| 18 de Agosto de 2022 Director Antonio Martín Beaumont

× Home España Medios Investigación Opinión Estilo Chismógrafo Deportes Tecnología Tvcine Economía M. Ambiente ESdiario TV Mundo C. Valenciana Andalucía Suscribirse
El Moskva ruso ha estado a punto de hundirse
El Moskva ruso ha estado a punto de hundirse

El Moskva ruso y las reliquias

La peregrinación político-religioso- festiva-alcohólica tiene como motivo La Santa Faz. Maravilloso motivo para que la gente, tan machacada por otros conceptos, busque recovecos imposibles

| Manuel Avilés Edición Alicante

Alguna vez he hablado en estos artículos de un profesor genial, fallecido hace poco a los noventa y muchos años, llamado Manuel Sotomayor. Algecireño, jesuita, sabio y con un sentido del humor y una retranca que ya querría yo para mí, aunque fuera solo la mitad. Este hombre daba clase en la Universidad de Granada, era historiador, paleontólogo, arqueólogo, académico de la Historia… empleaba todos los fines de semana – a diario su trabajo era en el despacho y en las clases que no se saltaba jamás-   visitando parajes escogidos y excavando aquí y allá, con su picoleta, su pala y su brocha, buscando restos de nuestra historia. Sabio como era y especialista en la época romana, a él le debemos el descubrimiento en la finca de la Cartuja en Granada de unos hornos romanos que sin él seguirían ocultos a los amantes de la historia. Había en aquella época casi paleolítica – principios de los setenta- un programa en televisión que se llamaba “Operación rescate”. Sotomayor lo odiaba porque aquellos chicos, sin preparación ni dirección decía, rompían y machacaban muchas más cosas antiguas de las que encontraban.

El profesor Sotomayor se reía en sus clases de lo que dio en llamar la “fiebre de las reliquias”. Una pasión medieval amante de amuletos y objetos de todo tipo con capacidades salvíficas. En la Edad Media – decía- lo mismo que ahora se escriben fotonovelas, se escribían vidas de santos. Muchas inventadas. Sin ánimo de falsear la realidad y la historia solo con la intención de presentar historias edificantes para excitar el deseo de las personas de ser santos, devotos, seguidores fieles del cristianismo. Solían poner los santos en lugares remotos, pero la gente era tan empecinada, que acababa encontrando los restos de aquel santo muerto inexistente. Encontraban el muerto y encontraban pertenencias con las que había un mercadeo floreciente. Sotomayor – con un sentido del humor inigualable, decía- : cogía uno fama de santo, se ponía malo y ya se arremolinaba una multitud a su puerta para repartirse trozos de ropa, un vaso donde bebió o una silla donde se sentó. La fiebre de las reliquias, lo mismo que ahora  hay gente que pierde el culo por la firma de un famoso o una foto con él para subirla a Facebook.

Otro sabio, mi buen amigo Juan Eslava Galán – lean cualquier cosa de él que llegue a sus manos, aprenderán mucho divirtiéndose- tiene una obra genial publicada hace tiempo: “El fraude de la sábana santa y las reliquias de Cristo”. En ella arremete con un humor soterrado pero irrevocable contra la superchería de las reliquias, negocio durante siglos, tanto como las apariciones y los milagros interesados. Nadie – afirma Eslava- había conservado reliquias de Jesús ni de ningún apóstol o santo anterior al siglo III, pero ello no impidió fabricarlas o descubrirlas para atender la creciente demanda. Encontraron la zarza ardiente donde Dios se manifestó en el Sinaí; el horno donde los israelitas fundieron el becerro de oro; la lanza sagrada que hirió el costado de Jesús; los lienzos del sepulcro… y hasta un sobrante de tierra con la que Dios hizo a Adán. Todo eso sin contar una pluma del arcángel San Miguel – ¿de dónde se han sacado que los arcángeles tienen plumas?-; ampollas con sangre de santos mil y hasta con leche de la Virgen María e incluso la piedra en la que Jesús no tenía donde reclinar la cabeza. El fetichismo mágico de las reliquias, alentado por la jerarquía eclesiástica, que obtenía de él muy buenos dividendos – afirma Eslava- fue en aumento hasta transformarse en obsesión.

