| 02 de Octubre de 2022 Director Antonio Martín Beaumont

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¿El peor de los inviernos?

Pedro Sánchez dispone, y sus acólitos nos proponen llevar el edredón al comedor cuando empiecen los fríos para taparnos mientras siguen adoctrinándonos desde la caja tonta

| Pedro Nuño de la Rosa Edición Alicante

Los poetas pueden permitirse exageraciones, hipérboles que dicen los lingüistas, rozando, cuando no invadiendo "lo imposible" y demandado por los surrealistas. "Más raro fue aquel verano que no paró de nevar", cantaba aquel entrañable Sabina, todavía con voz, gamberro y desmitificador, recorriendo plazas de toros en noctívagas agosteñas sudaderas donde fascistas sin revolución, mediopensionistas sin adscripción política e izquierdistas de cualquier laya, botábamos imparables al son de Viceversa bebiendo Zumo de Neón.

Vuelto a casa, me siento en mi estudio empanelado de libros y mirando al cielo del Parnaso que aquí es un patio interior blancuzco, desabrido y tendedero, recordándome desde el silencio de las sábanas flotantes que carezco de gracia versificadora, y siquiera poseo aptitudes líricas mejorables. Trasunto desde mi ineptitud con la metáfora, cómo definía yo, modesto prosista, este verano sin parar de desgraciarnos con la nieve negra de sus cenizas ucranianas cual si ya tocara otro ciclo bíblico bajo las atronadoras trompetas de los Cuatro jinetes del San Juan más sombrío y recóndito en sus terribles Revelaciones terminales. No les contaré mis penas, puesto que ya tienen ustedes las suyas bastantemente agobiadas. Así que vamos a las generales del común mortal abriendo puertas a un invierno avisándose espantoso, y que algunos, entre la exageración figurada y el pesimismo quebrantado, prevén talmente apocalíptico.

Al gigante ruso le ha crecido el enano ucraniano, pero no nos engañemos como pretenden algunos que ni pagados por la CIA o por el CESID, pues tal cual nos quieren hacer creer, Zelenski ya tendría su bota militar sobre Moscú y otra puesta encima de San Petersburgo. Sensu contrario Putin vencerá en esta guerra como la ganaron el zar Alejandro I y el no menos autócrata Stalin, sacrificando los cientos de miles de soldados que hagan falta hasta que se acabe la munición enemiga, y nadie se atreva a apretar el botón rojo nuclear sin presuponer la inmediata respuesta que nos devuelva a un tráiler distópico, pero hecho realidad de mera supervivencia cavernícola. Los europeos, insolidarios y timoratos tras dos genocidas guerras mundiales del siglo pasado, vivimos hoy en la prosperidad de nuestro mundo feliz y la Unión Europea además de sus solicitantes a la entrada plena en Bruselas y Luxemburgo, no se van a jugar este "New Deal" o trato contra la depresión que se avecina, por defender la lejanísima región del Dombás y la costa con mejor salida rusa al Mediterráneo desde el Mar Negro.

Las tertulias televisivas, radiofónicas y artículos donde la opinión se superpone descaradamente a la información, jalean a los soldaditos ucranianos y a cualquier español voluntario ajeno al conflicto entre balcánicos, tal cual lo hacían los vocingleros eclesiásticos en las Cruzadas que, como todos sabemos acabaron después de tantos muertos con Saladino manteniendo su Reino de los Cielos intacto, y Jerusalén dividida bajo el mismo Dios, pero con distintos profetas y mesías en portaestandarte religioso. Con el frente de Ucrania, tertulianos y tertulianas, se pasan tres cuartos de programa perorando con el/la corresponsal de turno como si la primera línea de fuego, en lugar de a 3.000 km, la tuviesen frente a sus placenteros e inalcanzables emisoras y despachos.

Ponen el preventivo parche del miedo antes de que aparezca la herida que deberán cauterizar

Pedro Sánchez dispone, y sus acólitos nos proponen llevar el edredón al comedor cuando empiecen los fríos para taparnos mientras siguen adoctrinándonos desde la caja tonta como si la gilipollez marcusiana no tuviera un límite; teletrabajar con un brasero y faldillas; reducir turnos y horarios ¿quién compensará al malvado y usurero empresario según los exégetas podemizquierdistas?; comprar unos alimentos tan imprescindiblemente básicos para ellos como relativamente apetecibles y acertados para los demás según gustos y necesidades; hacernos maratonianos o enlatarnos (a lo japonés) en los servicios públicos para así de carretones o embutidos no coger coche propio, o, a la cubana (sus admirados mentores): ir recogiendo a quien te levante el dedo para que lo lleves al centro, salvo multa por insolidario, aunque vayas a otro extrarradio distinto al tuyo.

Con esta gente en el Gobierno no se puede ir ni a heredar.

Como decía mi amigo Ambrosio en aquella crisis social y económica de los 80: "yo me voy a Zulandia". Y aquí nos quieren mandar a germanos y británicos para que pasen el invierno, como si hubiéramos descubierto petróleo en Canarias y gas en Albacete, mientras con la boca pequeña empiezan a decirnos: "¿nucleares?: Sí, gracias". Y algo de carbón para los hornos metalúrgicos y las estufas caseras.

Sabe bien el atrabiliario Gobierno tripartito que, del susto en el cuerpo aterido, a lanzarse a la calle escarchada sólo hay un paso manifestante multitudinario. Por eso ponen el preventivo parche del miedo antes de que aparezca la herida que deberán cauterizar, elecciones mediante, desde el centro derecha ganando, no tanto por propio mérito y propuestas, sino por la inutilidad de un Consejo de Ministros que han superado con creces disyuntivas al de Pancho Villa y Emiliano Zapata.