Naranjas en condiciones: El general Martínez Campos y la restauración alfonsina

En la península, el incipiente movimiento obrero protagonizó un primer embate serio contra el gobierno en la llamada ´insurrección del petróleo´. En Alcoy los obreros se declararon en huelga

Desde su proclamación, la I República española (1873-1874) nació fuertemente condicionada, lo que se tradujo en una constante inestabilidad: hasta cuatro presidentes en sus escasos diez meses de existencia. En un contexto de depresión económica mundial, la deuda creció sin control, mientras se recrudecía la guerra de Cuba (1868-1878).

En la península, el incipiente movimiento obrero protagonizó un primer embate serio contra el gobierno en la llamada «insurrección del petróleo». En Alcoy, una de las pocas ciudades industrializadas del país, los obreros se declararon en huelga el 8 de julio y se enfrentaron a las autoridades.

El ayuntamiento y otros edificios colindantes fueron incendiados; el propio alcalde Albors fue asesinado. Dueños de las calles, la revuelta exigió la intervención del ejército y de la Guardia Civil, pero aún no había sido sofocada del todo cuando estallaron movimientos cantonalistas en Murcia, Málaga y Valencia.

También hubo breves revueltas cantonales en Alicante y Castellón. La dimisión del presidente Pi y Margall no contuvo la extensión de dicho movimiento. Esta minoría política, exasperada por la lentitud con la que el gobierno avanzaba en la vía del federalismo, defendía que este solo era posible desde abajo hacia arriba. Los municipios y los Estados debían asumir plenos poderes para negociar posteriormente su libre asociación en una república común.

Sin embargo, el equilibrio de fuerzas existente, que apenas permitió pactar la proclamación del cantón valenciano, justificó la moderación de sus principios y la necesidad de integrar en la Junta Revolucionaria a representantes de amplios sectores sociales.

La junta de Valencia defendió la autonomía del cantón, pero dentro de la federación española, y tampoco pretendió destruir el orden social y económico existente. A pesar de todo, el general Martínez Campos, designado capitán general de Valencia, fue enviado por el gobierno central para aplastar la revuelta. Semejante respuesta debilitó y radicalizó el movimiento cantonalista, que cayó en manos de los internacionalistas marxistas. La artillería comenzó a bombardear la ciudad. La sublevación solo pudo ser apagada tras 13 días de sitio, unos sucesos que Constantí Llombart recogió en su obra Trece días de sitio o los sucesos de Valencia.

La multiplicidad de frentes y las dificultades del gobierno republicano favorecieron notablemente las operaciones de las partidas carlistas. De hecho, una de sus columnas llegó hasta Burjassot. Se sumaban así a los muchos problemas que atenazaban la I República: división y enfrentamientos armados entre las diversas facciones políticas, estallido del movimiento obrero, conspiraciones de los monárquicos... Al mismo tiempo, como hemos visto, reprimía duramente a sus propias bases sociales. Las Cortes se disolvieron en enero de 1874.

La evidente inestabilidad política y la radicalización de los movimientos populares y obreros inclinó a los conservadores, moderados y grupos económicos a favor de la restauración monárquica. En este sentido, los políticos valencianos fueron pioneros.

Al contrario que sus homólogos moderados en el resto del país, superaron rápidamente sus diferencias y se organizaron en favor de la causa alfonsina ya desde 1871. Importantes personalidades locales la apoyaban, como el marqués de Cáceres, presidente de la Liga de Propietarios, o el abogado Cirilo Amorós.

Todo estaba dispuesto para dar el golpe de gracia a la República. "Naranjas en condiciones" fue el mensaje en clave que dio el pistoletazo de salida. El 29 de diciembre de 1874 el general Martínez Campos, frente a más de 2.000 soldados, se pronunció en Sagunto a favor de la restauración monárquica en la figura de Alfonso XII, hijo de la destronada Isabel II. Luis Dabán, jefe de la brigada de Segorbe, también se unió al pronunciamiento con sus tropas. El golpe fue un éxito. El gobierno no se opuso y la única resistencia la protagonizó en Valencia un grupo de republicanos armados que se atrincheró en el edificio de las Escuelas Pías, disueltos rápidamente por el ejército.

