| 26 de Septiembre de 2022 Director Antonio Martín Beaumont

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Maldito verano

El firme de las autovías es un poema de geometría irregular. No sé dónde van los impuestos por la compra del coche, los impuestos de los combustibles y los de circulación

| Manuel Avilés Edición Alicante

Empezarán algunos a decir: otra vez Avilés con sus títulos efectistas y publicitarios. ¿Por qué dirá este tío ‘maldito verano’ cuando lo difícil va a llegar en otoño?  Los arúspices y adivinos, los tertulianos y los analistas políticos, todos esos que predicen la realidad cuando ya ha tenido lugar, anuncian catástrofes de todo tipo para el próximo otoño y se centran en exigir que disfrutemos del verano como si fuera lo último que nos queda por hacer. Carpe diem. 

¡Estoy del verano hasta los mismísimos cojon...! Todo el día vestido como un paria, sin poder lucir mi estilo mercadillo de Babel, que es la boutique multidisciplinar en la que me surto, todo el día chorreando como los pollos sin poder hacer siquiera uso del matrimonio, porque patino con los sudores y me quedo pegado a las sábanas de raso que es con lo que liberamos hormonas los estilistas. Todos los días con mi Casilda jadeando como si le fuera a dar un infarto porque estos perros Thi Thzu llevan el calor peor aún que los humanos, aunque sean mucho más humanos que nosotros. 

Habrá agoreros que ven venir la crisis, el hambre y la mendicidad en un plazo menor de sesenta días, pero yo no la veo por ningún sitio. Les cuento porque, con la edad, además de recibir calabazas por todos los lados con frases misericordiosas tales como: si fueses un poquito más joven…si tuvieses veinte años menos… si no se te viera ya asomar el Parkinson y el Alzheimer que se adivina en tu hablar titubeante y tus olvidos clamorosos…, además de recibir calabazas por todos los lados, repito, me noto pinchazos, dolores e imposibilidades por toda la cochambrosa geografía de mi cuerpo, cada vez más cerca del crematorio. Hay una ventaja: me importa todo un carajo y se potencia mi anarquismo rampante. 

He tirado la casa por la ventana y me he ido de viaje. Un bautizo. No es que a mí me priven los bautizos pero… ha sido un disfrute el encuentro familiar. Amoroso, besucón, festivo, pantagruélico, sin peleas de cuñados comilones y bebercios, sin hablar de política ni poner verde a Sánchez ni añorar a Casado, y además fresquito. En las montañas de León en un sitio donde Cristo perdió el mechero y por donde pasa el río Porma con agua abundante. Ni cobertura hay en ese lugar casi del paleolítico, con su Teleclub y todo, que es algo que desapareció de este país antes de que Aznar llegara al gobierno.  

Allí, en Valduvieco, hay Teleclub, el centro social, de relaciones, de conocimiento, de cervezas y de todo… en un pueblo de veinte habitantes que se encontraba atascado de gente, trescientos, porque en verano vuelven todos como hijos pródigos a las eras en las que corretearon durante su infancia. Para grabar mi programa de literatura con Onda Cero he tenido que hacer treinta kilómetros, hasta Mansilla de las mulas - ¡qué nombre tan veterinario!- porque allí sí hay cobertura. ¡Milagro! En medio de la nada encuentro una iglesia prerrománica: San Miguel de Escalada que, Catedral de León y San Isidoro aparte, merece por sí sola el viaje. 

Yo iba a ser el padrino del evento, en tanto que abuelo de la criatura, pero tras hablar con los progenitores desistí y buscaron un suplente porque un lector de Voltaire no puede comprometerse a enseñar la doctrina católica a una niña sin riesgo de convertirla en hereje. 

Hay muchas subvenciones a sindicatos apesebrados, ministerios inservibles, el marisco está por las nubes y los vuelos a New York con las asesoras también

