22 de octubre de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT

Una militante socialista vecina del juez Llarena avergüenza a Grande-Marlaska

Ha escrito una carta a "El Periódico" en la que narra cómo todo el vecindario sabía que esto iba a pasar. En ella cuenta además las risas que se traían los dos mossos que acudieron al portal

Isabel Serra, militante del PSC y vecina del juez Pablo Llarena desde hace 25 años, ha escrito a El Periódico para contar la sensación que tuvo al ver las puertas de su portal teñidas de amarillo y de paso para avergonzar al ministro del Interior, que no lo vio venir. 

"Los dos mossos apostados ante la puerta, sonriendo, aconsejan salir por otro lugar. 'Ahora vendrán los de la científica', comentan... 'hay que estar muy seguros de quién ha sido'. ¡Hombre! - pienso - parece evidente, pero callo". 

Serra se lamenta de que todos en el vecindario sabían que esto estaba por llegar, por más que el ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, haya tratado de quitarle importancia. Él fue uno de los que no hizo nada.

 

"Algún día tenía que pasar algo, estaba claro. Con esta resignación, desde hace más de un año, los vecinos y vecinas de este conjunto de casas de Sant Cugat del Vallès sabíamos que, tarde o temprano, tener entre nosotros a la familia del juez Llarena tendría algún efecto. ¿Pintura? Podía haber sido algo más... Vete a saber", relata.

Lo sabían ellos, el Gobierno y el CGPJ, que ahora ha pedido medidas "efectivas" al Ejecutivo de Pedro Sánchez para que el magistrado y su familia no sigan sufriendo el acoso y las intimidaciones de los independentistas.

"Soy socialista, catalanista y vecina de los Llarena, sí -continúa Serra, doctora en Psicología-. Desde hace más de 25 años; he visto nacer y crecer a sus hijos y ellos a los míos. No hemos coincidido demasiado porque cada uno sabía - y lo podía verbalizar casi riendo - que no éramos de la misma cuerda, igual que los de otro piso son convergentes... ¡de toda la vida!".

Y continúa: "Conversaciones de escalera, de reuniones de la asociación, en las que siempre nos ponemos de acuerdo para lo que nos conviene a todos y cada uno aporta lo que mejor se le da o, como mínimo, se abstiene. Democracia a pequeña escala. De la que nutre las relaciones cotidianas, genera confianza mutua y permite sentirse parte de una comunidad, en un espacio también común. Se ha hecho, se puede si se quiere".

"Esta pequeña democracia es la que mejor hay que volver a explicar a los chicos de Arran, a la gente adulta -¿y responsable? - que se esconde detrás de ellos, los políticos que los animan como si fuesen héroes y esta fuera su guerra generacional", remata con dureza. 

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