25 de mayo de 2019
DIRECTOR ANTONIO MARTÍN BEAUMONT
  • Antonio R. Naranjo

    El Gran Carnaval

    Como en la película de Billy Wilder, la política española es un carnaval solemne, cómico y trágico a partes iguales. Y así será este blog de un analista perplejo en algunos de los mejores programas de radio y TV de España.

El PSOE ya estaba roto

Tiempos de felicidad: Susana Díaz y Pedro Sánchez en un mitin del PSOE

Tiempos de felicidad: Susana Díaz y Pedro Sánchez en un mitin del PSOE

No hacerlo, callarse de nuevo por enésima vez, dejar que parezca un golpe de Estado interno al servicio de Rajoy, sólo servirá para terminar la obra de destrucción del PSOE iniciada por él.

El PSOE comenzó a romperse hace dos años cuando, tras la derrota de Alfredo Pérez Rubalcaba, Susana Díaz tuvo miedo a encabezarlo sin haber ganado primero en Andalucía y sin contar con el apoyo unánime de su partido, una parte del cual se movilizó para contraponer a la lideresa la figura de Eduardo Madina, hoy aliado, y destrozar la ceremonia de aclamación prevista.

Fue entonces cuando Díaz se sacó de la chistera a un desconocido sin poder alguno que, a título de gerente provisional, se encargara de la logística y de cuidar el fuerte mientras ella encontraba el momento oportuno para saltar a Ferraz.

Ése era Pedro Sánchez, un concejal discreto, un diputado del montón y un socialista madrileño que nunca había destacado por nada y era una figura anónima para la inmensa mayoría de la opinión pública: si pudo presentarse a las primarias del PSOE y ganarlas fue, en exclusiva, por ese apoyo cedido y condicionado sin el cual ni se hubiera lanzado al ruedo ni, mucho menos, hubiese vencido a nadie.

La maniobra que a Susana le salió mal: utilizar a Sánchez para guardar el "trono de Ferraz"

El acuerdo es que hiciera tiempo, desde la secretaría general, hasta que los vientos soplaran favorables en Sevilla y Susana Díaz cogiera el poder orgánico y encabezara al PSOE en las generales. Ése fue el error de la dirigente andaluza, repetido luego en varias ocasiones: no entendió que quien logra los galones, en cualquier circunstancia, siempre se los queda, los luce y los ejerce. Eso hizo Pedro al saltarse el acuerdo y presentarse en público como aspirante a la presidencia del Gobierno.

Una carrera imparable de derrotas

Díaz le dejó, y con ella el resto de dirigentes del PSOE que tuvieron los arrestos de aprovechar las múltiples oportunidades que Sánchez dio para justificar su defenestración: derrotas en las municipales y autonómicas, en las catalanas, en las gallegas y en dos generales. Cualquiera de ellas servía para reclamar y lograr su dimisión, pero nadie se atrevió a exigirla y Sánchez vio el miedo en la mirada de sus detractores.

Si en lo interno el PSOE está roto desde casi el inicio del virreinato sanchista, un rey que se sentía Alfonso X el Sabio pero nunca pasó del Joffrey de Juego de Tronos; en lo externo lo logró con los comicios locales: fue en ese instante, acuciado por la presión del susanismo, cuando Sánchez tomó la más horrible decisión estratégica para el PSOE y, sin embargo, la mejor o la única para sus intereses personales, única guía del sanchismo en todo este tiempo: camuflar que, pese a la pérdida de más de dos millones de votos en el PP, el PSOE había dilapidado otros 700.000 (algo sin precedentes en una España acostumbrada a que cuando pierde el Madrid gana el Barça y viceversa); pintando el país de un falso rojo que en realidad era morado por sus matrimonio de conveniencia con Podemos.

Fue ahí, en ese instante, cuando el PSOE se rompió de verdad, al pactar con su enemigo natural: el león y el tigre no cazan juntos, pero Sánchez pensó que podían compartir la misma gacela electoral mientras el elefante, un PP convulsionado pero en pie, lamía sus heridas en una charca con algo de agua en la sabana.

Al trincar comunidades y ayuntamientos junto a Podemos; Sánchez legitimó a su gran enemigo, naturalizó su discurso rupturista y rompió la imagen del PSOE como partido moderado, en un ejercicio de funambulismo retórico que el depuesto líder socialista ha practicado sin pudor durante todo este tiempo: antes de cada cita con las urnas, Podemos era el populismo venezolano más peligroso; después, un socio natural del “cambio”. Sólo la resistencia nostálgica del votante socialista, avejentado y rural, impidió un sorpasso ya logrado en las capas más urbanas y más jóvenes.

La huida hacia adelante de Sánchez

Con la ruptura ya en marcha y a toda vela, tanto en el partido como ante la sociedad, Sánchez no ha hecho otra cosa que seguir aumentando la herida en una huida hacia delante que rememora, salvando las evidentes distancias de todo tipo, a la que Joachim Fest pone en boca de Hitler al final de la Segunda Guerra Mundial: “Caerá el Reich, pero Alemania se hundirá conmigo”.

Sánchez se "suicidó" al intentar sumar a un PSOE dividido a Iglesias, su gran enemigo electoral

En ese viaje suicida, sin la gracia del de Thelma y Louis aunque el coche de Pedro también caería finalmente por el precipicio, todo lo que se podía romper y pisotear para alcanzar la supervivencia ha sido pisoteado con sevicia, oscurantismo y una falta de respeto intelectual y político al conjunto de la ciudadanía, de los votantes y, aunque no todos son conscientes de ello, de los propio militantes del PSOE.

