10 de diciembre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

El consejo de sus asesores en el descanso desató la rabia de Sánchez

Rajoy y Sánchez poco antes de empezar.

Rajoy y Sánchez poco antes de empezar.

Alguien tenía que pagar los platos rotos de su frustración por lo mal que le están yendo las cosas al socialista en esta campaña, y ese alguien fue Rajoy, descolocado ante tanta agresividad.

El peor de los escenarios que contemplaban Mariano Rajoy y su equipo fue el que se produjo en el llamado debate decisivo: Pedro Sánchez, malherido por las encuestas y hostigado por los suyos, embarró el terreno para obligar al presidente a embadurdarse, a ponerse a su altura. Justo lo que el candidato popular no quería que ocurriera porque ahí poco o nada tenía que ganar.

Ahora bien. ¿Qué fue lo que le dijeron al socialista sus asesores en el descanso?, ¿Que apretara el detonador buscando una voladura controlada que acabó descontrolándose, estallándole también a él?, Algo fue, desde luego, porque Sánchez salió en la segunda parte tan rabioso que golpeó en el hígado a Rajoy una y otra vez con la corrupción hasta casi el linchamiento, sin que Manuel Campo Vidal mediara. Algo que enfadó, y mucho, a los populares. 

Por partes. Mucho se había hablado de si sería un debate de guante blanco por el bien del bipartidismo, pero llegado el momento al candidato del PSOE se le vieron las intenciones desde el principio. Apenas habían transcurrido siete minutos cuando mencionó por primera vez a Luis Bárcenas, y poco después a Rodrigo Rato. Tímidamente Rajoy le recordó que él fue en su día consejero de la Asamblea general de Bankia, como avisando a Sánchez de que si iba por ahí se harían daño mutuamente.

Luego Sánchez se descentró y entró en bucle con el rescate o no rescate de la primavera del 2012, la inyección económica al sistema bancario que el PP siempre ha defendido como "una línea de crédito" y el PSOE como un rescate en toda regla. Hasta le enseñó las portadas de entonces de El País y el Financial Times. "¿Hubo o no rescate en España señor Rajoy, sí o no?, preguntó insistentemente. "No", respondió él.   

La pausa que lo cambió todo

Agotado el primer tiempo, el socialista se fue al vestuario satisfecho porque estaba llevando la iniciativa, nada que ver con lo desastrosamente mal que le fue en el debate con Soraya Sáenz de Santamaría, Albert Rivera y Pablo Iglesias de una semana antes. 

Qué impresiones le trasladaron su mujer y su equipo sólo ellos lo saben, pero fuera lo que fuera Sánchez salió en la reanudación hecho un basilisco, faltón, impertinente y sobreactuado. Alguien tenía que pagar los platos rotos de su frustración por lo mal que le están yendo las cosas en esta campaña, y ese alguien fue Rajoy.

Se disponía Campo Vidal a preguntar al socialista sobre la reforma de la Constitución cuando él se plantó en jarras y dijo: "Yo quiero hablar de corrupción". Empezó recriminándole a Rajoy que no hubiera dimitido cuando se destaparon los SMS que envió a Bárcenas; continuó acusándole de haberse ido de vacaciones en 2004 a costa de Francisco Correa; y remató con el despido en diferido del extesorero y la destrucción "a martillazos" de su ordenador en la sede del PP.

"El presidente tiene que ser una persona decente y usted no lo es", señaló. "Yo soy un político honrado, como mínimo tan honrado como usted", replicó el candidato del PP, visiblemente descolocado por la agresividad de su rival. Sánchez siguió y siguió, reprochándole a Rajoy, entre otras cosas, que siendo líder de la oposición ganara 200.000 euros.

Rajoy asistía atónito al recital de golpes bajos del socialista, ante el que sólo acertó a quejarse, en repetidas ocasiones, de lo "mezquina, ruin y miserable" de su afirmación. "Yo no le voy a hablar de los ERES ni de su crédito de Caja Madrid", sostuvo, advirtiéndole, intentando evitar a toda costa el barrizal.

"¿Ha devuelto Bárcenas el dinero robado, los 40 millones de euros?", preguntó el socialista. "¿Se ha devuelto el dinero de los EREs y de los cursos de formación?", respondió el popular con otra pregunta.

"Le veo muy nervioso", le decía una y otra vez Sánchez, provocándole incluso con datos de dudosa procedencia, cuando no directamente mentira, según el líder del PP. Pero no consiguió que explotara, como al socialista le habría gustado, si bien es cierto que el presidente pudo haberse preparado mejor para una jugarreta del socialista así en vez de acabar leyendo de sus papeles -no las llevaba aprendidas- un puñado de medidas contra la corrupción puestas en marcha por su Gobierno.

Terminado el bloque de la corrupción, Rajoy remontó con Cataluña y el papel de España en la Unión Europea, aunque ya poco importaba. Los socialistas dirán que Sánchez ganó, cuando todo lo más que hizo -y no es poco dada su debilidad- fue acallar las críticas internas para llegar de una pieza al 20-D. Rajoy, por su parte, no tuvo el debate que le habría gustado, lógico habiendo renunciado de antemano a llevar la iniciativa. No era a él a quien le correspondía siendo el presidente del Gobierno y el primero en todas las encuestas.

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