Casus belli o la propuesta de ´guerródromos´

Si resulta que la guerra está grabada a fuego en el ADN social, mejor será que la sociedad civil la aísle en esos “campos cerrados” o ´guerródromos´

Al hilo de un hecho reciente que afecta a la economía y a la política exterior española, quizá no resultará inoportuno hacerse esta tan interesante como incómoda pregunta: ¿forma la guerra parte de la condición humana?

No hablamos de episodios espontáneos de agresividad conducentes a actos violentos. Hablamos de guerra, es decir, de la neutralización o destrucción cuidadosamente planificada de los recursos humanos y materiales de una sociedad. En la historia de la Humanidad ha habido breves períodos de paz universal (?) incrustados en milenios trufados de guerras. ¿Es esa cruenta cronicidad  evitable?

La cuestión es de tal calibre que merece un amplio y exhaustivo estudio por parte de un equipo multidisciplinar compuesto por los más acreditados expertos a nivel mundial y auspiciado por la ONU, posibilitando un debate político cuyas conclusiones puedan ser aceptadas por los estados miembros.

Si los expertos determinaran que las guerras son evitables, la sociedad civil y sus representantes debería trabajar para que ello fuera posible, como ocurre con la lucha contra las epidemias. Si, por el contrario, se llega a la conclusión de que la guerra es inevitable, ¿no sería oportuno reflexionar sobre cómo gestionar esa inevitabilidad para que cause el menor daño posible a la sociedad civil (sobre todo, a su parte más débil: niños y ancianos) que la padece?

El asunto es lo suficientemente serio y terrible como para no bromear sobre él. No quisiéramos pues que estas palabras sonaran a cínica humorada sobre un hecho tan  horrible y devastador. Ciertamente, no son fruto de una enajenación mental transitoria de quien esto escribe. Son, más bien, una invitación a pensar y a actuar para todos y cada uno de nosotros en el tan cacareado siglo XXI.

Hay en el planeta zonas deshabitadas (todas ellas pertenecientes, por supuesto, a alguna nación) como para instalar en ellas lo que podríamos llamar “guerródromos”, si se nos permite la expresión, en los que neutralizar o destruir los efectivos militares humanos y materiales de cualquier nación o grupo de naciones que quieran hacer buenas las archicitadas palabras del Sr. Clausewitz («La guerra es la continuación de la política por otros medios»).

Naturalmente, esos efectivos militares humanos deberían construirse exclusivamente con un criterio de voluntariedad y profesionalidad. Nada de levas forzosas. Deberían ser lugares sólo para guerreros y guerreras. Su extensión debería ser la suficiente, pongamos 100.000 km2, como para desplegar todos los ingenios ideados para destruir, inutilizar y matar que esa parte científica y técnica de las sociedades desarrolladas diseña y crea tan constante como silenciosamente.

También podrían edificarse núcleos “urbanos” para poner a prueba las capacidades técnicas y humanas de cada contendiente, eso sí, ocupados exclusivamente por personal militar. De esa manera, el “complejo industrial-militar” internacional podría seguir funcionando viento en popa  pero librando de sus horribles efectos a esas vastas multitudes que siempre - y hoy más que nunca - los sufren injustamente.

Tales “guerródromos” podrían estar ubicados en distintos continentes de manera que los gastos logísticos de los contendientes fueran sostenibles y, por supuesto, tutelados y arbitrados por un organismo internacional con la suficiente autoridad y solvencia, no permitiendo en el “terreno de juego” más que a los profesionales.

La nación o grupo de naciones vencido deberá acatar el resultado de esa “continuación de la política por otros medios”. Eso mismo sucede si recurrimos a los tribunales para dirimir diferencias. Incluso en su vertiente cruenta, en la Edad Media, se recurría a los llamados “duelos judiciales” en liza o “campo cerrado”, en los que, personalmente o por delegación, se apelaba a la justicia con las armas en la mano, quedando físicamente indemnes las familias de los contendientes. No hay nada nuevo bajo el sol.

Bien mirado, el asunto no es tan descabellado como pueda parecer, pues, a diferencia de otras épocas, hoy trabajamos en un lugar, nos divertimos en otro, nos atienden si enfermamos o morimos en otro distinto y nos exhiben, después de muertos, en otro totalmente ajeno a nuestro anterior entorno habitual. Se puede pues guerrear en otro aislado y distante.  

Si resulta – lo que está por ver – que la guerra está grabada a fuego en el ADN social, mejor será que la sociedad civil la aísle en esos “campos cerrados” a propósito y aplique con creatividad el lema zapatista (de Emiliano): “la guerra para quien la trabaja”.   

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