| 27 de Enero de 2023 Director Antonio Martín Beaumont

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Daniel Michael DeVito Jr., conocido como Danny DeVito, actor, y director cinematográfico estadounidense.
Daniel Michael DeVito Jr., conocido como Danny DeVito, actor, y director cinematográfico estadounidense.

Danny DeVito y Alicante

La manía de abrir en canal ciudades para cerrar cicatrices antes de elecciones, se supone que, buscando el tesoro de la urna propicia, nos sigue pareciendo una estulticia faraónica

 

Los alcaldes con esa necesidad patológica de dejar huella nos desgracian al resto (incluidos los que los votan), levantando calles como si fueran espeleólogos o profanadores de tumbas a la búsqueda del tesoro escondido. Eso sí, nunca anunciado su feliz hallazgo, ni mucho menos declarado al fisco.

Encomiable labor ésta de levantar asfaltos inconsistentes si no fuese porque al parecer las obras de su antecesor (inclusive antecesores inmediatos) no debieron valer para nada ni en el espacio ni en el tiempo. Vamos, unos chapuceros dispuestos a que los recordemos tropezando. O, tal vez como se ha publicado en ocasiones múltiples, las que no tropiezan son sus cuentas corrientes, pues cuando llegaron a la poltrona municipal venían con lo puesto, y cuando se/los fueron se llevaron lo dispuesto en nueva vivienda, cuentas corrientes paradisiacas o prejubilaciones millonarias.

No diría yo, conociéndolo como lo conozco, que el alcalde de Alicante Luis Barcala sea un corrupto, pues hasta el día de hoy ni sus adversarios políticos, ni los rastreos periodísticos investigándole las comisuras gerenciales como responsable máximo de la ciudad, hayan encontrado el hueco por donde dinamitar su mandato, pues hasta ahora y desde 2018 sigue siendo y pareciendo honrado al frente del consistorio capitalino. Pero sí afirmo que Barcala debe padecer la misma enfermedad reconstructora con que la nos amargaron cuantos de sus predecesores recuerdo en mi memoria a partir de las primeras elecciones democráticas municipales, porque en tiempos de Franco esto del urbanismo era la improvisación normativa, el desorden sobre plano “apañado” y el latrocinio descarado con repartos de ganancias descomunales. Por supuesto existieron raras avis honestas tanto en la política como en la construcción, pero eran excepción a la norma. La saga Ortiz, por no hablar de algunos adinerados “pieds-noirs” huyendo de la batalla de Argel, o de empresarios avispados como el célebre Carlos Pradel podrían ilustrarnos al respecto de cómo transformar una bonita ciudad decimonónica, modélica en el turismo higienista, en impersonal acopio de asimetrías, fachadas distintas y, por sí semejante caos se les quedaba pequeño, pespunteando la ciudad, y no digamos el anexo de la Albufereta, de antiestéticos rascacielos fuera de lugar y de normativas.

Nosotros indagábamos, con la fe del púber, obviamente no para encontrar un cofre o cantarillo de oro y joyas, sino algún vestigio entre ruinas de aquella Akra Leuka portuaria ahora sumergida

Pero volviendo al pavimento callejero. Precisamente cuando una arquitectura funcional, generalmente anodina y fachadista, pero de muchas más alturas, empezó a sustituir las hermosas casas decimonónicas del centro, sobre todo Explanada de España y Rambla, se abrieron tantas zanjas que hacían imposible la circulación de coches (apenas un 10% de los actuales), pero y también de peatones obligados al funambulismo de los tablones alineados para cambiar de acera. Algo que, por otra parte, sirvió para descubrir como el mar penetra larga y hondamente en nuestro inestable subsuelo. Problema de ingeniería civil todavía no resuelto.

Y hoy, servidor, peatón impenitente, vuelvo a recordar aquellos años quebrantahuesos, cuando los niños nos extasiábamos mirando las entrañas de la ciudad como si fuera un enfermo abiertas sus carnes sobre la mesa de operaciones. Tal vez, como ironizó ese enorme actor cómico Danny DeVito, cuando preguntó en su visita a Madrid del 2001: “¿porque están todas las calles levantadas, buscan ustedes un tesoro?”. Nosotros indagábamos, con la fe del púber, obviamente no para encontrar un cofre o cantarillo de oro y joyas, sino algún vestigio entre ruinas de aquella Akra Leuka portuaria ahora sumergida, y que hace más de 2300 años fuera levantada por Amílcar Barca de quien tanto nos hablara el profesor de historia en el capítulo de las guerras púnicas. No encontramos nada, si acaso alguna herradura procedente de levantamientos anteriores, pedruscos cincelado por la naturaleza que no por el hombre y restos tranviarios inservibles.

Lo curioso es que cuando el actor americano volvió a Madrid 16 años después, los de Iñigo Errejón le mandaron recado asegurándole que habían encontrado el tesoro: millones de euros, en las cuentas opacas de políticos derechosos y constructores corruptores en la famosa M30, pero no pudieron demostrarlo contable fehacientemente. A lo que Danny DeVito respondió, mientras disfrutaba de un sarao, “sigo opinando que Madrid sería una de las ciudades más bonitas del mundo si no fuera por las obras”.

Lo mismo hubiera comentado si esta celebridad cinematográfica, nada apolínea, pero sí magistral intérprete, en lugar de recalar en Madrid hubiese venido a trabajar a los estudios alicantinos de la extinta Ciudad de la Luz: seguiríamos buscando incluso bajo la popularmente conocida como Casa de las Brujas (despacho y recepción de Ximo Puig cuando viene a Alicante), del Ayuntamiento, de Santa María etc., puesto que los cementos del rascacielos del Gran Sol son inexpugnables, sin encontrar el tesoro que el general cartaginés, como cuenta la leyenda, escondió en algún punto de nuestra costa, poco antes de expirar.

La manía de abrir en canal ciudades para cerrar cicatrices con alquitrán poco antes de las elecciones, se supone que, buscando el tesoro de la urna propicia, nos sigue pareciendo una estulticia faraónica y con el dinero ajeno. O todo el cuantioso enjambre de ingenieros, técnicos, abogados y demás funcionarios encargados del urbanismo y de las obras municipales no se enteran y repiten el mito de Sísifo; o alguien se está llevando la pasta gansa de nuestros impuestos justificándola con tareas de primera necesidad; o Luis Barcala, y por aquello de la secular rivalidad con Elche, espera encontrar la Dama de Alicante, o la Bicha de la Albufereta; en cualquier caso no es de extrañar que se tope, a él que le gusta el callejeo, con algún que otro votante incriminándole tropiezos, ausencia de aparcamientos, tiendas cerradas por falta de su normal acceso, polvo y ruidos de perforadoras, en definitiva una ciudad invivible.

No llamen a DeVito para publicitarnos.