Os vais a poner gordos



Una cosa es que el signo de los tiempos demande la adecuación de las normativas de movilidad (circulación de toda la vida) a la modernidad. Y otra, que una práctica tan poco saludable como el patinete sea acogida con entusiasmo porque ayuda a erradicar el uso del coche.

Nuestras autoridades ven con cierto alborozo la extensión del uso del patinete eléctrico por las calles de Valencia porque suponen que eso conlleva un menor uso de los vehículos de combustión (coches y motos). Menos contaminación, dirán.

Pero no todo serán ventajas para la salud de sus usuarios, que se van a poner gordos. Los beneficios de caminar o ir en bici, las alternativas hasta ahora promocionadas para no mover el coche del garaje (en la calle ponen cada vez más difícil aparcar. Visitar amigos en Ruzafa sólo va a ser posible mediante los medios que decida por mí Papá-Ayuntamiento), desaparecen con el patinete, un vehículo que fomenta el sedentarismo.

En realidad el patinete eléctrico es más que eso: es un quiero y no puedo, una moto pequeña sin ninguno de sus inconvenientes, el vehículo del arquetipo del rincón del vago, el depredador de bicicletas.

En una ciudad en la que la gente cada vez invierte más tiempo para desplazarse más cerca, el patinete es un serio competidor para todos los demás sistemas de transporte público y privado. Y especialmente, en el sector de población más concienciado con las alternativas a la movilidad tradicional. Que menos mal que lo de la bollería industrial se lo va quitando.

Por cierto -me apunta un suministrador habitual de memes- ¿cómo es posible que al Ayuntamiento de Valencia la irrupción del fenómeno del patinete le haya pillado de sorpresa, si ya desde 1916 sabemos de su existencia gracias a la fotografía de la sufragista Lady Florence Norman?

 

 

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