12 de noviembre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

No opinen de política en las redes, son para ligar

Las redes sociales, y en especial Twitter, se han convertido en un ring virtual para boxeadores sin conocimiento que se golpean hasta caer en la lona. El autor destripa el riesgo de ello.

El parte meteorológico de redes sociales de hoy anuncia humor macabro de altas presiones por la mañana, vientos airados a mediodía, amagos de indignación lluviosa e ira parcial por la tarde e intermitentes tormentas eléctricas con arranques coyunturales de odio y desesperación conforme avance la noche.

Así, se prevén pocos cambios con respecto al clima emocional de la semana pasada, sobre todo en la parte nordeste del territorio virtual, donde es probable que aparezcan isobaras que provoquen daños colaterales de nefasto pronóstico y curvas de presión en forma de perjudiciales altitudes y peligrosas precipitaciones.

Tocqueville, Stuart Mill o Weber no lograrn gran cosa en política

Es digno de ser analizado que algunos medios de comunicación, en plena crisis secesionista, sacaran en portada a Imbroda diciendo que "Pep Guardiola hablando de democracia es como Falete hablando de dieta mediterránea".

Aquello fue como si Donald Trump fuera presidente de USA. Como si en Italia hubiera un partido político que lanzara bananas a la ministra de sanidad dentro del hemiciclo por ser de procedencia africana. Como si en España una formación política hablase de que aplicar la constitución es inconstitucional y desobedecerla es democracia.

Europa, Europa

Como si el presidente de Polonia afirmase que "hay que acabar con esta Europa vegetariana y ciclista". Como si el gobierno húngaro le prendiera fuego a la televisión pública antes de ganar las elecciones con un apoyo popular de dos de cada tres votantes.

Como si en Francia se necesitara una segunda vuelta para frenar a una señora que declara que el holocausto judío no existió. Es como si más de un 10% de los alemanes votara a la ultraderecha. Como si en Grecia, después de ser vaciada de recursos por los nazis en la Segunda Guerra Mundial, el parlamento se llenara de tipos con el cráneo rapado y esvásticas tatuadas en el corazón.

Como si en todo el norte de Europa -monárquico, por cierto- triunfara la demagogia. Como si Holanda y Austria se salvaran por los pelos de tipos que quieren destruir la Unión Europea. Como si Berlusconi volviera a las instituciones públicas. Es la realidad. Está pasando. Es la vulgarización de la política. La adaptación del circo a Twitter.

Cada día, todos los días, se leen quejas a través de las redes sociales de usuarios que no saben de lo que hablan, que no saben los conceptos más elementales de teoría política. Y no cabe la posibilidad de que una gran parte de nuestros políticos en activo no sepan que Alexis de Tocqueville se hundió en su escaño del parlamento francés durante una década, denunciando con amargura los vacíos discursos de sus colegas.

O que Stuart Mill también probara el sabor de la derrota política. O que Max Weber jamás consiguió ser candidato del Partido Demócrata. Al fin y al cabo, estos tres señores solo son teóricos de la democracia y la libertad, creadores de agendas, referencias ineludibles para que una sociedad se estructure de una manera civilizada. Estos señores no dan votos. No generan peleas, enfrentamientos. No dividen a la sociedad.   

La política

Como les decía, no cabe esa posibilidad. No es una posibilidad. Es una certeza. Al fin y al cabo, los políticos no dejan de ser una representación -bastante fiel, por cierto- de la población civil, mal que nos pese a todos. De mi paso por el liberalismo patrio aprendí dos valiosas enseñanzas: en España la mayoría de liberales son conservadores y los que intentan dar el salto a la política en activo no tienen ni puñetera idea de política.

Bueno, aprendí tres, que los que consiguen meter el cuello en política son menos pesados y resultan menos lastimeros que los que no lo consiguen. O, bueno, cuatro: que a la lucidez intelectual le acompañe el fracaso político con tanta frecuencia se debe a que las apariencias, la ubicación interesada, la discreción y el disimulo desvergonzado, son incompatibles con el rigor académico, pero imprescindibles para convertirse en una planta política trepadora.

Si les digo una cosa, a fuer de ser sincero: aprendí más cosas, doce o trece, más o menos. La mayoría interesantes, ya que me iluminaron en muchos aspectos del ser humano que desconocía por completo. Personas empujadas a la política por su baja autoestima, adultos supuestamente hechos y derechos con delirios de grandeza debidos a la pobre imagen que tenían de sí mismos, hombres de edad considerable con unas incesantes ansias de cotillear, vidas de las que huir. Y esos digamos que eran los más benignos.

Encontré a muchos rodeando el mundo de la política que, sencillamente, eran unos ganapanes sin escrúpulos. O, lo que resultaba infinitamente peor, damas y caballeros aburridos, que disponían de mucho tiempo libre y, en lugar de jugar a la petanca, optaban por tratar de influir en la sociedad de un modo u otro.

