| 28 de Noviembre de 2022 Director Antonio Martín Beaumont

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El dios de la lluvia llora sobre nosotros

Probablemente nuestros hijos no puedan descubrir la hermosura de los cerezos en flor o la pinada agreste. Ni conocerán los bares-restaurante de montaña donde huelen las parrillas a arroces

| Pedro Nuño de la Rosa Edición Alicante

Santa Rita tronó casi sin avisárselo a los meteorólogos, luego dejó desplomarse sus rayos tronantes para regresar nuevamente al reino de los imposibles, mientras abandonaba a la Vall d'Ebo ardiendo descontrolada bajo bestiales llamaradas al pairo de unos vientos que mareaban la veleta chamuscando uno de los parajes más bellos de la naturaleza convirtiéndolo en un apenas hasta dejarlo en yermo de tizones y cenizas: Horror, desconsuelo y llantos. 

Y menos mal que la Santa reparó su descuido enviando una lluvia que pudo apagar lo que el hombre del siglo XXI no alcanza. De lo contrario el amenazador sol rojo y la densa fumata que se contemplaban desde Dènia o Jávea podrían haberse materializado en desastre de proporciones apocalípticas sobre esa admirable comarca donde los pinos besan la mar, las urbanizaciones de lujo escondido pespuntean el horizonte y todavía no se ven desbordados por la masificación turistera. 

Este amanecer todo huele a humareda de fogata difícilmente extinta, a rastrojo abrasado, a naturaleza muerta. 

Quienes hemos disfrutado la dicha de pasear los ojos y satisfacer estómagos por aquellos pueblecitos que mantienen a gala el menor, pero más feliz número de ciudadanos censados, incluidos los guiris establecidos allí para solazarse con el paraíso en vida, hoy se nos nubla la vista y se nos encoge el abdomen al contemplar las imágenes devoradoras del matojo y hojarasca combustibles prendiendo troncos y copas de lo que hasta ayer mismo fue un frondoso bosque mediterráneo, cuyo único consuelo (de tontos) que nos deja es que se regenera mucho antes que el atlántico. 

Bomberos ardiéndoles hasta lo ignífugo sorprendidos por teas que eran sopletes (véase el video que publicamos en ESdiario titulando: "apagando el incendio de Castellón que hiela la sangre"); pasajeros de un tren parado ¿quién le permitió circular? en medio de las letales llamaradas: unos, creyéndose ya réquiem cantim pace porque dentro morirían achicharrados, otros, huyendo pavoridos por las vías hasta llegar exhaustos al villorrio más cercano; pueblos desalojados sin más ajuar parroquiano que la cartera de bolsillo y el móvil; miedo a volver para encontrarse sus hogares convertidos en una ruina pompeyana; adiós al iniciático turismo montés de interior como alternativa al de sol y playas; preciosa paisajística, ayer modélica para el posimpresionista Sorolla, y mañana el ejemplo ideal para cualquier expresionista que siga la senda de William Turner con su "Quema de Roma"; y sobre todo redundancia de la España despoblada, entre otras muchas penurias, que acabarán carbonizando futuros. 

Los principales responsables son los políticos incapaces de ponerse de acuerdo legislador hasta cuando nos arde el culo de la España vaciada

No pregunten ustedes por el motivo de la devastadora deflagración (que ha arrasado más de 12.000 hectáreas) a un labrador de palmas encallecidas y lomo doblado por el azadón y la reja. Viéndoles la pinta de urbanitas, o directamente los mandarán a hacer puñetas con nuestra compasión cívica falsamente solidaria y como reflejo condicionado por su cabreo de ancestral abandono; o si les pilla de menos malas, les soltarán un irónico: "pregunta a los ecologistas y a los políticos, eso sí que saben; nosotros bastante tenemos cuando os vayáis". 

Ahí nos debería doler el olvido. 

Como fatalmente demuestran americanos del Norte y australianos se producen pavorosos incendios absolutamente incontrolables, aunque manden allí como refuerzo a toda la Guardia Nacional, o los ejércitos por tierra mar y aire. Pero otros muchos sí son atajados gracias a medidas preventivas que van desde la tala selectiva y el desbroce en invierno, pasando por facilitar que los ganados se encarguen de rumiar bajo el boscaje, y llegando a la permanente presencia de suficientes vigilias y guardias forestales debidamente equipados para localizar el primer foco iniciático de resplandores o humos. Eso es prevenir, y no el ecologismo de salón inspirado en utopías no contrastadas con el mundo rural. 

Propiamente opino que los principales responsables son los políticos incapaces de ponerse de acuerdo legislador hasta cuando nos arde el culo de la España vaciada. Charlatanes conjeturando parloteos en foros de mármol y cristal sobre ajenas y bonitas panorámicas montaraces que sólo han visto en postales. Henchidos de postureo "verde que te quiero verde", pero sin dejar de pisar moqueta, a sabiendas que esas urnas campestres y aldeanas apenas suman decimales. Promesas para salvar el careto en la zona siniestrada, llorando (Actors studio) Ximo Puig y su corte áurica, pero ninguneo para mañana cuando haya pasado el duelo dejando el páramo. 

¿Qué paisaje de fondo les vamos a dejar a nuestros hijos y nietos? Probablemente no puedan descubrir la hermosura de los cerezos en flor o la pinada agreste. Probablemente no conocerán esos bares-restaurante de montaña donde olían las parrillas a arroces, buena carne y embutidos de la zona. Probablemente no podrán charlar con los lugareños sobre su cultura y la nuestra. Probablemente no necesiten volver a la luna para contemplar el desierto inane. Probablemente nada será igual después de que el dios de la lluvia haya vuelto para llover sobre quemado.