| 04 de Octubre de 2022 Director Antonio Martín Beaumont

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Bodega Gambín, Sabor de barrio

La Bodega Gambín lleva más de 60 años en el barrio del Pla de Alicante

Por cuestiones de trabajo pasé un tramo de juventud en lo que entonces llamábamos Pla- Carolinas, cuando todavía salíamos a hacernos el "almorsaret", y muchas veces, si la jornada se prolongaba hasta la tarde, también la comida del mediodía español, es decir entre las 14.00 y 15.00 horas. Fue por aquellos años, transicionales en política y en emociones, cuando conocí la Bodega Gambín, que venía funcionando desde 1961, y donde a eso de las 10:00 de la mañana te metías entre pecho y espalda un bocata, o mejor dicho una flauta de pan del horno Rafelet guarnecida con diversos companajes que bastaban como alimento para todo el día, de no ser porque el cuerpo a esas edades demanda más combustible que un depósito de carreras, cuando todo era un no parar.

Recuerdo bocadillos de dos palmos, desde con jamón o panceta frita y pimiento, aceite de almadrabas montañeras, tomate restregado, "agritos" (boquerones en vinagre), anchoa de bota demandante de litrona y carajillo de Bernal, pero y también, uno que ya empezaba a hacer sus pinitos gastronómicos, primero en la Cadena SER y después en la COPE, mejillones en escabeche, embutidos de Pinoso o salazones murcianos.

A la hora de comer te cantaban el plato del día (no había carta) y alguna que otra guisandera como ocurrencia de cocina, auténtica de mercado porque en ello le iba a la casa y al cliente la mejor relación calidad/precio. Lo mismo caía cocido alicantino con su pelota, que unos michirones huertanos, o un "guisaet de peix" (todavía recuerdo el de "morena y patatas rotas", realmente memorable) como el cabrito con ajos tiermos.

Esta semana he vuelto a Gambín con un anfitrión del barrio, Óscar Marchal, uno de los poquísimos blogueros que pueden leerse, primero por ser auténtico gastonómada, quién de lo que escribe e informa es de lo que come, y muy en último lugar de lo que le cuesta. Horribles esos Grimod de la Reyniére a la violeta e indigesto bolsillo que descalifican porque el restaurante en cuestión les parece caro sin previa suma mental de los explicitados precios en carta.

La bodega seleccionada y renovada durante tantas décadas es de las mejorcitas de Alicante capital

Fue sentarse y traernos Juan Antonio Planelles Esplá, alma mater y páter del lugar, ‎ un vermut muy propio con sifón de su máquina, posiblemente hoy no debe tener precio semejante reliquia, acompañando al tomate honesto, aceitunas bien aliñadas y salazón correcto; después un puré de pescado horneado con caviar de mújol sobre concha de vieira. Les queda notable.

Realmente buenos, tanto textura como en sabor de frescura marina unos boquerones desespinados y crujientes con la nipona salsa teriyaky; mientras que el pulpo, cefalópodo tan de moda como insípido, no me entusiasmó, aunque nada que objetar al parmentier acompañante. Para entonces el blanco godello Maruxa presidía la mesa con sobrada solvencia.

Y tras las entradas vino uno de los platos estrella de la casa como es su arroz con cerezas (estamos en época), y obviamente nos remite a esos bares-casinos, muchos de ellos recientemente modelados en restaurantes, y que se desperdigan por La Vall de Gallinera. Pero y también remite al siempre muy presumido Quique Dacosta que lo borda con anguila ahumada. Este de Gambín, cárnico, fino de capa, Albufera por más señas, y perfectamente conseguido en su combinación salada-dulce entre el fondo sápido de ave y los tropezones frutales. En principio, y para quienes lo desconozcan, puede sonarles, nunca mejor dicho "a chino", pero quiero recomendarlo vívidamente aquí si no quieren desplazarse al norte de nuestra provincia.

Para revalidar la gramínea, elegimos un tinto de Jumilla, "Infiltrado" (sin filtraje), de botella original, y coupage (combinación de varietales) Syrah, Monastrell y Garnacha Tintorera: aconsejable y moderno en la línea más contemporánea jumillana.

Llegados a los postres, mejores al paladar que a la vista, tienen una torrijas con barquillo y crema de fondo pintada, ideal para golosos. Aceptable el bizcocho, y muy bueno el helado de turrón.

En definitiva, y siendo originariamente una expendeduría de vinos, la bodega seleccionada y renovada durante tantas décadas es de las mejorcitas de Alicante capital; el servicio, atendido por África Mirete diligente y eficaz; y la cocina de Vizcaino me recuerda a los platos que bajaban las mujeres en Fogueres a las barrancas del barrio en acostumbrada competencia y perfecta integridad antropológica por familiar alicantinidad. Recomendable.