25 de abril de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Otra cacicada de Sánchez, carente de votos pero sobrado de trucos

El Gobierno llegó al poder con una triquiñuela y, desde entonces, gestiona todo con la misma combinación de autoritarismo y apaño. Urge dar la palabra a los ciudadanos en las urnas.

 

 

Pedro Sánchez pretende aprobar el techo de gasto y los Presupuestos Generales del Estado, nada menos, con una insólita triquiñuela legal que se salta todas las líneas rojas institucionales que ha de preservar, como nadie, el primer representante del poder ejecutivo en una democracia.

Si el fondo del asunto es un despropósito -elevar la deuda y el déficit en lugar de recortar el gasto superfluo del Estado sin afectar a los servicios ni al bolsillo del usuario-, las formas son directamente caciquiles: servirse de una enmienda a la Ley de Violencia de Género para, al abrirse administrativamente un proceso a tal efecto, poder colar otra a la Ley de Estabilidad con la que anular a la Mesa del Congreso, al Senado y a la propia Constitución.

Todas las cacicadas de Sánchez son deudoras del mismo pecado original: llegar al poder si el apoyo de los ciudadanos y con apaños

Es muy probable que tal atajo sea directamente ilegal, como sugieren varios fallos al respecto del Tribunal Constitucional, pero lo es seguro que es impropia de un demócrata que carga ya con un estigma de origen explicativo de todas sus decisiones.

El mismo origen

Haber accedido al Gobierno sin los votos suficientes en las urnas y mediante la búsqueda artera de una mayoría parlamentaria coyuntural está en el origen de toda su gestión posterior, plagada de decretos, dedazos, subterfugios y asaltos como el de RTVE o éste de los PGE.

 

 

Es simplemente inadmisible que el Gobierno camufle su debilidad recurriendo a triquiñuelas indecentes, ajenas a la letra y al espíritu de la ley, deudoras de los peajes con sus aliados y fruto de la evidencia de que no se debería haber intentado gobernar sin el plácet de las urnas, que son las que legitiman a un presidente y le dan la fuerza institucional necesaria para no tener que recurrir a apaños.

 

El deterioro de la democracia con Sánchez empieza a ser evidente, pues ninguno de sus predecesores, pese a tener un poder mayor y más legítimo derivado de las urnas, se ha atrevido jamás a proceder de esta manera. Y si es grave que todo un presidente recurra a artimañas, mucho más lo es que lo haga quien está en el cargo apelando a un supuesto espíritu regenerador y ejemplar al que aludió para justificar su brusca llegada a La Moncloa.

Escandaloso autoritarismo

Cada día que pasa, urge más convocar Elecciones. No es una cuestión ideológica ya, sino de respeto a las reglas del juego, a los preceptos democráticos y a los derechos de la ciudadanía: tener un presidente al que no se ha votado es grave; padecer además su deriva autoritaria, un escándalo.

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