El síndrome del emperador

Un 9% de los progenitores ha sufrido agresiones físicas por parte de sus hijos, y el porcentaje asciende hasta el 40% en el caso de agresiones verbales

La violencia es un elemento que, lejos de ser infrecuente, se ha convertido en algo cotidiano en nuestras vidas. Quizá esa habitualidad es la que nos hace perder la empatía cuando el prójimo es víctima de un acto violento; también tiene su importancia la frivolidad con la que los medios de comunicación abordan cualquier manifestación de violencia.

 

Sin embargo, siendo evidente que cualquier tipo de violencia es condenable por resultar un ataque a la pacífica convivencia, hay un fenómeno, especialmente doloroso, que viene aumentando progresivamente en la última década y que apenas tiene trascendencia públicamente. Es el llamado “síndrome del Emperador”. Niños y adolescentes que insultan, pegan y/o roban a sus progenitores y abuelos.

 

Desde nuestras instituciones se llevan a cabo frecuentemente campañas de prevención para evitar las dramáticas consecuencias de la conducción bajo los efectos del alcohol o del consumo de drogas o para denunciar la violencia de género. No obstante, hasta hace unos años ni siquiera se distinguían estadísticamente estas conductas y los casos de agresiones de hijos hacia sus familiares más directos, la llamada violencia filio-parental, era una problemática desconocida. Tampoco trascienden las causas de estos comportamientos, cuáles son las razones por las que un menor es capaz de amenazar, insultar o golpear a sus padres para conseguir sus propósitos, pero lo cierto es que aproximadamente un 16% de los delitos cometidos por menores son violencia filio-parental.

 

 ¿Tiene el problema una causa biológica? ¿O por el contrario se trata de una carencia educativa?

 

Si bien los especialistas se decantan en ambos sentidos, mayoritariamente coinciden al señalar que estos pequeños tiranos han crecido en ambientes permisivos, carentes de límites y normas, en los que consiguen imponer su voluntad con facilidad ante unos progenitores que ni imaginan las consecuencias que generará su flexibilidad. Y es que hemos pasado de un modelo educativo autoritario y distante a un modelo, en algunos casos “democrático”,  en el que el menor impone sin reparos su voluntad, no sea que vaya a frustrarse, adueñándose del hogar familiar mientras sus padres se convierten en unos espectadores de excepción.

 

Actualmente, un 9% de los progenitores ha sufrido agresiones físicas por parte de sus hijos, ascendiendo el porcentaje hasta el 40% en el caso de agresiones verbales. Curiosamente, un alto porcentaje (entre 70-80%) son chicos que agreden a sus madres.

 

¿Estamos preparados los padres para ser víctimas de nuestros propios hijos?

 

En estos casos, como también ocurre con la violencia de género, suele relativizarse el problema. Negar su gravedad o existencia, o quizá no ser capaces de asumir la culpabilidad por no haber educado adecuadamente al hijo suelen retardar la reacción. Evitar afrontar el problema nunca es la solución.  Cuando un progenitor/a decide poner los hechos en conocimiento de la Fiscalía de Menores, más que de denuncia podríamos hablar de petición de auxilio: el progenitor se ve incapaz de controlar la situación, aunque es consciente de que la interposición de denuncia por agresión implicará en todo caso el inicio de un procedimiento judicial, que conllevará la imposición de una medida al menor, incluso su internamiento en un centro.

 

Por difícil y traumático que resulte, la denuncia forma parte de la solución.

 

*Abogada y excoordinadora de UPyDCV

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