Despelote junto a las Torres de Serranos

Sería bueno conocer el número de bajas laborales registradas al comienzo de esta semana, provocadas por catarros, afonías, resfriados o principios de neumonía, que presentan algunos y algunas, tal vez muchos y muchas, participantes en una iniciativa por la que se sintieron concernidos, la de ponerse en pelota picada para que los fotografiase Spencer Tunick, artista neoyorkino al que le va dabuten eso de desnudar al personal.

Ya son ganas de abandonar el lecho, haciendo la competencia al estúpido adelanto de la hora, para estar a las 5,30 de la madrugada del 30 de marzo, con apenas ocho grados de temperatura, sin prenda alguna con la que defenderse del fresquito mañanero, en las Torres de Serranos, esperando conocer las indicaciones del despelotador fotógrafo.

Los participantes y participantas, 1.300, eran mayoría de Valencia, pero a la convocatoria de este controvertido personaje, que parece que no le va mal fotografiando a personal en bolas, se sumaron gentes provenientes de varios países, en un porcentaje que alcanzó el treinta por ciento, lo que alimenta la tesis de que ociosos los hay en todas partes. A la hora de la verdad, la de salir desvestido de todo (ni siquiera se permitía una pinza o un lazo para reunir las guedejas más largas), se notó la ausencia de ochocientos/as inscritos/as que prefirieron, seguramente con mejor y más saludable criterio, arrebujarse en la piltra y al Tunick que le fueran dando.

Que hay gente p’ato, tal como afirmó filosóficamente El Gallo, lo demuestra el madrugón; el despojo de prendas; el exhibicionismo sin recato de adiposidades o turgencias; la novelería mediterránea; y la ociosidad, en definitiva. A unas y otros participantes les quedará, además de alguna ingesta de amoxicilina, una fotografía por toda muestra de agradecimiento y el haber sumado su voz a quienes corearon: “Els carrers serán sempre nostres”, una manera como otra de arrebatar la propiedad a Fraga, y eso que él nunca dijo por más que se le atribuya, lo de “la calle es mía”. Fraga tampoco se hubiese desnudado. Él bastante tuvo con bañarse en Meyba en las aguas de Palomares, para tratar de demostrar junto al embajador de los USA que la bomba atómica que allí perdieron los norteamericanos, no desprendía radioactividad. O si, y por alguna de sus extrañas consecuencias, haya sido posible este despelote a orillas del mismo mar que el del petardo nuclear.

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