21 de Abril de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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Toni Cantó, número cinco en la lista de Ayuso en las elecciones del 4 de mayo en Madrid / Eduardo Parra / Europa Press

Abrázame hasta… la Semana Santa

A ver en qué quedan esos incrementos patrimoniales desbocados, de rojos de salón, que acabo de leer en prensa escrita y que tienen un tufo impresentable

| Manuel Avilés Edición Alicante

Se ha desatado la guerra en la política –si es que no estaba declarada ya- con motivo de las mociones de censura y de la madre de todas las convocatorias electorales: la del cuatro de mayo en Madrid. Cómo en mil ochocientos ocho se toca a rebato, pero aquí no hay mamelucos con gumías ni curas trabucaires peleando y empujando a la guerra. No hay invasores franceses –mentira lo de invasores, que los borbones reinantes les pusieron la alfombra roja hasta el mismo barrio de Maravillas – ni mujeres del pueblo a pecho descubierto muriendo por una patria cuyo rey traidor comía y bebía muellemente con Napoleón en Hendaya – y cobraba de él-  mientras ellas regaban con su sangre el viejo Madrid[1].

En esta batalla electoral se decide entre España y el comunismo. Eso dicen los verborréicos beligerantes. Si votara en Madrid dudaría entre Gabilondo – cabeza magníficamente amueblada y limpio de toda corrupción en su estilo frailuno- y Mónica García, médico anestesista del hospital 12 de octubre de la que no se sabe que, tras su entrada en política, se haya ido a vivir a ningún casoplón en la zona norte de Madrid ni ande en partidos que quieren cambiar de sede para lavarse la cara. A ver en qué quedan esos incrementos patrimoniales desbocados, de rojos de salón, que acabo de leer en prensa escrita y que tienen un tufo impresentable.

Las redes sociales sueltan perlas de todos los colores con esta convocatoria. Hay una que se sale del tablero: “Abrazame…hasta que Toni Cantó deje de cambiar de partido”. Todo un récord, Vecino por Torrelodones, UPyD, Ciudadanos y el PP en unos años. Y dice el señor Egea, sin que se le mueva un músculo de la cara, que este ir y venir, de unos y otros, en pos de un cargo con sueldo de cojones, de una región a otra, de un partido a otro y con menos trabajo que el sastre de Tarzán, es por el bien de España. Comulguemos -estamos en Semana Santa- con ruedas de molino, que es un acto de fe y mortificación como los “Picaos” de San Vicente de la Sonsierra o los “Empalaos” de Valverde de la Vera. ¡Sujétame el gin tonic, que voy a soltar otro par de jaculatorias por la salvación de mi alma! ¡Señor, llévame pronto!

Jesús de Nazaret vivió, intentó que escucharan su mensaje y fue asesinado porque resultaba incómodo

Semana Santa: como en todas las fiestas cristianas se trata del traslado de una fiesta pagana previa a la que barniza la religión. En ella se celebra el eje, la piedra angular del cristianismo. Acabo de leer un escrito de un autor amigo, y muy solvente intelectualmente, en el que afirma que Jesús de Nazaret no es un personaje histórico. Craso error, a mi entender. Jesús vivió, anduvo por los caminos de Palestina  lanzando un mensaje humanista, filántropo y religioso contra todos los golfos, los corruptos, los vividores a costa de los otros y los abusones. Jesús de Nazaret – seguramente tuvo contactos con los Esenios como su primo Juan el Bautista- era un judío fervoroso, un creyente reformador que pretendía cambiar estructuras podridas por gentuza sinvergüenza y aprovechada. Una de sus frases esplendorosas se la he aplicado mil veces a los políticos como él la aplicaba a la clase farisaica: “Haced lo que ellos os dicen pero no hagáis lo que ellos hacen”.

Jesús de Nazaret vivió, intentó que escucharan su mensaje y fue asesinado porque resultaba incómodo. Lo que no es cierto es que resucitara y ahí está la clave del problema como avisa Pablo de Tarso, que tiene la categoría de apóstol para los cristianos sin que llegara a conocer a Jesús : “Si Jesús no resucitó, vana es nuestra fe”. Es decir, vana, vacía y sin sentido alguno. La no resurrección – metafísicamente imposible-  hace buena la tesis fundamental del gran filósofo Ludwig Feuerbach: “No es Dios quien ha creado al hombre, sino el hombre el que ha creado a Dios”. La religión – decía Sigmund Freud, otro del ala izquierda hegeliana- es una neurosis de inseguridad. No queremos morirnos y nos inventamos un ser omnipotente y eterno, al que la muerte le es ajena, y que nos resucitará. Ese ser que reúne todas las potencias que a nosotros nos faltan, es la proyección externa de una figura que resuelve todas nuestras carencias y nos cuida y nos premia a cambio de que cumplamos todo lo que nos manda.

