Suma y sigue con las ayudas públicas a la tauromaquia

No es rentable porque ha quedado desfasada en el tiempo y son muy pocos quienes disfrutan de esta actividad sangrienta. Se mantiene por las subvenciones que recibe

Aunque nunca deje de indignarme, no me sorprende el reciente el anuncio del Gobierno de incluir una ayuda extraordinaria para los trabajadores del sector taurino de 775 euros mensuales, durante tres meses.

 

Pese a que nos encontramos en la segunda década del siglo XXI y pese a estar gobernados por una coalición de partidos que se dicen progresistas, nuestros dirigentes siguen manteniendo económicamente una actividad que nos retrocede a la España en blanco y negro.

 

La tauromaquia es una actividad insostenible. Y no la hace insostenible esta pandemia que sí ha obligado a bajar la persiana de muchos negocios viables, entre ellos los que sí generan una verdadera cultura y que en unos momentos tan complejos como los que estamos atravesando, nos han ayudado, de forma altruista, a evadirnos de una situación sanitaria que ha puesto nuestros corazones en un puño.

 

Resulta incomprensible, vergonzoso e insultante que desde las instituciones se compare a quienes nos empobrecen como sociedad con quienes son de verdad artistas y generan verdadera cultura.

 

Del mismo modo que son intolerables las continuas inyecciones de dinero público que sostienen la tauromaquia. Porque de no ser por esta sobre protección de quienes nos gobiernan y este dispendio del erario público, nadie mataría ya toros porque no es rentable.

Y no es rentable porque la tauromaquia ha quedado desfasada en el tiempo y son muy pocos quienes disfrutan de esta actividad sangrienta que, entre otras aberraciones anacrónicas, consiste en humillar y torturar públicamente a los animales, provocándoles un sufrimiento y dolor difíciles de describir hasta que, tras una larga agonía, se les provoca la muerte.

 

Que la tauromaquia es una actividad decadente no lo digo yo. Lo dicen los números, también los de las estadísticas del propio Ministerio de Cultura, que muestran que se sigue con la tendencia descendente en el número de personas que asistieron el último año a algún “espectáculo” taurino, que apenas supuso el 8% de la población de más de 15 años. A esta cifra hay que añadir un porcentaje de casi un 20% de entradas gratuitas.

 

Por cierto, unas estadísticas que indican también que mientras se ve reducido el número de personas que asisten a estos cruentos actos, aumenta el número de ganaderías de lidia registradas...¿alguien entiende esta tendencia inversa si no es a costa de subvenciones?

 

La cuestión es que, hasta ahora, todos los gobiernos sean del color que sean, se han puesto del lado de quienes hacen negocio de la tortura taurina, les apoyan y les sostienen económicamente, pese a que la sociedad evoluciona hacia una mayor consideración a los animales.

 

Lo que ocurre es que, en unos momentos como estos, en que hay tantas personas que necesitan ayuda para sostenerse y mantener actividades rentables, interrumpidas únicamente por la situación sanitaria, es si cabe, todavía más incomprensible que parte de nuestros impuestos se deriven a mantener a quienes van a seguir, en cuanto puedan, lucrándose a costa de masacrar animales. ¿Es en esto en lo que van a seguir invirtiendo quienes gestionan lo público en este país?

 

Situaciones como la que desgraciadamente estamos viviendo deberían servir para plantearnos muchas cuestiones, entre ellas, hacia donde debemos dirigirnos y qué debemos dejar atrás. ¿De verdad torturar animales algo que merezca la pena conservar?

 

 

*Coordinadora provincial de PACMA en Valencia

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