Dos tumbas para la 1ª División de Infantería

El general Terry dirigió durante la II Guerra Mundial la 1ª División de Infantería de EEUU. Años después, su hijo mandaría en Vietnam el 2ª batallón del 28 regimiento de la misma unidad

Cuando el 2 de julio de 1863 el ejército unionista lanzaba su carga contra las tropas del general Lee en Gettysburg, había un capitán español al frente de una de las compañías del 39 Regimiento de Infantería.
Sí, había nacido en Madrid. Se trataba del Capitán Carlos Álvarez de la Mesa que, al frente de la “Compañía Garibaldi”, atacó una de las trincheras. Quedó herido y atrapado entre los alambres mientras –en el fragor de la batalla- sus hombres avanzaban por encima de él.

Estuvo a punto de morir aplastado por aquellos voluntarios húngaros, alemanes, españoles y sobre todo italianos (de ahí el nombre de la compañía), que fueron a luchar en la guerra civil norteamericana.
Pero no, no murió en aquella trinchera. Llegó al empleo de coronel y tuvo cuatro hijos. La mayor, Conchita, se casaría con otro coronel norteamericano iniciando una saga de militares.
De aquel matrimonio nació Terry de la Mesa Allen que, ¡cómo no!, dirigió sus pasos hacia la Academia de West Point. Sin embargo, al joven cadete se le atragantaron las matemáticas y no superó uno de los cursos por lo que fue expulsado.

No murió en aquella trinchera. Llegó al empleo de coronel y tuvo cuatro hijos. La mayor, Conchita, se casaría con otro coronel norteamericano. De aquel matrimonio nació Terry de la Mesa Allen


Terry no se desanimó. Quería ser oficial del ejército y encontró la manera. Se licenció en Bellas Artes y con ese título pudo optar de nuevo a la milicia. Una lección de que “el que la sigue, la consigue”, y da igual cómo.
Recién ascendido a capitán, EEUU entró en la I Guerra Mundial. Terry solicitó un puesto en primera línea de combate, pero sólo fue seleccionado para integrarse en una unidad de municionamiento bastante alejada del frente.

El día que llegó a Francia se enteró de que estaba a punto de comenzar la entrega de títulos para los oficiales que acaban un curso que les habilitaba a dirigir tropas de infantería en combate.
Y ocurrió lo que estáis pensando; Terry, que apenas había deshecho el petate tras el viaje, se puso en la fila para recoger su distintivo. Y de ahí, al frente, al mando de una unidad de infantería con la que ganó dos medallas. Hay que tener “arte” para colarte en una fiesta de graduación y que no te pillen. Y mucho valor.


Tras la guerra volvió a EEUU donde ejerció como profesor (otra broma del destino) en distintas academias militares hasta alcanzar el grado de coronel.
Al comenzar la II Guerra Mundial ya era general de brigada, y al poco tiempo recibió el ascenso a general de división para, precisamente, poder mandar una división: la número 1.
A finales de 1942, al frente de la División nº 1, participó en la “Operación Torch” desembarcando en el norte de África y luchando contra Rommel. En aquellos días se compuso la marcha militar “1ª División de Infantería” tras los combates por la conquista de la cota 609 en la batalla de “El Guettar” en Argelia.
Las campañas de Argelia y Túnez fueron un auténtico éxito para Terry, pero la manera en que sus hombres celebraban las conquistas de aquellas ciudades incomodaba a su jefe, el general Bradley.
No es que la División nº 1 hiciera nada contra las leyes de la guerra…, digamos que en ocasiones los hombres de Terry acababan –durante sus festejos tras las victorias- con los suministros que debían llegar al frente.
El general Bradley quería quitarle el mando, pero Eisenhower –Mando Supremo- estaba contento de la manera en que llevaba la campaña. Sí, tampoco le gustaban ciertas cosas: era desaliñado, no cuidaba la uniformidad… pero bueno, son cosas que –supongo- si ganas todas las batallas te puedes permitir.
La 1ª División tomó Sicilia y entonces ocurrió la famosa bofetada del general Patton a un recluta de su unidad con “estrés de combate”. Aquello fue un terremoto en la opinión pública norteamericana, y aunque nada tenía que ver con Terry, el alto mando decidió hacer cambios entre los generales y –aprovechando el cese de Patton- finalmente Bradley consiguió el relevo de Terry al frente de la mítica 1ª División.
Volvió a EEUU y allí recibió una División que estaba llamada a ser poco relevante, la 104. Sí, de la nº 1 a la 104…, pero aquello no desanimó a Terry. Se entrenó unos meses con ella en Arizona, poniendo especial énfasis en la instrucción en combate nocturno; enseñó a su unidad a desplazarse en silencio para sorprender al enemigo.

La 1ª División tomó Sicilia y entonces ocurrió la famosa bofetada del general Patton a un recluta de su unidad con “estrés de combate”


Aquello fue de mucha utilidad cuando en octubre de 1944 la 104 fue enviada a luchar en el frente de los Países Bajos. Terry y su División avanzaron rápidamente –luchando también de noche- cruzando el Rin y tomando la ciudad alemana de Colonia.
Sí, la vida y la Historia quiso darle una segunda oportunidad…, algo que no ocurrió con su hijo, a quien la guerra de Vietnam se las arrancó todas en una emboscada en la selva.
En octubre de 1967 el Teniente Coronel Terry Allen “junior” avanzaba al frente del 2º batallón del 28 regimiento de la 1ª División de Infantería -la que años atrás mandó su padre en la ofensiva de Túnez- cuando los guerrilleros del Vietcong salieron de sus escondites para acribillarlos.
El cuerpo sin vida del Teniente Coronel volvió al hogar para ser enterrado con honores mientras su padre –el general Terry- saludaba las salvas de honor. Recibió la bandera plegada sin derramar una lágrima aunque su alma estaba rota. Había presenciado muchos entierros igual que ese: de compañeros, amigos, leales subordinados… pero no de un hijo.


Tras el sepelio, acompañado de la familia y allegados fueron a su casa a tomar algo, eso que tanto nos sorprende a los que no tenemos esa cultura. Allí dio su última orden vestido de uniforme: “Que nadie llore aquí. Este es el hogar de un oficial de infantería”.
La orden se cumplió; ese día y todos los días durante dos años hasta el 12 de septiembre de 1969, cuando falleció el general.
Fue enterrado junto a su hijo en el cementerio nacional de Fort Bliss. Quizás ese día lloraron juntos cuando nadie los veía ya. Se saludaron militarmente y el teniente coronel le contó a su padre cómo fue la emboscada. El general le diría algo así como “ya te dije que avanzaras de noche” y luego cantaron juntos el himno de la 1ª División de Infantería.
Escribiendo este artículo –en algún momento- me ha parecido escucharlos: “no hay misión demasiado difícil… no hay sacrificio demasiado grande…. la misión es lo primero”
En sus tumbas de Fort Bliss si te acercas mucho aún se les oye cantar. Menos de noche, claro.

*Experto en Seguridad y Geoestrategia.

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