Trump, en guerra (contra la prensa)

Es raro el político virtuoso y perfecto; es más, no existe. Somos humanos, y errar es humano. Pero también es poco frecuente el político cabestro y cerril

El presidente norteamericano, Donald Trump, pasará a la historia como el más histriónico de sus gobernantes, salvo que, Dios no lo quiera, llegue otro que lo supere, algo que no parece descabellado si nos atenemos a la proverbial sabiduría de la Ley de Murphy, por la que si algo puede salir mal, lo hará; y si una situación es susceptible de empeorar, empeorará.

El ejercicio de la política puede resultar tremendamente ingrato. Satisfacer a todo el mundo es imposible, ya sea porque los recursos son invariablemente limitados o porque realizar una concesión determinada atentaría contra principios fundamentales. Propios y ajenos criticarán la labor del político, pocas veces de forma justa.

Dicho lo anterior, el buen político es consciente de ello y no pretende ni satisfacer a la mayoría a costa de las minorías, ni permitir que las minorías condicionen la toma de decisiones que atañen al bienestar de todos. No piensa en el corto plazo, por tentador que sea, sino en que sus decisiones sean lo más acertadas y beneficiosas posibles, aunque pueda no entenderse así en su momento. El juicio de la historia será lo que le absolverá o le condenará.

Es raro el político virtuoso y perfecto; es más, no existe. Somos humanos, y errar es humano. Pero también es poco frecuente el político cabestro y cerril, porque forzosamente limita sus propias posibilidades de llegar a buena parte del electorado y, por ende, resultar elegido en comicios de todo tipo.

Que no resulte ordinario, no impide que ocurran accidentes: Donald Trump es uno de ellos. Resulta la antítesis de lo esperable en un político virtuoso: cortoplacista, obstinado, inflexible, populista y con escasa tolerancia a la crítica; tan escasa que el enemigo público número uno de su gobierno no es siquiera la oposición demócrata, que recientemente ha recuperado el control de la Cámara de Representantes, sino la prensa.

En un país donde la libertad de expresión es sacrosanta y goza de una protección blindada, que permite inclusive la manifestación de lo que en Europa sería considerado puro y simple discurso del odio, los ataques y acoso a la prensa que no le es afecta resulta inédito.

Calificar como fake news las noticias que no les son propicias aparecidas en medios de gran reputación y seriedad, es un disparate sin precedentes. Ningún presidente norteamericano prevío había tenido una relación tan a cara de perro con medios que no tienen obligación alguna de mostrar servilismo ante nadie.

El último capítulo de esta esperpéntica guerra se ha dado en la propia Casa Blanca y ha terminado con la expulsión y retirada de la credencial para Jim Acosta, de la CNN, por realizar preguntas sobre un tema incómodo como la caravana de inmigrantes centroamericanos que se dirige a la frontera estadounidense. La razón formal de la retirada de la credencial, "propasarse" con la becaria que llevaba el micrófono, no pasa de mera patraña.

La solución a las críticas no pasa por acallar al que critica, sino afrontarlas e incluso reflexionar sobre ellas, pues pueden servir para tomar decisiones más informadas. Sería injusto en todo caso achacar únicamente a Trump el no llevar bien las críticas, toda vez que en España las ruedas de prensa sin preguntas son rutinarias.

¿Hasta dónde llegará la guerra de Trump con la prensa?

*Abogado y politólogo.

 

 

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