Carmen Posadas... otra vez

El economista Eduardo Garzón durante una ponencia

El economista Eduardo Garzón durante una ponencia

Hoy me ha hecho rememorar, por lo simple, la historia del cojones. Solicito el premio Nobel urgentemente para Eduardo Garzón

Desde luego que otra vez. Y todas las que sean precisas porque tengo que terminar con el libro que me tiene encandilado desde que me llegó a la mano. La realidad política, mi comentario habitual en estos artículos, puede esperar porque se repite un día tras otro al modo del mundo circular de los griegos: no hay nada nuevo bajo el sol: la lucha por el sillón como realidad eterna. Quítate tú, que me pongo yo, como objetivo universal.

Era yo joven, idealista y pobre –han pasado muchos años y, salvo joven, sigo siendo lo demás: anarquista, idealista, anciano y pobre-. En un pueblo de la Andalucía profunda -no entraré en otras consideraciones que darían para una novela- daba clases de marxismo a un grupo de trabajadores, no muy versados en cuestiones académicas, que querían tener claro quién era Carlos Marx, Lenin, Troski o Stalin. Aquellos hombres, sin formación, que habían ido a la escuela lo imprescindible, tenían una visión simple de la historia como ahora demostraré.

La base para mis explicaciones era un libro de Marta Harnecker, una chilena austriaca que evolucionó desde el catolicismo hasta el marxismo. El libro 'Los conceptos elementales del materialismo histórico', había que desmenuzarlo porque la grey que asistía a aquellas clases era algo dura de mollera.

Explicaba una tarde, en un local semiclandestino –no olvidemos que Franco estaba vivo y coleando- en qué consistía la plusvalía. Uno de los alumnos era un cincuentón noble y brutote, vendedor ambulante de pescado. Compró una moto marca Iso –hace más de cincuenta años de esto, entiendan la marca desconocida para muchos- y la llevó en primera desde Albolote hasta Armilla. Lógicamente la moto reventó y entregó el alma al final del trayecto.

Tiene cojones que no le cambies la marcha a la moto y la lleves en primera veinte kilómetros –le decían los amigos- claro que tenía que arder. Y con el nombre de 'el cojones' se quedó.

El cojones, con su simpleza resolvía el problema: “Es lo que yo digo, que a los ricos hay que cortarles la cabeza”

Les explicaba yo, como buenamente podía, que tampoco mis entendederas con dieciocho años eran tantas, en qué consistía la plusvalía, siguiendo a la Harnecker: Si cortamos un árbol, vale cien pesetas.

Si de ese árbol hacemos una mesa, vale mil. Del árbol a la mesa ha habido una plusvalía de novecientas pesetas, causadas por el trabajador pero que van a parar al bolsillo del dueño de las máquinas y de la fábrica en su mayoría, o sea del capitalista.

El cojones, con su simpleza resolvía el problema: "Es lo que yo digo, que a los ricos hay que cortarles la cabeza".

Un líder ideológico de la izquierda hoy me ha hecho rememorar, por lo simple y desacertado, la historia del cojones. Eduardo Garzón, hermano del ministro de Consumo por lo que sé, y colocado por ese afán de todas las ideologías de todas las épocas de meter aunque sea con calzador a parientes, cuñados, hermanos, amantes, esposas, hijos e hijas en lugares claves de esos que te resuelven el futuro.

Eduardo Garzón ha dado a luz una idea brillante: “El dinero es un invento del ser humano y se puede crear sin límites. La deuda pública no es un problema, basta que el gobierno imprima más billetes para pagarla. Este dinero permitiría contratar a toda la población como funcionarios y terminar con el paro”.

Solicito el premio nobel urgentemente para esta mente preclara.

Harto de escuchar sandeces me sumerjo en la buena literatura: La leyenda de la Peregrina, de Carmen Posadas, con la que empecé el sábado pasado, es muestra de literatura de alta calidad. No me dio, el tiempo ni el espacio, para desmenuzarla entera y hoy sigo.

 

Nos habíamos quedado en el cura reprimido y salido que interrogaba a la pobre monja Greta sobre sus meteduras de mano con su sobrino Felipe IV, todo un rey inviolable. Lo mismo que cuatro siglos después que tampoco hemos avanzado tanto y la inviolabilidad monárquica sigue presente en el ordenamiento jurídico. Un esperpento.

La perla peregrina, un joyón único de valor casi incalculable, sirve a Carmen Posadas – sabia y exquisita- para darse un paseo por las monarquías hispanas, sus líos, sus ansias y sus miserias.

