20 de septiembre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Los gais deben ser de izquierdas

Rajoy, en la boda gay de su vicesecretario general, Javier Maroto

Rajoy, en la boda gay de su vicesecretario general, Javier Maroto

Al PP no se le perdona un error que ha compensado sobradamente: oponerse a llamar matrimonio a parejas a las que no discutía sus derechos. El autor reflexiona sobre ello a tumba abierta.

 

 

En España hay una absurda división política en cuanto a la homosexualidad que es difícil de explicar. El sexo de la persona con la que uno o una mantiene relaciones sexuales se ha convertido, inexplicablemente, en una cuestión política. Dependiendo de con quién te metas en la cama, una gran parte de la sociedad cree que debes pertenecer a un determinado espectro ideológico o a un partido político en concreto. Es como si alguien, por el hecho de ser rubio, moreno, tener los ojos azules o el pelo largo o corto, debiera militar en un partido político o simplemente votarlo. 

Todo comenzó en el año 2005 cuando se aprobó la ley del matrimonio igualitario por parte del PSOE para permitir la unión entre personas del mismo sexo y dotarla de los mismos derechos y obligaciones que las uniones tradicionales. Sin duda fue de lo poco, por no decir lo único, positivo que hizo Zapatero en sus siete años de gobierno.

La izquierda quiere tener la propiedad absoluta de la defensa de los derechos de los gais, como si el PP se hubiera dedicado a fusilarlos como hacía el Ché

Situar a España en la vanguardia de la igualdad de derechos, siendo el tercer país del mundo en legalizar este tipo de uniones, dio una gran fortaleza al que se convertiría en el peor presidente de la historia de la democracia española. El Partido Popular se opuso, apoyado por la Conferencia Episcopal y por los sectores más duros y conservadores del partido. Pero mi pregunta es, ¿en serio la gente se esperaba otra cosa?

Condenados de por vida

El PP es un partido democristiano, al igual que la CDU de Merkel. Rajoy propuso a Zapatero una ley de uniones civiles como la de Alemania dotándola de los mismos derechos jurídicos, excepto el de adopción y rechazando la denominación “matrimonio”. El PSOE se opuso, obviamente, y los populares recurrieron la ley ante el Tribunal Constitucional. Pero no nos olvidemos de que en el PSOE había mucha gente en contra de esta ley a la cual se silenció. Al igual que en el PP había personas en contra de la ley del aborto, que finalmente el PP no derogó, a la cual también se ha silenciado y apartado de las listas. Hay que empezar a concebir que los partidos no son masas uniformes, excepto Podemos, donde el que se sale de la fila pablista es decapitado políticamente. 

Bien, a partir de estos hechos, se ha derramado mucha tinta. Han pasado 12 años desde la aprobación de la ley y la sociedad ha cambiado radicalmente. Ya en 2008 un grupo de dirigentes y militantes, con Cristina Cifuentes a la cabeza, redactó una ponencia social en el congreso del partido para reconocer abiertamente el apoyo del PP a la ley de los socialistas.

Las voces eran clamorosas, además de las organizaciones juveniles (donde hay un altísimo porcentaje de homosexuales, más que en cualquier organización juvenil de otro partido) que se mostraron a favor de dicha ley y reclamaban al partido retirar el recurso. No lo hicieron y eso les perseguirá toda la vida. Pero es curioso, porque al PP no se le perdona aquel hecho, mientras a miembros de otros partidos sí se les condona cualquier ocurrencia o suceso. Por ejemplo, a Jorge Vesrtrynge, ahora simpatizante de Podemos (y de Marine LePen), se le disculpa su antigua ideología fascista/franquista y es acogido por los podemitas como un defensor del progresismo mundial. Pablo Echenique apoyó abiertamente la guerra de Irak, se consideraba a sí mismo neoliberal y fue militante de Ciudadanos. Todo se obvia porque ahora es “del pueblo”.

Al Partido Popular no se le perdona que recurriera la denominación de “matrimonio” a las uniones civiles entre personas del mismo sexo a pesar de que, cuando el Tribunal Constitucional falló a favor de dicha ley y al no ser una sentencia vinculante y ser esta ley una mera reforma del Código Civil, el PP podría haberla derogado con su mayoría absoluta y no lo hizo. No solo eso, toda la cúpula del partido acudió a la boda de Javier Maroto con su marido y este a su salida del enlace declaró ante la prensa la victoria que suponía esta ley que aprobó el PSOE.