Se puso fin así al Sexenio Democrático (1868-1874) y a la I República, dando vía libre para la implantación del régimen de la Restauración, una apariencia de democracia hábilmente diseñada por Cánovas del Castillo.

 

 

 

Desde su proclamación, la I República española (1873-1874) nació fuertemente condicionada, lo que se tradujo en una fuerte inestabilidad: hasta cuatro presidentes en sus escasos diez meses de existencia.. En un contexto de depresión económica mundial, la deuda creció sin control, mientras se recrudecía la guerra de Cuba (1868-1878).

En la península, el incipiente movimiento obrero protagonizó un primer embate serio contra el gobierno en la llamada «insurrección del petróleo». En Alcoy, una de las pocas ciudades industrializadas del país, los obreros se declararon en huelga el 8 de julio y se enfrentaron a las autoridades. El ayuntamiento y otros edificios colindantes fueron incendiados; el propio alcalde Albors fue asesinado. Dueños de las calles, la revuelta exigió la intervención del ejército y de la Guardia Civil, pero aún no había sido sofocada del todo cuando estallaron movimientos cantonalistas en Murcia, Málaga y Valencia. También hubo breves revueltas cantonales en Alicante y Castellón. La dimisión del presidente Pi y Margall no contuvo la extensión de dicho movimiento. Esta minoría política, exasperada por la lentitud con la que el gobierno avanzaba en la vía del federalismo, defendía que este solo era posible desde abajo hacia arriba. Los municipios y los Estados debían asumir plenos poderes para negociar posteriormente su libre asociación en una república común.

Sin embargo, el equilibrio de fuerzas existente, que apenas permitió pactar la proclamación del cantón valenciano, justificó la moderación de sus principios yla necesidad de integrar en la Junta Revolucionaria a representantes de amplios sectores sociales. La junta de Valencia defendió la autonomía del cantón, pero dentro de la federación española, y tampoco pretendió destruir el orden social y económico existente. A pesar de todo, el general Martínez Campos, designado capitán general de Valencia, fue enviado por el gobierno central para aplastar la revuelta. Semejante respuesta debilitó y radicalizó el movimiento cantonalista, que cayó en manos de los internacionalistas marxistas. La artillería comenzó a bombardear la ciudad. La sublevación solo pudo ser apagada tras 13 días de sitio, unos sucesos que Constantí Llombart recogió en su obra Trece días de sitio o los sucesos de Valencia.

La multiplicidad de frentes y las dificultades del gobierno republicano favoreció notablemente las operaciones de las partidas carlistas. De hecho, una de sus columnas llegó hasta Burjassot. Se sumaban así a los muchos problemas que atenazaban la I República: división y enfrentamientos armados entre las diversas facciones políticas, estallido del movimiento obrero, conspiraciones de los monárquicos... Al mismo tiempo, como hemos visto, se veía obligada a reprimir duramente a sus propias bases sociales. Las Cortes se disolvieron en enero de 1874.

La evidente inestabilidad política, la radicalización de los movimientos populares y obreros inclinó a los conservadores, moderados y grupos económicos a favor de la restauración monárquica. En este sentido, los políticos valencianos fueron pioneros. Al contrario que sus homólogos moderados en el resto del país, superaron rápidamente sus diferencias y se organizaron en favor de la causa alfonsina ya desde 1871. Importantes personalidades locales la apoyaban, como el marqués de Cáceres, presidente de la Liga de Propietarios, o el abogado Cirilo Amorós.

Todo estaba dispuesto para dar el golpe de gracia a la República. «Naranjas en condiciones» fue el mensaje en clave que dio el pistoletazo de salida. El 29 de diciembre de 1874 el general Martínez Campos, frente a más de 2.000 soldados, se pronunció en Sagunto a favor de la restauración monárquica en la figura de Alfonso XII, hijo de la destronada Isabel II. Luis Dabán, jefe de la brigada de Segorbe, también se unió al pronunciamiento con sus tropas. El golpe fue un éxito. El gobierno no se opuso y la única resistencia la protagonizó en Valencia un grupo de republicanos armados que se atrincheró en el edificio de las Escuelas Pías, disueltos rápidamente por el ejército.

Se puso fin así al Sexenio Democrático (1868-1874) y a la I República, dando vía libre para la implantación del régimen de la Restauración, una apariencia de democracia hábilmente diseñada por Cánovas del Castillo.

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