El plumero de los jueces

Fernando Grande-Marlaska

Fernando Grande-Marlaska

El autor sostiene que "resoluciones, preñadas de juicios de valor y categorías éticas y hasta estéticas, hacen que la gente empiece a poner en duda la objetividad de la justicia".

Por unas u otras razones, vivimos en una España abundantemente judicializada. Y no es que no sea un hecho –pese a lo que opinan maledicentes y toda suerte de delincuentes muy comunes, algunos de ellos políticos- la independencia del poder judicial con respecto al ejecutivo (Montesquieu sigue vigente), también lo es que parecen mirarse con cierto recelo sus actores, y a menudo rechinan actuaciones y declaraciones de sus principales protagonistas.

En esta época del “relato” (no puedo con la palabrita, tan manoseada) manifestaciones como “las sentencias se respetan aunque no se compartan”, “que se respete no significa que no quepa la crítica” y otras muchas del mismo jaez, no son sino la “excusatio non petita” del inexacto y popular latinajo.

Claro que los jueces son humanos, y no están exentos de ideología. Ni mucho menos de gustos, tendencias, manías, virtudes y vicios. Tampoco los médicos o los chamanes, pero tengo para mí que el juramento hipocrático tiene más peso. Si sanan sanan porque si no, grave problema para el doliente (hablen la lengua que hablen).

Dice un viejo y cruel axioma popular que los artistas plásticos tapan sus errores con pintura (los famosos pentimentos), los arquitectos con hiedra y los galenos con tierra. ¿Con qué tapan los errores sus señorías?

No hay día que la prensa, la radio o la tele no despegue con ropones, procesos, autos, sentencias, condenas y recursos. Siempre adornados con una halo de misterio y agitación social, con la presunción de inocencia por los suelos, con las ya tristemente penas de telediario y su inmediato reflejo en tertulias y tejemanejes mediáticos de elaborada y envenenada cocina que dan mucho morbo al personal.

Ya no hay “un juez estrella” (estará bueno aquél, viendo a Grande-Marlaska ocupando la silla que tanto él ansió) sino que son pléyade con distinto grado de brillo. Lejos de ignorarlo, o atemperarlo, se prodigan en páginas impresas, estudios y platós –con muy dignas excepciones- para opinar sobre lo divino y lo humano, lejos de toda discreción y (en ocasiones y a mi juicio) de una deontología al parecer inexistente. Lo saben muy bien y lo practican o lo consienten, según el rol que juegan en la compleja estructura judicial.

De la gravedad del procés secesionista catalán y la corrupción canalla de personas amparadas por siglas políticas a la intromisión en la vida privada de otras que pasaban por allí, la lectura de múltiples diligencias (¿se llamarán así por lo diligentemente que se convierten en pasto mediático para las fieras?) y resoluciones, preñadas de juicios de valor y categorías éticas y hasta estéticas, hacen que la gente empiece a poner en duda la objetividad de la justicia.

Mala cosa que a los jueces se les vea tanto el plumero. Y que, en su caso, no quepa el pentimento (arrepentimiento).

 

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