Salgo de Alicante en dirección a Valduvieco – no se extrañen, ese pueblo existe y en agosto se duerme con manta y sin ruido- las carreteras apelotonadas y demostrando que la crisis no existe y que los planificadores de fomento no tienen ni puta idea: un atasco de veinte kilómetros cerca de Madrid porque cinco señores con chaleco verde y una camioneta con destellos naranjas, están atornillando un guardarraíl. No era uno esencial al borde de un precipicio, uno absolutamente prescindible que podía haber sido arreglado de noche y sin tráfico. Pues no, reducen la carretera de tres carriles a uno, ocasionan un atasco de veinte kilómetros, se queman varias decenas de miles de litros de gasolina para nada y se consumen miles de tranquimacines para bajar la mala leche. Hablen luego de economizar energía, de bajar el aire acondicionado y de apagar los escaparates. El firme de las autovías es un poema de geometría irregular. No sé dónde van los impuestos por la compra del coche, los impuestos de los combustibles, los impuestos por cambiar de nombre los vehículos y los de circulación. ¡Ahhhhh, hay muchas subvenciones a sindicatos apesebrados, ministerios inservibles, el marisco está por las nubes y los vuelos a New York con las asesoras también! 

Llego a Valduvieco y la iglesia pequeñita voltea la campana como recepción de lujo. Si lo llego a saber contrato a una escort  - una rubia de bote casta, que no está uno para gatillazos ni para hacer el ridículo en público- para fardar de lujo asiático. Bajo del coche y se acerca un abuelo: ¿No será usted el señor cura? Pues no señor, ya me gustaría, pero igual al estilo de Lope de Vega o del Duque de Lerma – ese ladrón precursor de la especulación inmobiliaria- entro en religión para ahorrarme el asilo y que me cuiden en el convento porque el señor del peluquín me pide, en uno concertado más de dos mil pavos al mes. No me deja ni para tomar un cortado en el Cristian. 

El cura me contagia el cenizo a través de la lectura evangélica. Según San Lucas: “He venido a prender fuego a la tierra y cuanto deseo que ya esté ardiendo”. Hombre, por favor, cambie usted ese texto y lea otro pasaje porque menudo verano llevamos con los incendios, que nosotros solos hemos quemado más hectáreas que el resto de la Unión Europea junta. 

Sigo en plan Voltaire y me asombro de que todos permanezcan en silencio – yo incluido para no dar la nota- cuando habla del pecado original – que le va a quitar a la niña al bautizarla- y se empeña en que todos nacemos manchados y esa mancha hubo que hacerla desaparecer torturando a un hombre bueno para aplacar a ese Dios justiciero que necesitaba una reparación de la ofensa. Me voy de la iglesia, aunque permanezco en mi banco y pienso: es acojonante hasta qué punto el ser humano puede ser estúpido y tragarse ruedas de molino cuando se las repiten durante siglos una y otra vez.  

“Solo hay dos realidades infinitas, el universo y la estupidez humana, y de la primera no estoy muy seguro” (Einstein)

Me cabreo a la vuelta y juro en arameo porque veo, una y otra vez, a tipos – ni una sola mujer, es verdad- que van con la ventanilla del coche bajada y fumando en él. ¿Usted quiere tragar humo? Cierre la ventana y trágueselo todo, porque llevándola abierta tirará usted la colilla – de eso sabemos mucho los que llevamos moto- y la liará parda hasta que no cambie la ley y le den de hostias a los incendiarios en la plaza del pueblo además de meterlos en chirona. 

Pongo la radio para relajarme y las noticias me cabrean todavía más: Desde que los americanos salieron en desbandada de Afganistán, los talibanes se han cargado todos los derechos de las mujeres. No pueden trabajar, ni estudiar, ni salir de casa sin acompañamiento, ni vestir sin ir tapadas hasta las cejas. Una manifestación de mujeres afganas que piden “pan, trabajo y libertad”, es disuelta a tiros por los trastornados talibanes. ¿Dónde están tantas que claman por los derechos de las mujeres aquí, donde no hace falta clamar porque aquí las mujeres los tienen reconocidos? Es muy fácil ir de defensora de las libertades – y vivir del cuento- cuando esas libertades están garantizadas de sobra. Mecagoentoloquesemenea. 

Salman Rushdie – dice la radio- parece que mejora dentro de la gravedad. Puede perder un ojo, tiene tocado el hígado… pero el criminal que lo apuñaló obedeciendo a la fatwa descerebrada de un abuelo fanático y con turbante – todos los fanáticos son iguales y todos afirman estar en posesión de la verdad- se ha declarado inocente. Ya verán como termina diciendo que cumplió la voluntad de Dios. ¿De qué Dios? ¿Quién dice eso? ¿Cómo lo demuestra? Ya lo decía Einstein: “Solo hay dos realidades infinitas, el universo y la estupidez humana, y de la primera no estoy muy seguro”. ¡Señor, llévame pronto!