Galicia a la cabeza

Lo mismo hizo Soraya Sáenz de Santamaría. Pero no acaba aquí la cosa. Galicia, bajo el gobierno de Alberto Núñez Feijoó, aprobó en 2014 una de las leyes LGTB más avanzadas de Europa para favorecer la visibilidad del colectivo, y el expresidente de Extremadura, José Antonio Monago, aprobó también otra ley, a propuesta del PP (una de las más avanzadas del mundo), que permitía crear un protocolo policial ante delitos de odio que se basen en la homofobia y la transfobia, además de un régimen de infracciones y sanciones contra la discriminación homosexual, así como la atención sanitaria necesaria a personas transexuales para su reasignación de sexo en el servicio extremeño de salud.

 

Existe una creciente homofobia hacia el gay que no es de izquierdas, máxime cuando estas personas se declaran adalides de la defensa del colectivo LGTB

 

Todos estos intentos por enmendar lo que fue un error hace ya 12 años no han servido de nada. El PP siempre será un partido homófobo porque así le interesa que sea a la izquierda. Quieren tener la propiedad absoluta de la defensa de los derechos de los gais (son muchos votos), como si los populares se hubieran dedicado a fusilarlos como hacía el Ché Guevara, ídolo de la izquierda podemita.

Pero vamos al meollo del asunto. Cierta izquierda no concibe que haya gais que no sean de izquierdas, mucho menos que haya gais que voten a la derecha y muchísimo menos que militen en algún partido de estos. Ser gay es sinónimo de ser de izquierdas, no hay más. Supongo que David Cameron, que aprobó el matrimonio igualitario en el Reino Unido hace unos años, también es de izquierdas y Nicolás Maduro, presidente de Venezuela, donde los gais hasta tienen prohibido donar sangre, es de derechas.

Así funciona este país. Para Pablo Iglesias, el gobierno de Venezuela es progresista (dicho por él) y el de David Cameron sería fascista. A la izquierda no le interesa perder el caladero de votos que supone el colectivo gay. Pido perdón por llamarlo colectivo, será que este servidor considera la homosexualidad tan normal que no concibe que existan colectivos de, por ejemplo, gente con el pelo rizado. 

Homofobia hacia la derecha

De modo que podemos comprobar que existe una creciente homofobia hacia el gay que no es de izquierdas, máxime cuando estas personas se declaran adalides de la defensa del colectivo LGTB. Un servidor siempre defenderá la libertad de que cada cual haga con su cuerpo y su vida lo que bien le venga en gana sin mezclarlo con el partido político al que vote pero el sectarismo que inunda nuestra sociedad hoy en día deja entrever que mucha gente no es así. Triste pero cierto.

Los gais deben votar a la izquierda. No importa si no estás de acuerdo con sus políticas económicas, que es lo que realmente define a la izquierda y a la derecha, o con su gestión. Si eres gay, debes votar al PSOE o Unidos Podemos y sucedáneos. No importa que estés en contra de todo su programa electoral, de sus medidas de gasto público, de disparar el déficit, de la implantación de una inmovilista legislación laboral, de no pagar la deuda, de convertir España en un falansterio, tu orientación y el sexo de la persona con la que te metes en la cama deben primar sobre tu voto.

Las contradicciones

Les resulta extraño y condenable que un gay simpatice con la derecha pero no que lo haga con la extinta URSS donde se perseguía la homosexualidad encerrando a los homosexuales en campos de trabajo forzado a cuarenta grados bajo cero hasta morir, una persecución que se dio hasta la caída del la Unión Soviética. Les resulta raro que un gay vote a un partido que hace 12 años interpuso un recurso del que se ha retractado y reconocido su error pero no que un empresario millonario vote a un partido que quiere freír a impuestos a las empresas, como por ejemplo, Jaume Roures.

Será difícil cambiar todas estas doctrinas implantadas en el cerebro de una buena parte de la sociedad, ya que es prácticamente imposible luchar contra algo de lo que depende el voto. Eso es sagrado. No parece muy complicado aceptar que la sexualidad de un individuo es algo orgánico, personal y no político pero en una época en la que la política lo impregna absolutamente todo, creo que no existe ninguna esperanza de que eso ocurra.

 

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