Felipe IV, casado como todos con primas, en nocivo empecinamiento consanguíneo, con la permanente temperatura de los palos de un churrero, tuvo trece hijos 'legítimos' e innumerables bastardos. El más famoso Juan José de Austria –habido con una actriz guapísima a la que llamaban la Calderona- que evidentemente habría sido mejor rey que el tarado que ocupó el trono. Felipe fue incapaz de dar un heredero mínimamente operativo, pero siguió firme la ley universal monárquica que exige que el poder se transmita por vía vaginal, aunque el dado a luz sea un trastornado.

Carmen utiliza al ‘despabilador de velas’ como testigo de que el rey, esa noche como otras tantas, solo pudo hacer el ridículo, que también los gatillazos son una realidad omnipresente

Carmen utiliza al ‘despabilador de velas’ como testigo de que el rey, esa noche como otras tantas, solo pudo hacer el ridículo, que también los gatillazos son una realidad omnipresente

Sigue Carmen, brillante y joyera literaria, con las andanzas de la Peregrina y llega el pobre Carlos II.

Muy enfermo física y psíquicamente –le genética es muy traidora y el gen turbio, tantas veces escondido, termina por salir a flote- sufrió letanías, conjuros, rezos y ensalmos de todo tipo. Achacaban su incapacidad para todo al hecho de estar 'Hechizado', nombre con el que ha pasado a la historia. ¡Vuelta Perico al torno! Otra vez casan al pobre enfermo con una prima, María Luisa de Orleans. Tuvo lugar la boda, con su noche correspondiente, en Quintanapalla, pueblecito en la carretera que une Burgos con Vitoria, casi en el puerto de la Brújula. Carmen utiliza al 'despabilador de velas' como testigo de que el rey, esa noche como otras tantas, solo pudo hacer el ridículo, que también los gatillazos son una realidad omnipresente, aunque el ser humano se empeñe en callarla. ¡El que no haya tenido varios gatillazos que levante la mano! Hasta desenterraron la momia de Felipe IV para que Carlos hablara con su padre por si ese podía ser el remedio a su inutilidad reproductora.

Muere el Hechizado sin descendencia y ya tenemos el lío. Se monta una guerra mundial y entran en España los Borbones que heredaron un imperio solo porque una tía abuela se casó con un Borbón francés años atrás. En la corte de Felipe V, la que realmente mandaba era su segunda mujer Isabel de
Farnesio. Campaba a sus anchas y lucía su voz portentosa el castrato Farinelli, el único que “arrancaba a Felipe de sus vapores”. Felipe –Carmen dixit- un perturbado que solo conocía dos placeres en este mundo: el débito conyugal –no tenía amantes por terror al pecado- y la voz de Farinelli. Una casa de locos, literalmente, porque Luisa Isabel, prima y nuera del rey, también se paseaba en bolas por el palacio, levantándose las faldas y enseñando las vergüenzas ante cualquiera.

En la nochebuena –cuando escribo esto-, en 1734 ardió el Alcázar de Madrid –años más tarde daría lugar al actual Palacio Real- ardieron muchas obras de arte, pero se salvó la Peregrina.

Una vez más las amenazas del redactor jefe surten efecto: ¡no te pases con la extensión o tendremos
que recortarte! Luis Borbón, de efímero reinado dio paso de nuevo al abdicado Felipe V. Fernando VI, loco como su padre, dejó el trono en herencia a Carlos III y este, con dolor de corazón pues su hijo Gabriel parecía mucho más apto, lo traspasó al pánfilo de Carlos IV. La Peregrina seguía, junto al Estanque, siendo la estrella del joyero real.

A principios del siglo XIX, un padre inútil y cornudo –Carlos- y un hijo traidor y desalmado -Fernando-, al que su propia madre llamaba 'marrajo cobarde', vendieron el país a Napoleón. La nobleza y la Iglesia consiguieron convencer al pueblo del peligro que la patria corría con los franceses y fue el pueblo quien regó con su sangre el suelo de una nación engañada, mientras sus reyes –Carlos IV y Fernando VII- hacían la pelota, se arrastraban y vivían cómodamente a sueldo del emperador francés.

José I, al huir expulsado por la presión popular, se llevó la famosa perla Peregrina porque todos – nobles y plebeyos- luchan por salvar lo más valioso económicamente en caso de catástrofe.

Una vez más les recomiendo este novelón de Carmen Posadas, una magnifica y apasionante novela histórica con la que aprenderán y disfrutarán como yo lo he hecho.

PD.
Creo que es imposible ser monárquico a poco que se sepa algo de historia. No obstante, en unas hipotéticas elecciones a presidente de una hipotética república, pese a su discurso blandito y lleno de tópicos, votaría antes a Felipe Borbón que a Pablo Iglesias.

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