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Atentado con coche bomba en Kabul, Afganistán, en diciembre de 2020
Atentado con coche bomba en Kabul, Afganistán, en diciembre de 2020

Un refugio en el caos

¿Piensa Biden que abandonando Afganistán a su suerte el día 31 de agosto, estos fanáticos a la orden de santones entre esquizofrénicos y psicópatas, van a dedicarse a reconstruir el país?

| Manuel Avilés Edición Alicante

Después de año y medio de coronavirus, que si muertos, que si ingresados en las UCI, que si la Moderna que si la AstraZeneca, que si dos o tres dosis y que si el Gobierno lo ha hecho bien o fatal y los niñatos que se empeñan en montar botellones para ponernos de los nervios y tener a la municipal como puta por rastrojo, persiguiéndolos. Después de tirarnos uno y otro y otro telediario con los laboratorios, los experimentos y la tortura del virus, ahora, sin acabar con el bicho, nos sale otro muermo, otro drama humanitario para terminar de amargarnos el verano y mucho más de lo que queda de año. 

Beni, un médico cirujano leonés, una eminencia a la que recurro cuando creo que tengo una gotera importante – que ya se multiplican como piojos en costura-, me manda una de esas frases brillantes que, de vez en cuando, aparecen por internet: “Si alguna vez te sientes inútil, recuerda que se necesitaron veinte años, billones de dólares y cuatro presidentes de Estados Unidos para reemplazar a los talibanes por los talibanes”. 

Creo que ha sido alguno más de cuatro presidentes y me resulta imposible contar los billones de dólares. No entiendo cómo se puede ser tan inútil y tan zafio. Dice Biden – un abuelito incompetente, porque todos los abuelitos lo somos según para que cosas por razones puramente biológicas, que se empeña en parecer joven porque sale al trote en cada comparecencia- que “El objetivo del despliegue en Afganistán nunca fue construir una nación democrática, sino luchar contra el terrorismo”. ¿En serio piensa este señor que los talibanes, que se enseñorean en las montañas afganas, que tratan a garrotazos a la pobre gente que lucha por sobrevivir, que siguen sacando pecho en medio de la miseria diciendo que buscan la gloria de Alá van a atenerse a nuestras razones democráticas? ¿Piensa Biden que abandonando Afganistán a su suerte el día 31 de agosto, estos fanáticos a la orden de santones entre esquizofrénicos y psicópatas, van a dedicarse a reconstruir el país? ¿Van a trabajar para crear unas condiciones de vida mínimamente aceptables para sus ciudadanos, que huyen en desbandada por donde pueden? Mire usted, señor presidente americano: el mandato de extender el califato islámico –sea por los medios que sea – con la Sharía como única ley aplicable, no caduca, es intemporal y es exigible en toda situación y condición política, social o económica. ¡A ver si nos enteramos, cojones, y dejamos el buenismo para otras ocasiones! 

Hoy mismo, mientras escribo esto salta la noticia: “El secretario de prensa del Pentágono ha informado de una explosión en el aeropuerto de Kabul. Un coche bomba ha ocasionado varias decenas de muertos y más de ciento cincuenta heridos”. 

Somos estados garantistas y, quienes jamás pensaron respetar el derecho, usan nuestras garantías para vulnerarlo tranquilamente

¿Alguien puede pensar que esa explosión en un aeropuerto en el que están ultimando una evacuación masiva de gente que huye de la dictadura talibán es una sorpresa para ese régimen descerebrado? ¿Alguien piensa que, en el afán de extender el imperio de la Sharía, los talibanes –con la historia que arrastran y las demostraciones que hoy hemos visto en los medios- no van a seguir usando sus métodos clásicos? Me ratifico –y a estas alturas paso de citarme, como paso de tantas otras cosas- en lo que escribí en dos mil cuatro cuando aún me dedicaba a ese fenómeno criminal. En mi “Criminalidad organizada. Los movimientos terroristas”, dije que los etarras estaban acabados y que se disolverían en aquella legislatura o en la próxima. Me llamaron de todo. Y los etarras se disolvieron y declararon su liquidación por derribo. En esa misma página – la escribí en un refugio de la Alpujarra en agosto de dos mil tres- afirmé que el terrorismo integrista nos acompañará de por vida y que no seremos nosotros quienes veamos su final. Ya me irán diciendo si tengo razón. 

