| 15 de Octubre de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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Manuel Avilés
Manuel Avilés

Cartagena negra y algún desastre no literario

Me encanta ir a Cartagena, me rejuvenece porque recuerdo aquel año del Naranjito, del Mundial de España, cuando tomé posesión hecho un chaval, de la jefatura de la oficina de régimen

| Manuel Avilés Edición Alicante

Sí señores, continúo – como puta por rastrojo- corriendo para acá y para allá, con el libro cuyo éxito nunca imaginé: De prisiones putas y pistolas. Cuando lean esto andaré en Cartagena, disfrutando con la literatura y los autores punteros de esta España negra en la que no hace falta tener imaginación para escribir novela de ese color. Basta con abrir los ojos y echar un vistazo a la realidad para que se te salten las lágrimas y te hagas escritor de novela negra o de “true crime”, crímenes reales que saltan a la actualidad un día sí y otro también, haciendo verdad aquello de “el hombre es un lobo para el hombre”, que decía Hobbes.

Me encanta ir a Cartagena, me rejuvenece porque recuerdo aquel año del Naranjito, del Mundial de España, cuando tomé posesión hecho un chaval, de la jefatura de la oficina de régimen – donde se llevan los expedientes, las causas, las libertades y  la situación jurídica de los internos- en la vieja cárcel de San Antón, con el segundo director más inútil que he conocido nunca. Por allí pululaban, como Pedro por su casa, encantados de la vida, los asesinos de Yolanda González – una chiquita a la que descerrajaron un tiro en la nuca porque era vasca y eso, creían los sicarios analfabetos, era sinónimo de ser etarra-. Aquellos asesinos, con Emilio Hellín Moro a la cabeza, andaban  con “auctoritas”. Este tipo se ha cambiado el nombre para no ser reconocido,  ahora se hace llamar Luis Enrique y dicen – he leído en algún periódico - que hasta fue contratado por Interior en la época de Rajoy para trabajos de peritación informática. Este tipo, cuando lo vi el primer día en el penal de San Antón, ya disponía de un ordenador Commodore 64, que entonces era la hostia y hoy no valdría ni para chatarra, pero ya hacía en aquella cárcel del director inútil, sus pinitos con la informática de la que, al parecer, sigue viviendo.

No era el único asesino ultra que andaba por allí. También estaban unos que pusieron en serio peligro la democracia intentando que los militares nostálgicos se levantaran y nos colocaran a todos la bota en el pescuezo. Me refiero a los asesinos de la Matanza de Atocha, aquel despacho de abogados en el que acribillaron vilmente a quienes solo tenían un bolígrafo para defenderse. Fernández Cerrá, García Juliá… todos menos Lerdo de Tejada a quien un juez descerebrado – Gómez Chaparro se llamaba, que la memoria me funciona perfectamente al contrario que todo lo demás- dio un permiso mientras estaba como preso preventivo del que no volvió y del que nunca más se supo. Los ultraderechistas y los etarras pretendían lo mismo.

También conocí en aquella cárcel descangallada – el director no valía ni para ordenanza- a algunos asesinos del famoso Batallón Vasco español, un tal Iturbide Alcaín que era – como saltaba a la vista- un tonto con toda la cuerda dada y Ladislao Zabala, el único mínimamente inteligente, que me reconoció en privado: “nos hemos puesto a su altura – a los etarras se refería- hemos hecho lo mismo que ellos. Muy mal”.

Me gustó entonces Cartagena – la cárcel no y el trabajo allí tampoco- porque era joven, corría todas las tardes por los pinares de Tentegorra y hasta tuve un romance tórrido – del que no hablaré porque soy un caballero- cuando por las noches, al terminar los partidos del Mundial, ejercía el pluriempleo sin cobrar un duro, tocando en un Pub precioso que se llamaba Charlot. Aquellas noches cartageneras, después de la música, Bukowski y Hemingway, eran hermanas de la caridad a nuestro lado. Sigo fielmente sus enseñanzas desde entonces: “En la guerra y en el amor, todo vale menos arrastrarse. En la guerra se muere de pie y en el amor se dice adiós con dignidad”[1]

Ahora vuelvo al mismo sitio muchos años después porque por obra y magia de Paco Marín Cartagena Negra es uno  de los festivales de novela negra y policiaca  puntero en España.

España, hablemos de ella ahora que se han acabado las vacaciones. En mi época de funcionario se contaba un chiste que, en ocasiones era rigurosamente cierto. Le preguntaban a un supuesto trabajador público: ¿usted no trabaja por las tardes? Y él contestaba: por las tardes no vengo, cuando no trabajo es por las mañanas.

