| 28 de Junio de 2022 Director Antonio Martín Beaumont

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Juan Carlos I, Rey emérito
Juan Carlos I, Rey emérito

Vivir para ver…

La polémica se centra en si hay que reformar la Constitución o no. Está claro que ha sido un instrumento útil durante 43 años y la prueba es que ha resistido el ataque de etarras y fascistas

| Manuel Avilés Edición Alicante

Seamos claros, entremos en el enésimo charco porque para escribir obviedades, soltar frases vacías y decir cuatro chorradas que todo el mundo sabe, más vale estarse quieto o dedicarse a la ciencia ficción, a escribir de marcianos y naves espaciales, de amores eternos y desinteresados o de personas fieles, silenciosas, trabajadoras y que cuidan las relaciones como oro en paño.

En estos días artilleros –ojo, que hice la mili en artillería y ha sido Santa Bárbara-, en estos días infantes –también la patrona de infantería es la Inmaculada- me tengo que acordar irremediablemente de la falta que les hace a unos cuantos que conozco unos meses de mili en el Ferral del Bernesga o en Cerro Muriano, para que se les quiten las tonterías, las mariconadas, las gilipolleces y los mimos en el refugio familiar. Para que tomen conciencia de lo que vale un peine y de que en la vida hay que pelear para “buscarse las habichuelas”, para que se enteren de una vez de que el mundo no es el de “Snoopy” sino que es hostil y no están siempre las mamás y los papás sobreprotegiendo a los niños mimados y, por eso mismo, inútiles. Que sepan que estamos hasta los mismísimos de niños vagos, festeros, pedigüeños, que se creen los reyes del mambo y trabajan menos que el sastre de Tarzán.

Dice un podemita que la Constitución es un traje viejo

 

También, en estos días de continua paliza constitucional, veo con asombro y con resignación, cómo se les llena a todos la boca con la Constitución. Como si ellos fueran Alfonso Guerra, Fraga, Carrillo, Pérez Llorca, Rodríguez de Miñón o Abril Martorell, que esos sí se la trabajaron cuando era imprescindible. Hoy muchos van con la boca llena y sacando pecho como si fueran los protagonistas constitucionales. Me acuerdo –ya no lo diré más para no ser pelmazo- de aquel diciembre y enero del 78-79, en el polvorín de Sardón de Duero, congelados, sucios, aburridos como monos y a punto de caer en la ludopatía jugando a las siete y media mañana, tarde y noche. Los artilleros éramos los encargados de vigilar los explosivos para evitar que los enemigos de España –los etarras en la época porque a los fascistas no se les consideraba tales, aunque siempre andaban con el ruido de sables- hicieran peligrar una votación que se calificaba de histórica. Ningún etarra apareció por aquellos “terronales” helados, multimillonarios ahora con la lujuria del Ribera del Duero, para robar explosivos ni para volar el polvorín, aunque hubiera que despertar a patadas a los soldados, que hacían guardia en la boca de este, acurrucados de dos en dos para darse calor en unas garitas de madera, destartaladas y “zangarreonas” como el confesonario de un cura loco.

Ahora la polémica se centra en si hay que reformar la Constitución o no. Está claro que ha sido un instrumento útil durante 43 años y la prueba es que ha resistido el ataque de etarras cabrones y de fascistas irredentos, que han intentado tumbarla de mil y una maneras. Los nombres de los etarras son de público conocimiento -Paquito, Txelis, Fitipaldi, Txomin, Antza, Ternera, Mamarru…- también los de los fascistas –Tejero, Milans, Armada, García Carrés, Inestrillas, Crespo Cuspinera, Hellín Moro, los de la matanza de Atocha…-. Y algunos ultraderechistas más que me callo para no liarla.

Dice un podemita, cuyo nombre no recuerdo, que la Constitución es un traje viejo. Alguna razón tiene porque todo traje con 43 años está rozado, raído y con más de cuatro churretes. Está claro que la Constitución no se cumple ni por asomo y que la monarquía, que Franco restauró cuando le dio la gana – no olvidemos que murió en su cama como Fidel Castro- y que tragamos porque tras la muerte del dictador no estaba el horno para bollos ni para florituras, está claro, digo, que, si estudiamos un poco de historia, la monarquía deja mucho que desear. No hay que tachar de locos a quienes quieren superar esa etapa, aunque ese consenso sea hoy imposible y lo que tiene la democracia es la necesidad de votos. Díganselo a independentistas vascos y catalanes a ver si se les mete en la cabeza.

