15 de Junio de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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'Vacunódromo' instalado en el pabellón ferial IFA
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El descojone de la pandemia

La vida en comunidad es cada día más difícil por culpa de los trastornados con los que hay que lidiar. La pandemia está potenciando las descompensaciones. por culpa del virus de los chinos

| Manuel Avilés Edición Alicante

Para atemperar el título –mi editor me llama al orden por los tacos- voy a empezar con la nota culta y universitaria, que pese a ser un jubilado anarquista y pobre, uno tiene sus estudios y ha pasado por la universidad, aunque la universidad no pasara por uno y saliera de la misma mucho más analfabeto de lo que entró en su momento.

Todas las escuelas de Criminología –ciencia importante aunque casi nadie la tenga en cuenta-, todas, desde la Sociológica francesa, hasta la Criminología crítica, pasando por la Escuela Ecológica de Chicago y por la Anomia de Merton –he dicho anomia, no anemia-, coinciden en afirmar que los trastornados, los enfermos mentales, los enfermos a secas – entre los que me cuento-, los parados,  los gilipollas, los chorizos con adaptación social o sin ella y los miembros de redes de crimen organizado, golpistas, organizaciones terroristas, mafias de trata de blancas y de tráfico de cualquier otra cosa. Coinciden todas las escuelas criminológicas en afirmar que todos los citados anteriormente, deben ser calificados como fenómeno de desviación social. Evidentemente no todos podemos ser guapos, titulados, con trabajo boyante y bien pagado, con casoplón en Vistahermosa con pareja inteligente, joven, no estúpida y con 90-60-90, y con proyectos factibles de éxito a corto plazo. La desviación social existe, ha existido y existirá. Como los pobres del evangelio, la desviación social y los desviados que la integran, siempre estarán con nosotros.

Cada sociedad tiene –por cojones - que soportar y gestionar sus episodios de desviación social. Los desviados  sociales –repito, enfermos mentales, enfermos a secas, chorizos, trastornados, jubilados, entre los que estoy, y gente de mal vivir- molestan pero hay que aguantarlos. Hace setenta u ochenta años, floreció la teoría de eliminarlos en busca del súper hombre ario. No pervivió por suerte y fue arrumbada por su olor a nazismo que pretendía cargarse a todo lo que oliera a inútil.

Los viajes del Imserso con los abuelos echando los higadillos detrás del guía y a punto para el infarto, los cotolengos, las cárceles,  los asilos, los psiquiátricos y los hospitales, son una manera de hacer frente a la inutilidad. También lo es el racaneo con las pensiones -porque los pensionistas seremos una carga hasta que nos organicemos en partido político y tengamos veinte diputados para sostener al Sánchez de turno-. Todo eso es una manera  de quitarse de en medio lo que estorba, lo que no es exitoso ni productivo.

Tengan en cuenta, cuando  hablen de volver a la normalidad, que solo volverán los que eran normales antes, que esto no es Lourdes y escasean los milagros

Leo – puñetera manía de estar informado- que este inoperante gobierno valenciano, el mismo que no contesta las preguntas de los ciudadanos y luego se deshace en misivas, ofreciéndose cuando hay elecciones, va a contratar no sé cuántos psicólogos y psiquiatras para hacer frente a los trastornos que provoca la pandemia. Dice que se van a reforzar las unidades de salud mental porque andamos muy mal de la azotea como consecuencia del virus ese de los chinos. Si es verdad eso de que los especialistas en salud mental van a visitar a los necesitados de revisiones, avísenme por favor que les voy a dar unas cuantas direcciones.

Recuerdo, no me queda más remedio, la broma que circula por las redes: tengan en cuenta, cuando  hablen de volver a la normalidad, que solo volverán los que eran normales antes, que esto no es Lourdes y escasean los milagros.

La vida en comunidad es cada día más difícil por culpa de los trastornados con los que hay que lidiar. La pandemia –dice el gobierno valenciano en el periódico que he leído- está potenciando las descompensaciones. Nunca, en mi época de directivo psiquiátrico, he oído a un psiquiatra decir “el paciente  se ha curado”. Siempre hablan de “está compensado”. Si luego se come a su madre cruda –es solo un supuesto penal- siempre existe el argumento contrario: se descompensaría por algún motivo. Bueno pues dicen que la gente, por culpa del virus de los chinos, se está descompensando. Siempre hay un culpable de las locuras, las gilipolleces y los trastornos conductuales.

