo: chafardeo lamerón y caries para mañana; maquillaje, afeite, zumba, refracción y mentira.

Nos dijeron que habría dos o tres contagios a lo sumo, y al decirnos eso no mentaron, quizá para llegar al aquelarre feminorroide, quizá por pura estupidez, el tsunami que nos atropellaba. El caso es que fue, como siempre, lo que no dijeron.

Ahora nos piden, a través de una beatería publicitaria sin precedentes, de una propaganda institucional que aduna lo ñoño y lo malvado, que volvamos a no se sabe qué normalidad, que salgamos al ruedo infeccioso con el jirón colorado del capa famélico. Nos dicen cuánto nos beneficiará, lo mucho que lo necesitamos, lo fácil que lo tenemos.

Consistiendo ellos en lo que no dicen, y conteniendo nosotros la rabia que nos inunda hemos venido a ser ludibrio europeo y misterio sin resolver.

Nos la pintan calva —loca tú—, pero nos hurtan que lo importante para ellos no es que hocemos en las rebajas, que traseguemos el recuelo y echemos el parrafito, sino la economía que con ello activamos, el parné que con tanto riesgo movemos, las hormigas productoras que volvemos a ser, la condición pagana que recuperamos. Alguien ha de mover el armatoste administrativo; alguien ha de impulsar, a golpe de intubación y muerte, la galera burocrática del momio politicoide; alguien ha de sorber el carajillo entre sustos y mordazas para que viajen ellos a la Cogolla y nos tomen el pelo entre frescuras y caterings.

Nótese al respecto que nos han mostrado el sitio pero no el piscolabis, que seguramente no sirvió —malpensados que somos— el palillero local. Y confinan barrios y parcelas, aulas y viviendas; y nos anuncian —estamos arrasados en lágrimas de alegría— que habrá, cuando llegue lo gordo, respiradores y oxígeno para todos, y una vacuna con la que generaremos anticuerpos —ésos que ya tienen los que han pasado la enfermedad pero se han vuelto a contagiar—.

Y nos doran la píldora de la nueva e insoportable normalidad en la que seguiremos costeándoles el dolce far niente. Pero no explican por qué no se han medicalizado los almacenes de viejos, ni por qué no se atajó en su momento el jubilicidio, ni por qué llevamos embozo a cielo abierto aunque mascamos y espurreamos en los figones.

La existencia se transmuta en quirófano; el caleidoscopio de la vida se altera, pero nuestra condición se mantiene constante: somos parias a prueba de virus, víctimas garantizadas de la desinformación, la contrainformación y la prestidigitación: galeotes fijos de un sistema electoral obsoleto en que perdemos el control justo después de votar. Consistiendo ellos en lo que no dicen, y conteniendo nosotros la rabia que nos inunda hemos venido a ser ludibrio europeo y misterio sin resolver.

Entre pillos anda el juego, y aquí somos de buen conformar, por lo que si ellos nos cargan de silencios, nos esquilman de lo lindo y son lo que no han dicho, nosotros decimos lo que no somos, vemos la tele a destajo, trampeamos con lo negro, nos analfabetizamos a marchas forzadas y elevamos el enseñaculismo y el perroflautismo hasta cumbres insuperables. Puede que cínica, miserable y dramáticamente sea lo que no dicen, pero nos importa un bledo.

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