Aquí surge otro problema. ¿Cómo conocemos cuál es su voluntad para acatarla? A través de los que se dicen legítimos depositarios de ella: curas, obispos, imanes, ayatollás, pastores y demás recua de líderes religiosos que, si examinamos la realidad y la historia, también son políticos, es decir, detentadores del poder sobre la masa que somos nosotros a la que tienen sojuzgada y – digámoslo aunque la expresión no sea muy académica- con el coco comido con sus prédicas y sus inventos.

José María Castillo – genio y colega de otro que ya he citado en algún artículo, Manuel de Sotomayor, gran maestro de historia- afirmaba que Jesús jamás quiso fundar ningún mastodonte eclesial, ningún chiringuito de poder como ha sido la Iglesia a lo largo de los últimos dieciocho siglos. No olvidemos la permanente unión del trono y del altar que hemos visto hasta en las monedas de diez duros de Franco: Caudillo por la gracia de Dios. Desde luego, si Jesús de Nazaret levantara la cabeza, estoy seguro de que no se identificaría en absoluto con el montaje organizado durante siglos en su nombre.

Jesús existió y, desbrozando los evangelios, se puede llegar con bastante certeza  a su persona

En mi calidad de lector empedernido he leído más de una docena de “Vidas de Jesús”. Nada de vidas edulcoradas y piadosas, de las escritas para curas de misa y olla que intentan superar el seminario a trancas y barrancas para instalarse en la sacristía cómoda de algún pueblo  - como el mío, por ejemplo- que admitía incluso novia formal a pesar de predicar la castidad desde el púlpito.

La “Vida de Jesús críticamente elaborada” de David Friedrich Sttrauss es una joya que todo el mínimamente interesado en este hombre extraordinario debería leer. Strauss – el mismo nombre que el de los valses pero nada que ver con él-  era  un racionalista alemán discípulo de Hegel, lo cual es ya una garantía importante. Hasta Gustave Flaubert recomienda su lectura.  Casi contemporáneo y en su misma línea, el filósofo francés Ernest Renan también publicó, en el siglo XIX, una “Vida de Jesús” que inmediatamente fue incluida en el Índice de libros prohibidos. Si alguien en Alicante tiene noticia de estos libros o tiene un ejemplar de los mismos, o es Manuel Desantes en su biblioteca de los libros felices o no existe.

Abundando en estos autores, los alemanes, que son unos fenómenos investigando, desarrollaron  hace casi un siglo la escuela de la “Historia de las formas” – la Formgeschichte- que pretendía entre otras cosas, llegar al Jesús histórico. No me voy a enrollar más pero es científicamente cierto que Jesús existió y que, desbrozando los evangelios, se puede llegar con bastante certeza  a su persona. Los evangelios no son un libro de historia  sino un testimonio de unos señores – con mil interpolaciones y mil manos metidas en su escritura- que se fija por escrito para que crean quienes los leen.

Pagola, un vasco sabio también autor de una Vida de Jesús, lo deja claro en sus preguntas: ¿Qué secreto encierra este galileo fascinante? Nació hace más de dos mil años en una aldea insignificante del Imperio romano y fue ejecutado como un malhechor cerca de una vieja cantera en las afueras de Jerusalén. Este hombre, queramos o no, ha marcado decisivamente la religión, la cultura, la música, la política y el arte occidental. Nadie, como él, ha tenido un poder tan grande en los corazones, nadie ha sido tan esgrimido para hacer barbaridades en su nombre, nadie ha despertado tantas esperanzas y nunca, en una sola persona y en su mensaje, se han basado tantos para desarrollar conductas contrarias a lo que él pretendía.

Pero… no resucitó. He ahí el gran problema, que no se resucita y que todo el entramado de pecado original, necesidad de la redención, de matar a un hijo torturándolo salvajemente para limpiar no se sabe qué culpa antigua, no deja de ser un mito intragable que no soporta un mínimo análisis lógico.

 

[1] Pueden leer si quieren estar plenamente informados “El barbero de Godoy” y, la que está ya en la imprenta y saldrá en menos de un mes, “La hija del barbero”, dos novelas históricas, ambas editadas en ECU, fruto del Taller literario de Novela Histórica que he impartido durante dos cursos en la Sede de la Universidad de Alicante.