02 de junio de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

¿No hay test ni para los sanitarios pero quieren confinar a los asintomáticos?

Sánchez, saliendo del Congreso

Sánchez, saliendo del Congreso

El Gobierno está más centrado en borrar la huella de sus insoportables errores previos que en aportar soluciones reales a una pandemia que España sufre como nadie.

 

 

Aún a día de hoy, ni los propios sanitarios han podido someterse a los test de detección del coronavirus y no disponen, en suficiente medida, de material elemental para desarrollar su trabajo sin exponerse a más riesgos de los inherentes a su impagable función.

Eso explica que tengamos el porcentaje de médicos y enfermeros contagiados más amplio del mundo y que supere, en números absolutos, al de la población total de pacientes de países como Corea. Una cifra insoportable, sin duda, pero también injustificable y que tendrá que ser explicada y depurada en su momento.

En ese contexto, que el Gobierno hable de hacer test masivos en los hogares, de usar las mascarillas que no existen de manera general o de confinar en espacios públicos o privados como hoteles y polideportivos a pacientes asintomáticos, portadores del COVID-19 pero sin desarrollar la enfermedad; resulta una osadía, cuando no una desfachatez inmensa.

Todo ello compone un paisaje en el que el Gobierno parece más concentrado en borrar la huella de sus mayúsculos errores de imprevisión de todo tipo, claves en la extensión virulenta del virus en España como en casi ningún lugar del mundo; y en la presentación de medidas paliativas que no está en condiciones de aplicar; que en la ejecución real de soluciones concretas, claras y con calendario.

 

El despropósito que ha supuesto escucharle al ministro de Sanidad anunciar el confinamiento en masa de pacientes asintomáticos y al de Justicia aclarar que no saben la fórmula legal para aplicarla y que, hasta ahora, esa medida forma parte de un mero "debate interno en el Gobierno".

Todo ello, unido a la insólita vocación de la práctica totalidad de las televisiones de vender de repente un entusiasmo improcedente con imágenes de celebraciones en los hospitales, refleja el comienzo de una basta operación de propaganda que atiende más a las necesidades políticas de Pedro Sánchez que a los intereses del conjunto de los españoles y a la realidad objetiva de la tétrica situación social, sanitaria y económica de España.

 

 

Lo cierto es que el Gobierno rechazó, de manera reiterada y sistemática, las advertencias internacionales sobre el virus que le remitieron en enero, febrero y hasta marzo. Lo cierto es que ignoró de manera expresa la compra de material sanitario imprescindible cuando a principios de marzo se lo sugirieron. 

La terrible cadena de errores

Lo cierto es que, además de obviar todas esas alertas y consejos, negó de manera pública y contundente el riesgo sanitario y animó las concentraciones masivas en las fechas en que, pese que Europa le inquirió a suspenderlos, se produjo el gran contagio que hoy explica los 13.000 muertos contabilizados. Y lo cierto, entre otros desastres, es que desaconsejó el uso de mascarillas que ahora intenta imponer en un país donde ni siquiera es sencillo acceder a un simple gel de manos desinfectante.

Ése es el panorama real de un país paralizado, que sufre como ningún otro al coronavirus por esa cadena de despropósitos y que, además, plantea limitar aún más las libertades individuales para simular una acción que no fue capaz de demostrar cuando era imprescindible. Si algo más hay que confinar en estos momentos, es el poder plenipotenciario de un presidente descontrolado que tiene las cámaras congeladas, a la ciudadanía recluida y a todos los contrapesos democráticos en cuarentena.

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