26 de Enero de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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La salida del GP de Bélgica fue el único momento en el se pudieron ver varios coches juntos en cabeza.

Hamilton pega el cante antes de otro paseo

Otra victoria de Lewis Hamilton (Mercedes AMG) de esas de pegarse las cuarenta y cuatro vueltas con el codo fuera del cockpit y fumándose un habano, si fuera necesario.

| Miguel Queipo Deportes

Ni siquiera un trazado clásico como el de Spa, el velocísimo circuito belga, sirve ya para darle lustre y emoción a una Fórmula Uno herida de muerte. Otra victoria de Lewis Hamilton (Mercedes AMG) de esas de pegarse las cuarenta y cuatro vueltas con el codo fuera del cockpit y fumándose un habano, si fuera necesario. Hamilton no tiene ya siquiera rivales que le hagan cosquillas en la salida y las dos primeras curvas. Se pone el semáforo en verde, pie a tabla, adiós y se acabó lo que se daba, aunque reviente una rueda como en Silverstone.

Bottas, quién si no, fue segundo, a dos vueltas al mundo de su compañero de equipo. Y tercer lugar para Verstappen (Red Bull), incapaz siquiera de ver cuáles son las pegatinas del ala trasera de los Mercedes. Carlos Sainz no pudo ni salir a pista en un circuito en el que podría haber pescado unos buenos puntos debido a una avería mecánica de su McLaren Renault en la vuelta de formación: escapes, dijo el equipo. Habrá que creerles.

La carrera dejó una imagen que habla mal, pero muy mal, de la catadura moral de Lewis Hamilton. Ya es sabido que el seis veces campeón del mundo consiguió, con sus ruegos y plegarias, que cada comienzo de Gran Premio se convirtiera en una suerte de mitin político para su lucimiento, a costa del movimiento Black Lives Matter. Más allá de entrar en disquisiciones de otra índole, lo que es cierto es que el BLM tiene su espacio en la F1. Lo que no es de recibo es que, en Bélgica, y tras ese minuto contra el racismo sobre los afroamericanos, Hamilton decidiera ponerse el mundo por montera.

Porque tras ese acto tuvo lugar otro, en homenaje a Antoine Hubert, el piloto de F2 que falleciera hace un año en esta misma pista tras un violentísimo accidente en carrera al ser embestido por el ecuatoriano Juan Manuel Correa, que aún arrastra secuelas del accidente. Hamilton, al contrario que todos sus compañeros de parrilla, decidió no desprenderse de la habitual parafernalia anterior contra el racismo. Conocedor de que todas las cámaras le estarían enfocando por ser quién es, siguió portando, gallardo, la camiseta del BLM. En primer plano. Junto a la madre del desgraciado Hubert, junto al propio Juan Manuel Correa, Hamilton tuvo que pegar el cante. Desafortunadísima exhibición del ego gigantesco de un piloto que se cree un icono político, cuando es un simple maleducado.

 La carrera no tuvo mucho que contar, porque tras el cante llegó el paseo. La enésima cantada de McLaren con Sainz esta temporada, qué casualidad, mandó al español al box antes de comenzar siquiera el Gran Premio. A la conclusión de la carrera, Sainz reconoció que el problema con el escape venía derivado de un cilindro.

Al apagarse el semáforo, Hamilton no tuvo problemas en contener a Bottas y estabilizar su renta en torno a los cinco segundos con el finlandés, que a su vez mantenía esa misma diferencia con Verstappen. Por detrás, sensacional Ricciardo (autor de la vuelta rápida) y bonita pelea de Leclerc y Gasly (curiosamente, amigos personales del desgraciado Hubert) a estrategia cambiada con el resto de la parrilla.

Ni siquiera la galleta que se atizó Giovinazzi y que provocó la retirada de Russell, con el consecuente coche de seguridad y parada de todos en boxes, cambió el guión. Tras la resalida, más de lo mismo. Las únicas dudas eran saber si llovería, cosa que no sucedió, y si los neumáticos duros puestos durante el safety llegarían al final. Y fue que sí, con todos los monoplazas, salvo Ricciardo, Gasly y Norris, rodando como tortugas en el tramo final. Por no haber, no hubo ni un reventón que pusiera algo de picante al orden establecido. Ganó Hamilton, pero es que no hace falta ni escribirlo.