25 de febrero de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Sobre el Valle de los Caídos

La Transición consagró la reconciliación nacional, que algunos se empeñan en atacar por intereses partidistas. Eso evita que el cambio en el Valle se haga con la normalidad que debiera tener

 

 

La Transición fue un espléndido ejercicio de reconciliación nacional que, en el plano político y social, tuvo unos efectos formidables. El larguísimo periodo de avances democráticos, económicos, educativos y culturales experimentados por España desde 1978 es, pese a tanto apologeta del desastre, la prueba incontestable de ello.

Mudar a Franco sería deseable desde el espíritu de reconciliación de la Transición; pero lo piden quienes no creen en ella

Pero hay algo que no se logró. Darle normalidad, desde ese espíritu fraternal, al cierre de todas las heridas sin convertir esa ceremonia de dignidad en un acto excluyente, frentista o estimulante de viejas afrentas.

De haberse logrado esto, hacer el mayor esfuerzo por reparar la dignidad de todas las víctimas, todas ellas merecedoras de respeto y restitución, nunca sería tomado como una ofensa para nadie y las tristes cuentas con cadáveres anónimos enterrados serán una prioridad para el conjunto de los españoles.

Y, de igual manera, transformar el Valle de los Caídos en un emblema de esa reconciliación sin bandos, también. Tan negativo e inculto para una sociedad es borrar su memoria cuando el pasado colectivo tiene periodos negros como no saber transformar ésta en un combustible cívico que arme los principios y valores de un país y refuerce su capacidad de superar sus demonios y evitarlos de nuevo: esto vale para la Guerra Civil y la Dictadura, pero también para el terrorismo de ETA, como a menudo olvidan quienes siempre pasean una memoria selectiva y por tanto política.

 

Adolfo Suárez y la Pasionaria saludándose en el Congreso, una imagen simbólica de la reconciliación en la Transición

El problema es cuando esos procesos se impulsan no para ahonda y culinar la reconciliación, sino para evitarla y hacerla más difícil. Lo hizo Zapatero con una Ley de Memoria Histórica que no recuperó los muertos de las zanjas y las cunetas, merecedores de todo el resarcimiento, pero se aprovechó de su dolor y del de sus familiares para resucitar una dialéctica frentista indecente. Y lo hacen, de nuevo, quienes reclaman el traslado de los restos de Franco más para rescatar divisiones sociales del pasado que para rematar el abrazo fraterno entre todos.

En España hay más antifranquistas de pega que franquistas nostálgicos, y mucho más negativos para la convivencia

El Valle de los Caídos no puede ni debe ser un emblema de la victoria de una parte de España frente a la otra ni un testimonio de una etapa sin democracia felizmente recuperada. Pero tampoco puede convertirse en una herramienta para estigmatizar en el presente, de manera irresponsable, injusta y barata, a los inexistentes herederos de aquella época. Y eso es lo que pretenden determinados partidos, a los que conviene desenmascarar sin temor a que por ello le tilden a nadie de nostálgico franquista. En España hay más antifranquistas de pega que franquistas nostálgicos, y mucho más negativospara la convivencia.

Si la Guerra Civil fue el mayor ejemplo de los defectos cainitas de España; la Transición lo es de su capacidad de superación modélica. Ambos extremos debemos conocerlos y el segundo de ellos, además cuidarlo y protegerlo. Especialmente de quienes no vivieron el primero pero se sienten deudores de un pasado que no respetan pero sí explotan con infinita frivolidad. Logrando con ello que cada pasao que debieran dar juntos todos los españoles acabe convertido en la penúltima manera de intentar separarlos de nuevo.

 

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