| 13 de Agosto de 2022 Director Antonio Martín Beaumont

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La deuda eterna de España con las víctimas del terrorismo debe ser saldada

La atención personalizada a cada víctima del horror ha de ser política de Estado. Sólo así se podrá imponer el relato correcto sobre el horror creado por unos asesinos durante décadas.

| ESdiario Editorial

 

 

Casi 900 personas fueron asesinadas por ETA durante el medio de su cruel existencia, rematada con una lamentable disolución en un acto bochornoso que pretendió darle épica a su aplastante derrota pero que, a la vez, ofendió a los sentidos y las emociones más elementales.

El número total oficial de víctimas del terrorismo en España es de 10.181, según el reciente recuento oficial elaborado desde el Ministerio del Interior: una cifra brutal, que reúne a todos los damnificados por cualquier tipo de horror de inspiración 'ideológica', y que aún así no abarca a todos los damnificados reales: las decenas de miles de personas que tuvieron que marcharse del País Vasco para salvar sus vidas o vivirlas en paz también forman parte de esa estadística.

Las víctimas han de ser atendidas una a una para cubrirse todas sus necesidades

Todos ellos son el testimonio de la resistencia del Estado de Derecho a doblegarse ante el fanatismo, la primera línea de combate democrático y el símbolo de una victoria por la que pagaron el precio más alto que puede esperarse de un ser humano: sin su martirio, las libertades del resto no serían las mismas.

El compromiso

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, les dedicó casi todas sus palabras en la intervención subsiguiente a la disolución de ETA, prometiéndoles a ellas y al conjunto de la sociedad española que no habrá impunidad ni premios por su desaparición: no hay, efectivamente, nada que agradecer, y una democracia decente no compensa a quien, simplemente, renuncia a asesinar.

 

 

Pero hace falta algo más que en el reconocimiento público y las garantías judiciales. Hoy las víctimas no se sienten tratadas con arreglo a su situación: ni las de ETA ni las del 11M, por citar los dos hitos del horror, creen tener el lugar que merecen en el espacio público y político, ni sientes atendidas del todo sus necesidades laborales, psicológicas, económicas y asistenciales.

Cerrar esa herida es crucial, y la única compensación, siquiera mínima, que pueden recibir tras tanto espanto. Sólo desde esa atención personal e individualizada, una a una, las víctimas tendrán el abrazo que merecen.

Imponer el relato de la verdad ahora no es sólo por justicia, también por prevención

El resto es para ellas y para todos: evitar que se imponga un relato alternativo del terrorismo, desde los culpables y sus cómplices, e imponer uno que haga justicia y se atenga a la verdad, sin ambages ni hirientes justificaciones inaceptables.

Por decencia

No se trata de venganza, sino de decencia: la mejor vacuna, sino la única, contra los salvajes recurrentes que lanzan cruzadas ideológicas en el mundo contemporáneo; es que nadie tenga dudas de la crueldad que encarnan ni se consienta la legitimación de sus medios ni de sus fines. Escribir el relato exacto de lo que hizo ETA no sólo es lo correcto: además es lo más útil para dotarse de un antídoto eficaz en el futuro.