La peregrinación político-religioso- festiva-alcohólica tiene como motivo La Santa Faz. Maravilloso motivo para que la gente, tan machacada por otros conceptos, mandamases e instituciones, disfrute y se solace

 

Estamos a punto, en Alicante, de sumarnos un años más a esa fiebre de los relicarios con una procesión religioso-política- festiva-alcohólica  (vean todos los años los operativos policiales para que los chavales no manguen carros de los hipermercados cargados de bebidas y hagan botellones que terminan fácilmente en ambulancias con borracheras épicas). Ojo, que yo soy uno de los que se suman a la fiesta, me meto en el gentío y me inundo del colesterol de las salchichas requemadas, disfruto de la hospitalidad de mis amigos Lena y Carlos de La Terreta, mi antigua urbanización y sufro los aplastamientos de la muchedumbre aunque no asome siquiera por la misa de Munilla. La peregrinación político-religioso- festiva-alcohólica tiene como motivo La Santa Faz. Maravilloso motivo para que la gente, tan machacada por otros conceptos, mandamases e instituciones, disfrute y se solace, buscando hasta recovecos imposibles para acercamientos urgentes. La Santa Faz es un cuadrito – lo he visto de cerca y en soledad, sin achuchones, mil veces porque he sido vecino del monasterio de clarisas bastantes años- que trajo un cura sanjuanero a finales del siglo XV, en plena efervescencia de la fiebre de reliquias. Eslava también se explaya sobre la reliquia en la obra citada. Basta verlo, aun profano, sin ser especialista en el carbono 14 ni en tejidos ni en restos forenses, para darse cuenta de que es una pintura. No pasa nada, uno puede venerarla como yo venero al Cristo de la Redención de León tras el que anduve hasta encontrarlo para preservarlo y documentarlo como bien público. La Santa Faz de Alicante – afirma Eslava- es un rostro de hombre pintado sobre un lienzo. No cabe en ninguna mente racional que pueda ser el paño con el que la Verónica enjugó – leyenda piadosa- el rostro de Jesús y que, limpiada la sangre emanada tras horas de tortura, que llevaron a cabo los poderes fácticos, los trepas y los envidiosos de la época, limpiada la sangre, repito, quedara una cara perfectamente delimitada con pincel e incluso con la corona con que se adorna a tantas imágenes de Jesús, de la Virgen y de otros santos menores.

¿Por qué les doy esta brasa sobre reliquias, aparte de por la peregrinación que se nos avecina? Mi amigo José Antonio Pérez Tapias - ¡qué pena que no ganara a Sánchez en aquellas primarias socialistas!- me manda un recorte de prensa épico, por no decir estúpido. Le contesto inmediatamente: “Es la noticia más gilipollas que he leído en los últimos veinte años”.

Un panfleto – mi psiquiatra me tiene prohibido leerlo para que no se me suelte la adrenalina y me entren ganas de enrolarme en las milicias chechenas que aplastan Ucrania previo pago de su importe- publica la siguiente memez: “El buque hundido Moskva podría llevar a bordo un trozo de la Vera Cruz, una preciada reliquia cristiana”. Notición que te cagas. Estoy seguro de optará al Pulitzer. La Iglesia ortodoxa rusa – añade el panfletario periodista, que ahora mismo propongo para el Pulitzer- anunció en febrero de 2020 que la reliquia había sido entregada al comandante de la flota del Mar Negro. Magnífico lugar, una flota para invadir y machacar Ucrania, para tener un trozo de la cruz de Jesús. Lo dicho, la noticia más gilipollas que he leído en los últimos años.

Estos han leído a Sotomayor que decía – jesuita, estudioso y sabio- si juntáramos todos los “lignum crucis” que se dicen auténticos trozos de la cruz en que fue torturado y asesinado Jesús de Nazaret tendríamos leña suficiente para hacer un par de barcos. Seamos clementes y pacientes, a la vez que críticos, con la fiebre relicaria.

Y aquí me tienen, esperando al día 28 para ir a la Santa Faz con mesa reservada, evidentemente, que aquello se pone de bote en bote. Deprimido, eso sí, porque después del palo de la declaración de la renta, mi imaginación sigue agostada y no consigo inventarme ni un mísero pelotazo, sea de fútbol y copas en países de moros o de mascarillas en el lejano oriente. Una ruina tener tan poca inventiva.