¡Qué bien funciona el estado de derecho! Siguen las acusaciones al emérito, que si había pasta dudosa en no sé qué  cuentas, que si cobró comisiones…

Cuento esto porque he alucinado por un tubo – como dicen los chavales-. El virus  cabrón que nos trae a mal traer se ha cargado no solo la salud y la vida de muchas personas. También ha liquidado de un plumazo derechos constitucionales que, so capa de cuidarnos, se han ido a hacer puñetas – vean las oficinas del paro, los centros de salud y las oficinas de la administración general de estado y autonómica-. Dice el artículo 29 de la Constitución que “todos los españoles tendrán el derecho de petición individual y colectiva”. Uno puede dirigirse a la administración que considere pidiendo aquello a lo que cree tener derecho. Esto está constitucionalmente consagrado y no se puede andar poniendo pegas, trabas o condiciones para ejercerlo. Entiendo.

Pues no, quienes dicen defender nuestras libertades individuales y colectivas, el gobierno de todos, el de las libertades y los derechos de los ciudadanos y otras frases hechas, vacías y gilipollescas  – bares abiertos ya hasta la madrugada, restaurantes llenos de cojones, terrazas atascadas; partidos de futbol con porcentajes generosos de público, museos, etc…- obligan, si quieres entregar un escrito con determinada  petición, a pedir cita previa. ¡Ojo! No se trata de tener una audiencia con el subdelegado del gobierno, tampoco con el coronel de la guardia civil, ni con el delegado de hacienda, ni con el director de la cárcel o de la seguridad social. Para eso entiendo que haya que pedir cita y esperar a la cola, pero no  hablamos de eso. Hablamos de presentar un papel, que le pongan un sello de registro y lo envíen al organismo que corresponda para que contesten. Eso no se puede hacer. Hay que pedir cita previa. Pedir cita para pedir algo. Volvemos a los años de Mariano Jose de Larra: Vuelva usted mañana. ¿Quieren también la fe de bautismo, el certificado de buena conducta del comandante de puesto, la recomendación del cacique del pueblo y un montón de pólizas? ¡Menuda banda!  Esta es la administración estatal que habla y predica continuamente – mucho más en tiempos electorales- de simplificar procedimientos y acercar la administración a los administrados. Verborrea vergonzosa con el virus y la salud como excusa. ¡Veo una cola en los alrededores del gobierno civil! ¡Aleluya! Me acerco y pregunto: ¿Tienen cita previa, que papel van a presentar? Nosotros estamos en la cola de Cáritas. Venimos por comida. Ahhhhhh. He aquí el estado de bienestar que predican.

Vamos a otra cosa. ¡Qué bien funciona el estado de derecho! Siguen las acusaciones al emérito, que si había pasta dudosa en no sé qué  cuentas, que si cobró comisiones… todo presunto, que todos somos iguales ante la ley, aunque uno no tenga ni por asomo ninguna amante con nombre rimbombante a la que haya aflojado un motón de millones en concepto de no se sabe qué. A mí, por ejemplo, me limpian diez mil pavos y me dejan pidiendo limosna en Maisonnave y durmiendo en los soportales de las tiendas de moda de ese sitio.

¿Se acuerdan de aquellos ministros, secretarios de estado y directores generales de derechas que parecían una piña indestructible? Esto me recuerda a mis tiempos de espía etarrólogo. También aquellos eran una piña indisoluble. Todos, incluido aquel ministro beato que parecía aconsejado por la monja de las llagas en  sus decisiones, todos, han roto aguas. Perdón, han roto  hostilidades y se tiran con bala. ¿Qué es eso de liberar a la secretaria general del partido? ¿Qué  eso de no imputar al presidente del cotarro? ¿Acaso los pringaos estrella actuábamos para nosotros cuando intentábamos – presuntamente siempre, que la presunción de inocencia es sagrada- hacernos con las pruebas del tesorero felón para salvar al partido de la debacle? ¿Quiénes se han creído ustedes que son presuntamente? ¿Quiénes, presuntamente, se han creído que somos nosotros, los gilipollas que van a comerse el muerto solos? Presuntamente. Ya me he liado con el adverbio.

En todos los contubernios delictivos – cuarenta años en la cárcel avalan mi afirmación empírica- se desata el cante cuando uno de los confabulados, que hablaba de lealtad eterna e infinita, se ve pillado. A partir de ese momento lo único que difiere es el cante: por peteneras, por soleares, por malagueñas, por tangos, por bulerías o por fandangos.

Me voy de juerga. Tengo comida, por culpa de prisiones, putas y pistolas, con un grupo ideal en el Dársena – tan ideal como el grupo-. Arroz y Tertulia, amantes de la buena mesa, la buena literatura y la estupenda camaradería y conversación. Con arroces y postres como los que me han obsequiado, insistiré escribiendo hasta conseguir un Quijote del siglo XXI.

 

- Agreden a una subdirectora de seguridad de la cárcel. Unos encapuchados a la puerta de su casa. Mafia vergonzosa. Me escriben y me cuentan cosas. Ya les diré.

 

[1] Véase De prisiones, putas y pistolas.