 

Cuando estudiaba Derecho, una gran amiga de entonces a la que he perdido la pista me dijo, en el bar desangelado de aquel viejo aeroclub, una frase que nunca he olvidado: la democracia es el sistema que peor se defiende a sí mismo. Efectivamente. Somos estados garantistas y, quienes jamás pensaron respetar el derecho, usan nuestras garantías para vulnerarlo tranquilamente. No es esta una proclama fascista, simplemente creo que hay que poner más cuidado en defender valores y logros que nos han costado muchos años y no pueden ser arrojados por la borda alegremente o por dejadez. Me gusta el estado laico, no me venga usted con ideas integristas, ni con burkas, ni con hiyab, ni con discriminaciones absurdas. Estoy hasta los cojones de ver mujeres bañándose vestidas en piscinas y en playas, que no señalaré por mandato de no se sabe qué Dios, mientras el marido disfruta de su bañador y sus chanclas. No sé si me explico o se me ha ido la olla. 

Como Boecio, que buscaba el consuelo en la filosofía, como Humberto Eco que comienza El nombre la rosa explicando cómo ha buscado el descanso en muchos sitios y solo lo ha encontrado en un rincón con un libro, yo busco el refugio en la buena literatura. 

Terminan las vacaciones, aunque hay que leer en todo tiempo y lugar. Me permito recomendar dos novelas fantásticas para los pocos días de asueto que nos quedan y en medio del caos mundial que nos rodea. 

Una buena comida, un buen libro, un buen vino y una charla relajada y tranquila con buenos amigos es el mejor remedio contra la angustia existencial

Men Marías, una abogada joven, granadina, ha dado a luz hace poco “La última paloma”, una novela negra escrita con una prosa afilada y contundente. La sitúa en Rota –lugar de moda donde los americanos reciben a refugiados afganos-. Allí aparece el cadáver de una chica joven, con mutilaciones que evidencian un crimen ritual perpetrado por un psicópata de libro y con unas alas cosidas a la espalda. Hay un personaje interesante a lo largo de toda la novela que muy bien puede ser el inicio de una saga: Patria Santiago, la mujer que se encarga de investigar ese macabro crimen. Estamos, sin ningún género de dudas, ante el nacimiento de una novelista que promete. Sigan la pista de esta mujer escritora. No defraudará. 

 

Begoña Valero, una médico alicantina que ejerce en Valencia, demuestra con su novela “La casa del compás de oro”, que domina la historia con una habilidad digna de elogio para una mujer cuya profesión es la medicina. “La casa del compás de oro” es una novela sobre el amor a los libros, sobre las miserias que, a lo largo de la historia – acosados por los talibanes de turno que siempre han existido por desgracia, solo hay que recordar la Inquisición- han tenido que soportar los amantes de la libertad. Comienza la novela en la Europa turbulenta del siglo XVI. Nacía el protestantismo empujado por LuteroHuss y Calvino, que criticaban a los papas y a los obispos lascivos, simoníacos e interesados. Un padre y su hija son asesinados por los inquisidores que, como todos los Torquemadas que han sido y serán, se creían en posesión de la verdad. Begoña Valero dibuja con maestría de cirujana una Europa oscura y salvaje, pero en la que late, en muchos de sus hombres, el amor a la libertad que se plasma en cada libro. Tampoco defrauda Begoña Valero, esta médico escritora.  

Cuando estén leyendo este artículo, estaremos a punto, o ya disfrutando, de celebrar una auténtica fiesta de la literatura. A finales de dos mil quince se me ocurrió la idea de organizar cada mes una cena con un autor y un libro. Hablé con Santiago González y él me presentó a Joaquín Arias – un hombre bueno que sabía crear puestos de trabajo-. Le gustó la idea, aunque pensamos que esas cenas literarias serían media docena como mucho y pensando con optimismo. Hicimos en El Maestral – con autores de primerísima fila- casi cincuenta, hasta que el virus nos obligó a parar. Hoy, 27 de agosto, las retomamos con “De prisiones, putas y pistolas”. Carpe diem, una buena comida, un buen libro, un buen vino y una charla relajada y tranquila con buenos amigos es el mejor remedio contra la angustia existencial que pretende agobiarnos. Voy a disfrutar con mis putas y mis pistolas. También con mis prisiones. Larga vida a las cenas literarias. Están invitados.