03 de diciembre de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

¿Y se hizo la luz?

Pedro Sánchez poniéndose la mascarilla.

Pedro Sánchez poniéndose la mascarilla.

Más que el peor Gobierno en el peor momento tenemos el perfecto Gobierno de la improvisación, que termina siendo nefasto por necesidad independientemente del momento en el que se desarrolle.

Muchos ya sabéis que vivo en el campo. En medio de la nada. Los vecinos más cercanos están a poco menos de dos kilómetros de distancia. Mi finca es a la vez mi refugio y mi campo de supervivencia particular. Aquí no llega ni la electricidad ni el Canal de Isabel II: la luz viene del sol, el agua del pozo y los problemas de todos lados.

Por casualidades del destino la instalación eléctrica viene dándome quebraderos de cabeza constantes y es entonces cuando, apartada de cualquier atisbo de civilización, me siento más Gobierno de España que nunca. No soy electricista, así que cada vez que siento fallar alguna pieza de mi complejo entramado eléctrico opto por improvisar: subo unos plomos, bajo otros, reseteo el sistema, pruebo combinaciones y vuelta a empezar. Con lo cual suelo conseguir que el sistema funcione en régimen de emergencia. ¿No os recuerda a nada?

¡Qué bien va todo cuando nada falla! Pero cuando falla, porque la perfección no existe salvo en el rostro del monumento que tenemos por presidente, es justo cuando lo que debería ser el Gobierno del país se convierte en lo que es una Liusivaya cualquiera arreglando el inversor de su finca.

¿Viene el Covid? Primero como si nada: a ver si va a ser un fallo momentáneo. Demasiado tarde. Parece serio. Bajamos plomos: confinamos el país. ¿Qué pasa con la economía? ¿Cómo no hemos caído en eso? Subimos plomos: que salga el Sánchez a anunciar que hemos derrotado al virus, así los españoles consumen y nosotros nos vamos de vacaciones.

¿Otra vez rebrote? Estira el cable de la Constitución hasta donde puedas, a ver si con el estado de alarma arreglamos la máquina. ¿No hay dinero? Presupuestos nuevos: ahí los plomos se los bajamos a los de siempre y se los subimos al Ministerio de Igualdad. Improvisamos un rato con los impuestos, grabamos… déjame pensar… pongamos que los plásticos y las bebidas azucaradas. Subimos el IRPF, el Impuesto de Sociedades, quitamos las desgravaciones a los que tengan un plan de pensiones y ya verás tú cómo se hace la luz.

La única diferencia entre una señora obligada a improvisar con el generador de su casa y las cabezas que gobiernan ese país consiste, por lo tanto, en el que de la señora no se espera que sepa de electricidad porque siempre puede contar con la ayuda de un profesional, mientras que del Gobierno de España lo que se espera es precisamente que esté formado por profesionales.

Más que el peor Gobierno en el peor momento tenemos el perfecto Gobierno de la improvisación, que termina siendo nefasto por necesidad independientemente del momento en el que se desarrolle. Un Gobierno que la única esperanza de ver algo de luz que nos deja a los españoles es la de terminar echando chispas tras demasiada fricción entre los “coalicionados” y salir ardiendo, con suerte, antes que el país.

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