No es muy difícil de demostrar. Basta con recordar que un dirigente político con 90 diputados primero y sólo 85 después, ha paralizado casi un año el país que quería gobernar, escondiéndole a todo el mundo que estaba dispuesto hacerlo a cualquier precio: esto es, al de intentar juntar en un Gobierno inviable y peligroso a un PSOE dividido, a su gran enemigo electoral encabezado por Iglesias y al menos a dos de los tres partidos golpistas que pululan por España: la vieja Convergencia y la ERC de siempre.

Como quiera que el PNV difícilmente se sumaría a algo así, no es descartar que en el caso de que el grupo vasco mirara para otro lado, además tuviera que sumarse Bildu y –a saber cómo lo justificaría- Coalición Canaria.

El espectáculo sangriento escenificado en el penúltimo Comité Federal, el de la dimisión de Sánchez, no hubiese sido necesario de haber pedido su cabeza el 20D o el 26J: algo muy mal han hecho todo los barones para, si se permite la metáfora, engordar tanto al cochino como para al final convertir la matanza en una carnicería.

Se lo podían haber ahorrado actuando en tiempo y formas con una energía que nunca hubo, sepultada por un miedo que psicoanaliza a la perfección el carácter de Susana Díaz y compañía: demasiado cálculo, muy poco arrojo y una galopante falta de decisión que si es así en cuestiones orgánicas, cómo no será en las institucionales de mayor enjundia.

Pero la intervención, todo lo brusca que quieran, fue la única manera de frenar al kamikaze, ya dispuesto a todo incluido ese Gobierno Frankenstein que hubiera convertido a Sánchez en el mayordomo de los peores señoritos de cada casa: si plantearse gobernar un país con 85 diputados es una locura, cuando no una intención antidemocrática, hacerlo aupado por grupos que en su conjunto suman más escaños y además no creen en el país que te entregan, es algo parecido a una traición.

Y para quienes creen que no está demostrado ese pacto antiespañol, indigno de la tradición de un PSOE cuya hoja de méritos democrática es incontestable y crucial, han de pensar entonces cuál era la opción de Sánchez si no quería ni nuevas elecciones ni abstenerse ante el ganador: si tampoco era ese acuerdo vergonzoso con Podemos y los independentistas (que se iba a impulsar por fases y entre disimulos pueriles), ¿cuál era entonces la fórmula mágica del dirigente socialista?

Con la pregunta no tiene respuesta, hay que quedarse con las opciones previas, y dado que siempre negó las terceras elecciones (ahora las apoyaba para terminar de hundir al PSOE y tener más sencillo su retorno), también la abstención y un pacto con Podemos y Ciudadanos a la vez estaba vetado públicamente por ambos; sólo queda el encamamiento con Homs, Tardá, Rufián, Monedero, Iglesias, Puigdemont y compañía.

Algo de vergüenza debía darle al propio Sánchez para negarle esa información ala opinión y a sus propios militantes, ésos a los que apela considerando que son lo suficientemente lelos como para comprar el falso dilema público por él planteado que ha terminado por romper al PSOE: cambiar la pregunta real (abstención o terceras elecciones) por una falacia resultona para el militante más rudo (Rajoy sí o no); convirtiendo en muletas del PP a todos los dirigentes socialistas que, con mayor responsabilidad y decencia, aceptaban el tablero de juego real y no la estratagema trilera de Sánchez y sus cuates, cuya altura intelectual y política se resume en las caras y los discursos de dirigentes como Luena o el alcalde de Jun.

Los nuevos jefes de Ferraz deberían explicar en qué andaba metido Sánchez

Si poner a Sánchez como secretario general fue el primer paso a la decadencia del PSOE y dejarle sobrevivir a sus dos derrotas mayúsculas el segundo; el tercero no puede ser dejar de explicar desde el propio partido en qué andaba metido su irresponsable jefe de filas para convertir la presidencia del Gobierno en rehén de populistas y secesionistas y convertirse él al fin en Rey, aun sin trono ni corona ni reinado.

No hacerlo, callarse de nuevo por enésima vez, dejar que parezca un golpe de Estado interno al servicio de Rajoy, sólo servirá para terminar la obra de destrucción del PSOE iniciada por Sánchez que ahora Díaz, Felipe, Vara, Page y compañía pueden enmendar, contando la verdad, o finalizar con estrépito guardando el silencio que Sánchez necesita para soñar con volver.

Javier Fernández ha hecho más por España y por el propio PSOE (por mucho que los alaridos minoritarios en algunas casas del pueblo y en burdas las redes sociales intenten crear un estado de ánimo ficticio al que conviene ignorar) en diez días que Sánchez en dos años, simplemente aplicando el sentido común, la decencia patriótica y el respeto a unos valores trastocados por Sánchez y sus conmilitones: hablar con el PP de lo que a ambos compete en su calidad de partidos de Gobierno, enfrentarse a Podemos y aislar al soberanismo.

Que es algo que el PP tendrá que hacer a la inversa si alguna vez se queda en 85 diputados y su rival alcanza los 137. No es una cuestión ideológico, sino de elemental respeto democrático en un país en el que cualquier otra alternativa a ese entendimiento completado con Ciudadanos añade a la crisis económica y al cambio de era en Europa dos problemas particulares de enorme trascendencia: el auge del populismo, que en unos casos lleva la cara de Trump, en otros de Le Pen y en el nuestro de Iglesias; y la violencia anticonstitucional del separatismo.

En ese contexto, que el PSOE no tuviera claro cuál es su lugar era una malísima noticia que ahora ha empezado al fin a enmendarse. Queda por ver si la magnitud de la herida provocada por el irresponsable Sánchez tiene cura o si el legado del rey pasmado consiste en haberse cargado al PSOE después de haber intentado lo mismo con España.

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