Limitémonos a la monarquía borbónica y dejemos a los Austrias, los Trastámara y los reyes godos para no hacer eterno el artículo. Carlos IV, por ejemplo, y su hijo Fernando VII, fueron dos personajes vergonzosamente nefastos que vendieron el país a Napoleón –Carlos reclamaba el trono a su hijo golpista, sintiéndose despojado ilegítimamente-. Inexplicablemente, el hijo, fue llamado “El Deseado” por un pueblo analfabeto, espoleado por curas trabucarios, y al que trató peor que a patadas.

Juan Carlos argumenta su inmunidad para impedir ser juzgado en Londres

 

¿Qué diremos de Isabel II? Casada por decreto con Paquito Natillas, que nunca tuvo ni idea de gobernar, que siguió los pasos de su abuela María Luisa de Parma en lo que aventuras de cama se refiere, que sufrió un golpe de Estado a la semana, que seguía fielmente los consejos del padre Claret y de la Monja de las llagas para ordenar el país,  que elevó medio metro la talla de la dinastía borbónica tras embarazarse del Capitán Puigmoltó –militar de Onteniente- y que acabó expulsada en Francia mientras aquí no nos aclarábamos con la República[1]. Todo terminó como el rosario de la Aurora cuando Estanislao Figueras dejó plantado al país, yéndose también a Francia y dejando para la historia una gran frase: Estoy hasta los cojones de todos nosotros.

 

¿Qué me dicen de Alfonso XIII? Un rey golfo y aprovechado, ocupado en sus ligues, sus negocios y su imprudencia mientras los pobres morían a paladas en las montañas del norte de África. Así acabó, huyendo por Cartagena, aunque con el bolsillo bien repleto para subsistir muellemente, pese a que recordara de manera ocasional y sensiblera a su querida España. Ya lo decía el gran Forges: yo la bandera la llevo en la billetera. Y no doy más bibliografía porque intento no ser plasta.

¿Por qué me meto en este jardín mientras todos aplauden la Constitución a las puertas del Congreso? Entiendo que es puro postureo y que viven de eso. Me llega a la mano un periódico en el que leo con letras gordas: Juan Carlos argumenta su inmunidad para impedir ser juzgado en Londres.

No me interesa nada la tal Corinna. Esta señora, al parecer recibió un chorro de millones de euros de su amigo –amigo, creo, con derecho a roce- y, al acabar tarifando, las caídas de ojos, las sonrisas tiernas y las caras de cordero degollado se volvieron odio africano y deseos de ver, cada uno al otro, ardiendo en el infierno de Dante. Es la vida, conozco esa película. En un juzgado de Londres hay una causa en la que Cornina acusa a su antiguo amor de acoso, seguimiento ilegal y difamación -dice el periódico-. Eso te pasa a ti que estás leyendo esto y duermes en el cuartelillo tan fijo como que hoy es martes y yo he tenido que grabar el programa literario sin Luz Sigüenza.

Pues bien, ante una acusación así, cualquier abogado busca defender a su cliente argumentando jurídicamente en contra de quien acusa: mire usted, señoría, mi cliente no acosa a nadie, ni sigue ilegalmente a nadie, ni difama, ni leches.  No es el caso. El equipo de abogados famosos no entra –dice el periódico- en el fondo de la cuestión y sale por la tangente: Juan Carlos es completamente inmune para las leyes inglesas. El suyo es un caso excepcional, el de un rey que abdica pero que continúa siendo parte fundamental del tejido constitucional español… aunque viva en los Emiratos Árabes.

¿Esto se sostiene hoy? ¿Para eso estuve yo haciendo guardias dos meses en un polvorín en el año 78? Viva el principio constitucional de igualdad. Socialismo y república, como propugna mi amigo José Antonio Pérez Tapias.  

 

[1] No tengo ninguna animadversión personal a ningún rey, pero tampoco pierdo el culo ni me inclino ante ningún título nobiliario. Lean y disfruten “Fernando VII. Un rey deseado y detestado” del catedrático Emilio Laparra. Lean Isabel II, una biografía de la catedrática Isabel Burdiel.