Con esto de escribir en Esdiario y tener el programa estrella de Onda Cero con la gran Luz Sigüenza, mucha gente me para por la calle, me saluda, me pretende invitar a café y hasta me piden consejo dada mi especialización en novela negra e histórica.

Luz Sigüenza y Manuel Avilés

Me encontré hace unos días –tengo como testigo a una abogada prestigiosa con la que pretendí un romance y me mandó a  hacer puñetas– a un individuo que había cumplido condena en una de las varias cárceles que un servidor ha dirigido. El hombre había envejecido y me contaba que era muy posible que volviese a entrar porque odiaba a un vecino que le tocaba los cojones manchándole la colada cada vez que él – obediente a su señora- tendía la lavadora.

Tienes varias posibilidades, le dije desde la atalaya de mi jubilación y habiendo perdido de vista las cárceles. Como fanático de la novela negra, te puedo aconsejar una paliza, golpeándole las costillas flotantes y dándole un cabezazo contra algún perfil de aluminio al estilo de “Epitafio para un extraño” de Marchal Sabater, que es Guardia Civil y sabe de lo que escribe. Podrías hacerle una corbata colombiana o unos zapatos de cemento. Si quieres, te dejo mi Smith Wesson 357 magnum – título de mi próxima novela que ya tengo firmada, sugerido por la ilustre Begoña Palop- y no necesitas más que una bala porque el agujero de entrada y de salida ocasiona un destrozo que, ni el mejor sastre es capaz de reparar. También vale el cuchillo jamonero, el que  usaba para defenderme de los admiradores de Luz Sigüenza, celosos de que ella me permitiera recitarle poesías al oído en su programa. ¿Quieres aprender a matar como nadie? Lee las novelas de Lorena Franco o de Evelyn Kassner, pero no me preguntes a mí porque, por ahora –a lo mejor dentro de un par de años sí- no quiero volver a la cárcel. En un par de años, por un módico precio, pagado en un paraíso fiscal te quito el problema, usando una navaja albaceteña,  y ya me buscaré un indulto a lo Junqueras.

Tengo una solución mucho mejor y más barata: cambia de casa porque hay un dicho en mi tierra que es más sabio que Salomón: Cuando a un tonto le da por un habar –  es tiempo de habas, de esas que se cuecen en todas partes- o matan al tonto o queman el habar. Si a un trastornado le da por una linde, la linde se acaba y el trastornado sigue. Es una solución mucho más barata cambiar de casa, porque como al gilipollas le dé por poner a Camarón de madrugada, o te duermes con el arrullo de “soy gitano y vengo a tu casamiento a partirme la camisa, la camisita que tengo” o tienes que vivir con el estrés de la pandemia y sus descompensaciones hasta que des con tus huesos en el crematorio. Eso o le respondes con Rosendo y sus Flojos de pantalón, que es lo que le pega a estos tarados.

El infierno son los otros, dijo Sartre y eso que en su tiempo no existía el coronavirus ni las descompensaciones que conlleva este rollo respiratorio y de enclaustramiento.

Perdónenme la grosería – me la permito porque dejaré de escribir algún tiempo ya que ando con la promoción de las putas y las pistolas y viajo  más que el baúl de la Piquer-. Me permití preguntarle al ex preso: ¿sabes si ese coñazo que vive en tu bloque mantiene relaciones sexuales de manera regular?  Ese – respondió veloz- si las mantiene, lo hace mal, seguro. Anda por el descansillo con el paquete descolgado como las mantas de los camiones de mudanzas, en chanclas y despeinado. Su contraparte se cae de la cama por los dos lados y tiene un mostacho que si te da un beso, te cepilla el traje. En definitiva – pido de nuevo perdón por contar al detalle la charla de ex convicto- ese folla menos que la gata del Vaticano. Entonces – contesté usando una frase de mi psiquiatra- ya los sabes: el que no folla, jode. Verás tú que no va a tener nada que ver la pandemia y su tara va a haber que buscarla en otras causas.