27 de mayo de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Santiago Abascal: el éxito curtido a golpe de decepciones

Santiago Abascal, el pasado sábado en Albacete./ Rubén Serrallé.

Santiago Abascal, el pasado sábado en Albacete./ Rubén Serrallé.

El político de Amurrio ha sabido conectar con una derecha de valores arraigados harta de que su partido de siempre, por complejos o cansancio, no dé la batalla ante la izquierda.

Pase lo que pase este domingo, y en esto coinciden politólogos a izquierda y a derecha, Santiago Abascal ha logrado un hueco en los libros de Sociología de las próximas generaciones. Seguramente también en los de Historia. Nadie duda de que, aunque entrando de sopetón, Vox ha llegado a la primera línea política para quedarse. Y eso, en España, con el sistema electoral que tenemos, no es nada sencillo.

Además, como recuerdan desde el propio partido verde, lo han conseguido aupados por el sentimiento de unos españoles que no han necesitado la ayuda de los medios para que cristalizase esta realidad.

El éxito de una formación que era casi marginal hace apenas un año debe apuntarse en un gran porcentaje en el haber de Abascal, un hombre sin dobleces que ha logrado poner rostro y voz a unas ideas -la mayoría legítimamente defendibles y algunas legítimamente discutibles- que comparten millones de españoles a quienes une una sensación: el desencanto con sus representantes políticos y el hartazgo ante las imposiciones ideológicas de la izquierda.

Abascal fue sometido a un aparheid en su Amurrio natal. Ello forjó su carácter

Abascal es un político curtido a base de decepciones. Su trayectoria y la de su padre en el País Vasco de los años de plomo es, lisa y llanamente, una historia de héroes. Amenazados brutalmente cada minuto del día, agredidos en varias ocasiones, sometidos a un apartheid en su Amurrio natal, los Abascal pusieron su vida en riesgo por los valores más nobles de la política: el servicio a los españoles. Y también por los valores que eran el ADN indiscutible e innegociable del PP: la libertad y la igualdad y la unidad de una España que no se esconde sino que ilusiona.

 

La decepción ante una democracia que nunca garantizó ni siquiera su propia seguridad -una adolescencia rodeado de escoltas- y ante una clase política vasca que nunca le consideró -como tampoco a tantos otros militantes de PP y PSE que fueron asesinados- "uno de los suyos" debió ser unos de los primeros desgarros del alma de Santiago Abascal. No el único, por supuesto.

Otra gran caída del caballo fue con su propio partido. O, por mejor decir, con eso que se dio en llamar marianismo, ante el cual ninguno de los que ahora lo zarandean dentro del PP se atrevió a alzar la voz en los años en los que gozó de enorme poder. Abascal sí.

Ello le costó tener que dejar su representación política en el País Vasco -con gran dolor y tras ser muy maltratado, incluso personalmente, por sus compañeros- para encontrar acomodo en Madrid, bajo la alargada sombra de Esperanza Aguirre, en "otro PP" donde por entonces se vio reflejado. Ya después, ni en él. La segunda gran decepción.

 

Ahora, Abascal ha comprobado, con la espectacular y sorprendente irrupción de Vox, que no estaba solo en su idea de una formación "distinta" a la que durante años encarnó el Partido Popular y que reunió a todo el centro derecha en España. Un partido que en realidad no es un partido. Un "movimiento patriótico" de españoles basado en el sentido común y la unidad de la nación española, sin miedo a enfrentarse a la "corrección política" que impone la izquierda cultural y política a través de distintos resortes, aplicando una suerte de dictadura con "leyes ideológicas" que impiden pensar de otra manera que no sea la "oficial" en países donde se supone que debe estar garantizada la libertad de opinión.

Vox es un movimiento patriótico, una derecha de profundos valores a los que no está dispuesta a renunciar

Vox es una derecha de valores arraigados que busca distinguirse, como el propio Abascal señala -siendo en eso tan celebrado por los suyos- de la "derecha cobarde" y de la "veleta naranja": esto es, un PP que, por complejos o por el cansancio de quienes llevan demasiado tiempo y se han acomodado al sistema, no da la batalla a los axiomas izquierdistas, abandonan a su gente, y un Cs que lo mismo puede apoyar a Mariano Rajoy que a Pedro Sánchez o una idea u otra dependiendo de lo que marquen los sondeos.

Y en esas está ahora aquel valiente y joven parlamentario que representó los ideales de libertad, igualdad y españolismo en la cámara de Vitoria de final de los 90, cuando ETA y el nacionalismo vasco, que se beneficiaba políticamente de los pistoleros, deseaban extirpar del País Vasco a todos aquellos señalados con el dedo asesino como "españolazos".

Se encuentra a punto de firmar un éxito electoral sin precedentes, que va a permitir a su partido irrumpir en el Congreso de los Diputados, en un momento tan delicado como el actual, para defender la unidad y plena vigencia de España.

En realidad, si se mira bien, para seguir haciendo, desde otro sitio, lo que ha hecho toda su vida.

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