26 de noviembre de 2020
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

El grosero golpe bajo que acabó con el calvario de Cifuentes incendia el PP

Cristina Cifuentes, en el momento de anunciar su dimisión.

Cristina Cifuentes, en el momento de anunciar su dimisión.

Dos botes de crema por valor de 40 euros en su bolso han sido la puntilla tragicómica a 34 días horribilis, y el punto final de la prometedora carrera política de la ya expresidenta.

 

No se podía imaginar Cristina Cifuentes el pasado 21 de marzo, cuando, como ha sido habitual en su mandato, madrugó y desayunó leyendo la prensa antes de acudir a su despacho, que el titular de un medio digital iba a provocarle tal vía crucis personal que acabaría con una carrera política llamada a todo.

Ese día, Eldiario.es reveló que la presidenta de Madrid había cursado de forma presuntamente fraudulenta un máster en la Universidad Rey Juan Carlos. La noticia pilló por sorpresa a Cifuentes y a su equipo. Al principio, un raro silencio fue la respuesta desde la sede autonómica. Luego dijeron que estaban recopilando pruebas para contestar. Era un caso que se remontaba a varios años antes, durante su etapa como delegada del Gobierno.

Cifuentes, sin embargo, no gozó ni de unas pocas horas de tregua: PSOE y Podemos iniciaron su particular persecución política y la amenazaron con una moción de censura. Ciudadanos, su socio de investidura, exigió de inmediato una comisión de investigación. Y ello pese a que el rector de la URJC había dado las primeras explicaciones avalando, en principio, la limpieza del máster.

Un camino tortuoso y doloroso que terminó este miércoles con uno de los golpes bajos más groseros que se recuerdan en la política española

El calvario de la presidenta del PP de Madrid aún se agravó más con nuevas revelaciones periodísticas sobre la presunta falsificación del acta de su máster y ante la imposibilidad de hallar su trabajo de final de postgrado. De hecho, una semana después, el 28 de marzo, el rector dio marcha atrás, sembró nuevas dudas y decidió abrir una investigación interna en la Universidad. El mes horribilis de la presidenta iba tomando forma.

El 4 de abril, Cifuentes compareció en un pleno extraordinario de la Asamblea. Fue un pim-pam-pum de la oposición en toda regla. El PSOE anunció formalmente la presentación de una moción de censura contra la presidenta. Y todo ello, a escasas horas de la Convención Nacional del PP en Sevilla, el cónclave que los populares deseaban que fuera su plataforma de despegue rumbo a las elecciones de 2019.

Cifuentes tuvo ya claro en la capital andaluza, en esos primeros días de abril, tras comprobar que la pelota de nieve había rodado cuesta abajo hasta alcanzar ante la opinión pública proporciones descomunales, que su futuro quedaba ya solamente en manos de Mariano Rajoy.

Me consta, además, que fue entonces cuando comenzó a constatar la frialdad y la distancia de una parte de sus compañeros, los mismos que apenas unas semanas antes la cortejaban y la presentaban como el gran referente regenerador del PP.

 

El último encuentro entre Rajoy y Cifuentes, este pasado lunes en Alcalá de Henares.

 

La presidenta madrileña, tras la Convención de su partido, supo que su suerte estaba echada. Ciudadanos le retiró formalmente su apoyo y exigió su dimisión. En esa encrucijada, Cifuentes anunció su disposición a dimitir si Rajoy se lo pedía. Eso sí (repetía a su entorno), deseaba llegar políticamente "viva" al 2 de Mayo, fiesta de la Comunidad de Madrid.

Sin dormir, enferma durante jornadas eternas, atrincherada con sus más fieles en la Puerta de Sol, visiblemente demacrada y con varios kilos perdidos, la presidenta resistió como pudo, intentando esquivar los furibundos ataques que llegaban de propios y extraños denigrándola personalmente hasta más allá de lo razonable y soportable.

Un camino tortuoso y doloroso que terminó este miércoles con uno de los golpes bajos más groseros que se recuerdan en la política española: un antiguo vídeo con un desliz "cleptómano" en un supermercado, grabación que ha sobrevivido sospechosamente a las rigurosas exigencias de destrucción que impone la ley de protección de datos. Raro, raro. Dos botes de crema por valor de 40 euros en su bolso han sido la puntilla tragicómica de 34 días horribilis, y el punto final de una carrera política prometedora.

 

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