| 15 de Octubre de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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Lo más maravilloso que te podía pasar con Mila Ximénez es que te regañara

Se fue como quiso, como soñó, rodeada de los suyos. Rodeada del amor de su hija, de sus hermanos y con el privilegio de poder despedirse de aquellas personas que fueron mucho más que amigos.

| Isabel Rábago Chismógrafo

 

 

La marcha de Mila Ximénez era cuestión de días, sus compañeros lo sabíamos. Durante semanas algunos evitábamos contestar las preguntas que nos hacían colegas de profesión o las personas anónimas que la querían y admiraban, referidas a las últimas noticias que comenzaban a filtrarse en algunos medios.

Cada vez que eso ocurría una mezcla de incomodidad, pudor, respeto, cariño y quizás el no querer aceptar que la última vez que la vi, que hablé con ella o que me contestó a los mensajes que nos intercambiamos, sería ya la última vez de todo, sin más. Pero de repente llegó.

Mila se fue como quiso, como soñó, rodeada de los suyos. Rodeada del amor de su hija, de sus hermanos y con el privilegio de poder despedirse de aquellas personas que fueron mucho más que amigos, que fueron sus cómplices de vida, que no la soltaron de la mano.

Escribir sobre Mila como compañera que es lo que fue para mí, es muy fácil. En esta bendita profesión no es sencillo encontrar en un plató alguien como ella. Mila llegaba y llenaba, revolucionaba, remaba siempre a favor de obra, entendía el entretenimiento como pocos en la televisión, pero sobre todo era generosa, inmensamente generosa.

Tenía, exhibía la grandeza que poseen aquellos que no necesitan ya demostrar nada, que reconocen el talento o la valía de los que la acompañan y que te permitía crecer o brillar sin miedo a que los focos dejaran de iluminarla por unos minutos. Cuando pasabas momentos complicados en el directo te miraba y te sonreía y esa sonrisa lo era todo.

 

De igual manera que sus zarpazos televisivos sorprendían y dolían, no sólo por lo que te decía sino porque te lo decía ella. Los zarpazos duelen depende de quién te los diga, de cuanto admiras a quien te los dice y a mi los de ella me pellizcaban. Algunos fueron públicos, otros se produjeron por los pasillos de la cadena. Cuando estaba enfadada contigo porque algo de lo que habías dicho no le gustaba o no lo compartía, te lo hacía saber y de qué manera.

Si te regañaba Mila Ximénez es porque le importabas

Ahora soy incapaz de dejar de sonreír recordando alguna que otra regañina de ella. Y lo hacía no porque se creyese superior, lo hacía porque simplemente la importabas. Y eso era maravilloso. Ahora pienso que ya nunca más me regañará y el pellizco es más profundo. El enfado apenas duraba unas horas o pocos días. De repente te volvías a cruzar por casualidad con ella a la salida de maquillaje, te miraba, te sonreía, te abría los brazos y simplemente te dejabas abrazar.

En los peores momentos televisivos me sentí protegida por ella

En los peores momentos televisivos siempre me sentí protegida por ella. Dio la cara por mí en muchos momentos a pesar de las circunstancias y de la rivalidad que podía existir entre diferentes programas en los que ambas trabajamos, y yo esas cosas nunca las olvidaré. No me he permitido olvidarlo jamás.

Lo que nunca arrinconaré en mi recuerdo es esa Mila que quedaba cuando los focos se apagaban, cuando el maquillaje y el rímel se corrían de todo lo que te podías reír con ella. No me olvidaré de su humanidad, de su calidad, de su humildad, de su vulnerabilidad. Ayer releí los últimos mensajes, ya escritos, que nos intercambiamos. Volví a atender ese audio en el que te escuché reír por última vez, porque estabas esperanzada, contenta y convencida.

Podría seguir y no me cansaría, pero prefiero acabar aquí porque estoy redactando el artículo que nunca aspiré, ni pretendí escribir.

En mi recuerdo y en mis oraciones siempre, Mila.