18 de marzo de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

La estatura del Rey

El Rey, en Barcelona el 17A junto a Sánchez y otras autoridades

El Rey, en Barcelona el 17A junto a Sánchez y otras autoridades

En un paisaje tétrico marcado por las deudas de Sánchez con el nacionalismo, la figura del Rey destaca pese a su papel de mero mediador. Su carisma y prestigio son incuestionables.


 

El independentismo parece haber recalado en esa estación avanzada que deseaba. En vez de acercarlo a la legalidad, la oferta de diálogo de Pedro Sánchez ha servido para normalizar el “golpismo”. Los partidarios de la ruptura tienen enfrente un Gobierno débil y maniatado. Y saben que así continuará, porque Sánchez solo puede alargar su permanencia en La Moncloa si no tensa la cuerda con unos aliados aglutinados solamente para echar a Mariano Rajoy y al PP.

Asistimos, por tanto, a la subida por una escalera de la que ignoramos los peldaños. Y también cuáles serán las consecuencias de la altura. Lo hemos visto en la triste conmemoración de los atentados de Barcelona y Cambrils, donde las víctimas quedaron difuminadas por el engreído “procés” independentista. 

 

Si durante mucho tiempo hemos lamentado el cortoplacismo de los partidos nacionales con el nacionalismo con tal de que les permitiese gobernar, ahora ese juego toca su fase decisiva.

Así lo ha entendido Quim Torra, que pide abiertamente a los suyos pasar al ataque contra el “Estado español injusto”. La timorata respuesta de la vicepresidenta, Carmen Calvo, alarma al constitucionalismo. El presidente de la Generalitat ha testado la debilidad de “Madrid” y prepara el asalto al rey en la partida de ajedrez. Pedro Sánchez, con 84 diputados socialistas, es un desdibujado gobernante, más preocupado por el “qué hay de lo mío” que en concebir semejante jugada.

El dique

Albert Rivera, pese al brío de  ser Cs el partido que ganó las elecciones catalanas, tampoco tiene aún cuajo para el lance. El PP es una isla rodeada de tiburones dispuestos a merendárselo. Y a Podemos ni se le espera, aunque parezca más partidario de agravar el problema que de su solución.

 

Seguramente Felipe VI sea el único dique antes de la ruptura de España y, desde luego, cada día su estatura sobresale como puerto de seguridad que conecta el proyecto español. Pero la Constitución deja a la Corona un espacio reducido al papel mediador.

Así que deberá ejercer entre bambalinas, a través del simbolismo y de la fuerza de su presencia carismática. De lo que no cabe duda es de que España necesita elecciones: cuanto antes. Es imperioso que los ciudadanos decidan lo que desean. Pedro Sánchez es presidente por un pacto, legítimo, de representantes plurales, pero el momento exige un presidente con el grado de legitimidad que sólo otorga el voto directo de los españoles.         

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