El plan Witkoff para Ucrania: 28 clavos y un ataúd vacío

Vladimir Putin recibe a Steve Witkoff
El pasado día 20 de noviembre Kateryna Lisunova, hablando en el Consejo de Seguridad de la ONU en nombre de Ucrania, anunció que había recibido un borrador de plan de paz de manos del enviado del presidente Trump, Steve Witkoff. Un borrador que su gobierno se comprometió a estudiar, y que rechazó en su estado actual, pero que está siendo presionado para aceptar en una semana.
El plan ha generado controversia por muchas razones, desde su autor (un enviado especial que no ha pisado uno de los dos países entre los que media, y más conocido por buscar inversores rusos para inmuebles de Trump que por otra capacidad) al modo en que se ha presentado (se han filtrado conversaciones de Witkoff asesorando a Rusia sobre cómo presentar las cosas a Trump para que las acepte y sobre todo por su contenido, que comprende todas las peticiones maximalistas rusas además de medidas inspiradas en el plan de paz de Gaza, diseñadas para hacer la paz rentable a los EEUU. Su análisis detallado habla mucho de la mente de Putin, pero vale para poco más. Además de Ucrania, ya lo han rechazado tajantemente representantes europeos (hasta Nigel Farage) e incluso congresistas estadounidenses.
Pero la principal razón por la que es irrelevante es que Ucrania no es Hamás. Su territorio no está sometido al enemigo, con la población civil indefensa ante sus fuerzas de ocupación, resistiendo en túneles con una docena de rehenes como único escudo, aislado de sus amigos. El ataúd que Witkoff quiere sellar con sus 28 puntos está vacío.
Es cierto que la situación es muy complicada a todos los niveles. El ataque sostenido contra Pokrovsk parece que acabará dando frutos (aparte de las decenas de miles de rusos muertos), abriendo el paso del ejército ruso hacia la próxima ciudad fortificada y los próximos meses de guerra de desgaste. Es cierto que Ucrania no puede financiar su defensa sola (ni ahora ni al principio de la invasión) pero tampoco lo necesita: la duda en la UE es sobre cómo, no sobre si mantener o aumentar el apoyo. Es cierto que les ha sacudido un enorme escándalo de corrupción, pero lo están tratando (no como otros). Ucrania tiene problemas, pero no está de rodillas ni está sola.
Lo que sí está cambiando poco a poco es la otra esquina del cuadrilátero. Anunciar el colapso ruso, después de cuatro años escuchando que viene, siempre será imprudente. Pero las cosas están cambiando. Hay indicadores que señalan a un punto de inflexión cada vez más cercano. Repasemos varios:
-Ventas de crudo y derivados. El bombardeo de Ucrania sobre las refinerías rusas han forzado el cierre del 30% de su capacidad en Noviembre de 2025. Las sanciones de EEUU a la exportación de derivados del petróleo han reducido su mercado (se han vendido 350.000 barriles menos al día desde que se iniciaron las nuevas sanciones). Rusia ha reaccionado exportando crudo, que estaba exento de sanciones hasta el 21 de noviembre, pero sólo desde sus puertos más lejanos, ya que Ucrania ha reducido también significativamente su capacidad de embarque en el Mar Negro y dañado sus oleoductos.
También ha creado nuevas entidades exportadoras para burlar las sanciones a Rosneft y Lukoil. China, India y Turquía siguen siendo los mayores compradores, a la espera de ver qué pasa con las nuevas sanciones que preparaba el Senado estadounidense. El efecto neto es una caída interanual de ingresos por gas y petróleo del 35% en noviembre, acelerando la caída que en octubre era del 27% (según el ministerio de Finanzas ruso y a comienzos de año de apenas el 14%. Las exportaciones están en el nivel más bajo desde 2017, según la IEA (por número de barriles), y ya lo estaban en Octubre según CREA. El efecto de las sanciones se nota en los barcos sin descargar que empiezan a acumularse en puertos que solían recibirlos.
-Esto no significa que la UE no siga comprando gas, o que Occidente no compre productos derivados de países que compran crudo ruso. Pero el efecto neto es una caída que ha pasado de seria (14%) a muy grave (35%) antes de que las nuevas sanciones muerdan.
-Menos ventas significa menos impuestos sobre ellas (el propio ministerio espera un 22% menos). Esto significa una reducción de los ingresos públicos rusos generando el mayor déficit hasta la fecha. Ese déficit ha sido oficialmente del 3,5% en 2025, y la deuda pública está por debajo del 20% lo que no parece una cifra excesiva para un Estado moderno, pero recordemos que, a diferencia de mercados desarrollados con leyes fiables, la deuda pública rusa no es un activo apreciado en el resto del mundo (la proporción de deuda externa no deja de bajar).
Aún así, para cubrir el déficit imprevisto están teniendo que emitir masivamente: en diciembre se espera la primera emisión en yuanes por un importe esperado de 400.000 millones de rublos, el importe del último desfase presupuestario. El plan oficial es emitir un total de 12 billones (trillones estadounidenses) de rublos de deuda nueva hasta 2028.
-Para intentar paliar esa caída de recursos, el nuevo marco presupuestario ruso prevé subidas de impuestos a empresas no petroleras y pequeñas empresas, y una subida del IVA al 22%, entre otras medidas menos creíbles como una contención del gasto militar que ya han sido incapaces de implementar en periodos anteriores… y un no menos increíble fin de la guerra a corto plazo, con un aumento de los ingresos petrolíferos hoy menguantes. El déficit de 2025 (cómo la inflación) ya ha sido mayor del previsto, y el nuevo plan no tiene visos de sostenerse mejor frente a la realidad.
-Mientras el papel lo aguanta todo, los datos van en otra dirección. La reducción de recursos públicos se traduce directamente en la capacidad de gasto militar, y en concreto de reclutamiento. En 2025 Rusia ha estado reclutando casi 30.000 personas al mes (apenas menos que el año pasado por estas fechas) y pagando indemnizaciones por cerca de 10.000 muertos al mes, un esfuerzo financiado en gran parte por las primas de reclutamiento de las regiones. En las últimas semanas, mientras algunas de éstas han aumentado puntualmente las primas, la mayoría las han reducido muy significativamente, al agotarse los fondos usados para ello y la capacidad de reponerlos.
-Pero el gasto militar sigue siendo prioritario. La consecuencia es que otros epígrafes de gasto o inversión desaparecen. Por poner un ejemplo clave, la situación del ferrocarril ruso hace que la Renfe de Oscar Puentes parezca idílica: una caída de ingresos del 95% en 2025 le impide hacer frente a una montaña de deuda que ha llevado a la necesidad de un rescate público, pero sobre todo a la degradación masiva, por falta de mantenimiento y de personal cualificado, de la capacidad de un sistema que, a diferencia de España, es la columna vertebral del transporte de personas y mercancías, con consecuencias en todos los ámbitos.