 

Duelo a garrotazos o La Niña, de Goya

Las redes sociales tienen una gran culpa de lo que está sucediendo. Brexit, soberanismo y populismo

 

Pero, ay, yo no les quería hablar de nada de esto. En serio. Siempre me desvío de los temas centrales. No bromeo. Verán. Yo no soy político. Solo me interesa la política. Trabajo como psicólogo clínico. Una vez un paciente me preguntó: ¿Tú aplicas la terapia cuántica? Me eché a reír.

Los hooligans

Me miró como si fuera un mal profesional, un excéntrico, un bicho raro. Le tuve que explicar que los seres humanos no somos ondas y partículas a la vez. No me entendió demasiado bien. Y, entonces, me acordé de Occidente. Lo prometo. Se me vino a la mente Europa. La vieja y liberal Europa de toda la vida ocupó el escenario principal de mis pensamientos.

Como continuemos dando pie a que borrachas de peinados imposibles cantando karaokes en chándal, o hooligans moliéndose a palos dialécticos con señores que no conocen de nada, informen y nos den su opinión a través de las redes con esa rotundidad tan absurda, entonces, entonces, entonces, nos pondremos todos a bailar arquitectura o a beber mazapanes.

Y es que las redes sociales tienen una gran culpa de lo que está sucediendo estos días. Brexit, independentismo, populismo europeo -menos en España, bendita nuestra suerte-, consultitis, Trump y lo que nos queda aún por padecer. La influencia es doble.

Por un lado, la propia dinámica de las redes provoca que salgan más los posts de los contactos cuyas posiciones políticas y sociales son más afines a las nuestras, con lo cual estas se refuerzan, polarizan y radicalizan. Por otro, se dicen tantísimas majaderías -algunas desde una posición de sabiduría, incluso- que resulta ya muy difícil diferenciar la mentira de la verdad.

¿Opinar de política?

No en vano, ya lo avisó la buena de Hannah Arendt: el fascismo supuso una vuelta de tuerca al tratamiento de la información. Supuso no ya tapar la verdad con mentiras, sino tratar la propia mentira como verdad.

Recuerdo cuando escribí aquella columna sobre el expresidente Truman para este periódico. Me llamaron de todo. Me llamaron incluso podemita. Un señor, que me llamaba de usted todo el rato, afirmaba que las bombas atómicas lanzadas sobre la población civil de Hiroshima y Nagasaki nos pusieron en la senda de la tecnología. Esta teoría ocupará el podio de excentricidades que he leído hasta ahora en las redes sociales.

Aquello me recordó una cosa que leí o escuché una vez. No sé si es real, aunque supongo que será un chiste. Un tipo asiático que sobrepasó los 120 años fue entrevistado por un periodista.

-¿Cuál es su secreto para haber conseguido vivir tantos años?
-No discutir.
-¡Venga ya, eso no puede ser!
-Vale. No puede ser.

No opinen de política a través de las redes sociales. De verdad. Úsenla para lo que verdaderamente están diseñadas: para ligar. Así no se equivocarán de herramienta. Porque las redes sociales son una dimensión espacio-temporal diferente de la realidad.

Esto, digamos, parece estar claro. Uno va a la playa y no ve a alguien en la orilla gritando a voz en pescuezo a todos los bañistas allí congregados: "¡Escuchadme, hace diez años nació la criatura más bonita del mundo: es mi hijo! ¡HIJO, TE QUIERO!".

Tampoco escucha a una señora esputarle, de repente, a un joven: "¡Fanático hijo de los mercados, arderás en los infiernos de las agencias de calificación!", o bien: "¡Bolchevique, no digas tonterías, que las acciones de Nintendo lo han petado gracias al Pokemon Go!" o "¡Me avergüenzo de este atrasado país pero sigo viviendo en él. Mi sueño es ser nórdico!"- así, con un enorme megáfono en la boca.

Es peligroso

Al igual que los hombres no van por la calle diciéndole a señoritas que no conocen de nada esas cochinadas que son capaces de decir desde la húmeda penumbra de su salón. Ya saben a qué me refiero. Es un mundo raro este. Y peligroso. Más peligroso de lo que aparentemente parece.

El parte meteorológico de redes sociales de mañana avisa de escasas novedades con respecto a la densidad política. El día estará salpicado de rachas soleadas en forma de vídeos de gatos, amor a los cuatro vientos entre personas de gran interés público, relevantes anuncios del cariño enorme que los padres guardan por sus hijos y los no-padres por sus mascotas.

No obstante, nada impedirá que conforme vaya avanzando la tarde aparezcan escándalos borrascosos. Salvo esquelas de última hora, no se esperan grandes lluvias de loas, insultos y reacciones anímicas adversas. Con una bolsa de papel, por si la atmósfera decide reordenar sus partículas ionizadas, será suficiente para aliviar los correspondientes vómitos, no sin antes sentir vértigos a causa de las bajas presiones de la opinión pública. Que pasen un buen día.

 

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