| 28 de Junio de 2022 Director Antonio Martín Beaumont

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Alberto Garzón, ministro de Consumo
Alberto Garzón, ministro de Consumo

El ministro búho

Garzón me ha hecho recordar la fabulación sobre unos animalitos que parecían sacados de Walt Disney o de Rudyard Kipling. Daba pena hasta comérselos por más que esa fuera función alimentaria

Néstor Luján pertenecía a esa primera generación de periodistas y estudiosos, como el decano Josep Pla, Manolo Vázquez Montalbán, el Duque de los Andes Rafael Ansón y algunos pocos más que en los años 60 y 70 del pasado siglo comenzaron a escribir sobre gastronomía (praxis y tesis) desde el conocimiento y el estudio de una materia que entonces era puro ocio, y hoy se ha convertido en carrera universitaria.

Precisamente fue Néstor Luján quien primero escribió sobre un extraño un buey japonés, al que equívocamente llamaron Kobe, porque era el puerto de donde salían los vacunos de la raza Wagyu para ser enviados por todo el país nipón, y dada su extraordinaria calidad cárnica tierna y jugosa como ninguna otra.

Pero como los españoles somos un poco mitómanos, pronto corrió la tinta y las voces de que aquel animal tenía una vidorra que podía compararse al caballo de Calígula, pues se le bañaba con cerveza, los mismos eran constantes, la hierba exquisita incluyendo flores aromáticas, y, además, resultaba un perfecto melómano al que había que ponerle continuamente música clásica para gratificar su ánimo y engorde. Invenciones que pronto se descubrieron como hiperbólicas, cuando no falsas de solemnidad porque todavía el país de los cerezos nos quedaba muy lejos, y lo mejor que conocíamos de allí eran los transistores que por fin nos despegaron de la disputada radio unifamiliar en el salón.

El ministro Garzón me ha hecho recordar toda aquella fabulación sobre unos animalitos que parecían sacados de Walt Disney o de Rudyard Kipling. Daba pena hasta comérselos por más que esa fuera provechosa función alimentaria para los humanos desde que cientos de miles de años atrás domesticaron al uro y otros bóvidos salvajes a los que enganchar al arado, extraerle leche y finalmente sacrificarlos desde cuando éramos cazadores-recolectores hasta posteriores tiempos mesopotámicos y egipcios quienes inventaron la ganadería y la agricultura.

Sepa Señor Ministro que en la actualidad existen macrogranjas, también de Wagyu, en países tan civilizadamente democráticos y protectores de los animales como Estados Unidos, Australia, e incluso últimamente en España. Donde estos vacunos nacen, viven y mueren, por cierto, sin ser uncidos a yugo alguno, muchísimo mejor que los millones de pollastres y gallinas constreñidos en jaulones, poniendo huevos o engordando su inmovilidad con el único final de acabar en una pastilla o en un pack de caldo de pollo. También podría hablarle de esas sobresaturadas gorrineras donde se hacinan los cerdos, a veces devorándose entre sí mismos, llevando perversa crianza y sin otra luz que la eléctrica, con la de un corral ínfimo. Y ya si hablamos de los ovinos y caprinos, no sé si habrá oído usted a una oveja cuando la trasquilan, o a un cabrito destetado de su madre para segarle el cuello, en una de estas tradicionales formas de ganadería tradicional, que usted tanto evoca, son bastante más crueles que una macrogranja asesorada por veterinarios competentes que procuran evitarles cualquier sufrimiento a los animales, porque cuando peor vivan menor será su rendimiento alimenticio.

 

Claro que la ganadería es extensiva, obviamente porque el ser humano también lo es, y resulta obvio que en la España de los años 50 a esta parte del XXI ha sufrido una eclosión demográfica brutal. Desde luego, si hubiésemos seguido con su ocurrente idea alimentaria silvopastoril, ahora mismo éramos todos vegetarianos o consumidores de pastillas distópicas; eso sí dedicando al medio millón de personas, que hoy viven de esta ganadería, a recoger algas para convertirlas en polvo de almuerzo, o a fabricar juguetes asexuados según norma y criterio de su Ministerio de Consumo; quien sabe si ir en bandas por la calle cantando y bailando el Hare Krishna del beato Lenin o de los cuatro maoístas.

Semejante estulticia de este Ministerio de supuestos psicotrópicos o cuelgues, ha conseguido no solo que ahora la derecha y centro desde Vox a Ciudadanos se las estén dando todas en la misma jeta del Gobierno Sánchez, sino que hasta los propios socialistas e incluso podemitas con sesera intelectual y gastronómica, pongan a parir al "compañero Garzón".

"Éste no ha comido de caliente desde que se cayó a la lumbre", me confesaba un dirigente socialista valenciano, para añadir: "es de los que proclaman 'haced lo que yo diga, pero no lo que yo haga, hartándome de chuletones y fuagrás (ay si supiera Garzoncillo lo que sufren patos y ocas cuando les inflan el hígado para producirles una cirrosis que rentabilice su carestía), lo mío es una necesidad ministerial agropecuaria, lo vuestro un dispendio matarife de animales que deberían vivir felices en una reserva natural o en un zoológico'. Y es que con estos de Unidas Podemos – añadía – no se puede ir ni a heredar. Cada día te montan un número como los de la ONCE".

 

Personalmente opino que a nuestro Ministro de Consumo le pasa lo que a los búhos: que se fija, pero no entiende, y cada mañana se lee muy atentamente el libro gordo de Petete retro-progresista oxímoron, y cuando llega al despacho suelta la barbaridad mal digerida mientras sus corifeos le ponen letra y música a una copla que sonroja a todo el Consejo de Ministros boquiabierto ante la boutade paranoica de este más voraz gourmand que mínimo gourmet (basta con leerse su menú nupcial).

Ya no sé qué sector productivo les queda por meterle mano y perder votos, pero me imagino que, con esa preclara inteligencia aún superada por la de Abundio, mañana podrían suspender la democracia dado lo tontos e inmaduros que somos el resto con tanto carnívoro y criticones sueltos por ahí. Buhitos. Gastropolítica.