-Los tipos de interés de referencia a los que se enfrentan las empresas rusas (no hablemos de los consumidores) están en el 16,5%. El presidente de la patronal rusa, Alexander Shokin, ha reclamado que bajen al 10% para empezar a ser tolerables. Sin ellos, la actividad empresarial se resiente y la capacidad de inversión se sigue degradando. La consecuencia de ésto no es simple malestar popular. De acuerdo con el propio banco central ruso 17 de sus mayores empresas cotizadas (4 más que el año pasado) están en situación frágil o inminente quiebra. Imaginemos un país en el que el tejido empresarial se deshace a esa velocidad, y pensemos en la cantidad de directivos que estarán esquivando ventanas o soñando con acercar a Putin a una. El banco no cita a las empresas en riesgo, pero las sanciones impuestas a las grandes petroleras permiten apostar a que algunas de las perjudicadas son los feudos de los mejores amigos del régimen.
-No son sólo las energéticas (aunque éstas destacan). De acuerdo con la agencia estatal Rosstat, en los primeros nueve meses del año las empresas con pérdidas han sido un 25% más que el año pasado (en varios sectores más de la mitad de las empresas están declarando pérdidas), y el beneficio total agregado cayó casi un 8%. Y una parte importante del problema es que las empresas estatales están retrasando pagos por sistema. La inversión ha caído del 8,7% al 1,5%. La tasa de morosidad de las empresas rusas es la mayor de los últimos años, y alcanza casi el 25% de las entidades deudoras.
No, Rusia no está colapsando. Su economía resiste, mal que bien (crece en torno al 1%), y su paro acaba en el frente (donde dura poco). Sigue pudiendo emitir deuda, aunque sea a tipos tercermundistas. La resistencia a la guerra se centra en unos pocos bloggers en redes, que sólo critican en modo en que se está llevando. Putin no parece a punto de perder el control, como sucedió brevemente tras la revuelta de Wagner.

El presidente de Rusia, Vladimir Putin.
La forma más lógica en la que Ucrania puede ganar la guerra no es la caída de Putin ni una ofensiva blindada milagrosa, sino un colapso del frente, parecido a lo que pasó en el Este cuando consiguieron dejarlo sin suministros. El camino hacia ese colapso es privar al enemigo de munición y combustible, como hicieron los rusos con la Wehrmacht (y como está haciendo Ucrania sistemáticamente con Crimea). Es aguantar una guerra de desgaste que, por duro que resulte oírlo, les está endureciendo más deprisa de lo que les desangra. Es conseguir que los rusos se retiren porque no puedan más.
Para Europa, defender Ucrania no es sólo la opción decente. También es la oportuna, en todos los sentidos. Como señalaba esta semana el Economist, la reconstrucción de Ucrania será una oportunidad económica enorme, mayor aún si EEUU sigue saboteándose. Pero antes de llegar a ese punto, el apoyo a la defensa de Ucrania es un medio importantísimo para estimular la industria europea de defensa.
El gasto público en armamento producido en Occidente (o por las empresas occidentales que abren plantas en Ucrania) es un estímulo económico para los que saben aprovecharlo (de momento, principalmente firmas francesas y alemanas) que cumple el fin, acordado ya por la UE, de renovar y reactivar capacidades militares e industriales que habíamos perdido y que claramente necesitamos. Que ese armamento se use para defender la libertad de un socio y vecino frente a un agresor habitual, y no sólo para modernizar o renovar stocks, es una gran virtud adicional. Que cumplir los requisitos de gasto de la OTAN sirva para lo que se creó la OTAN (defender Europa del expansionismo ruso) es poético, además de justo.
El interés estadounidense en esa misma reconstrucción, como en la de Gaza, es el anzuelo que usa Witkoff para implicar a su presidente, sus asesores inmobiliarios, y sus seguidores habituales, en su propuesta de rendición ucraniana. Pero obcecarse en meter en el ataúd a una Ucrania que no está muerta sólo puede servir para perjudicar sus propios intereses, y recrudecer el proceso durante el tiempo que tarde en reconocerlo. Como dice el Economist, Europa no tiene razones para temer un enfrentamiento financiero con el Kremlin, y todas las herramientas para ganarlo y cambiar la balanza de poder apoyando a Ucrania. Salvo, por supuesto, que no consiga ponerse de acuerdo a tiempo.