15 de Abril de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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Las Infantas Elena y Cristina

La vacunación de las Infantas y la rabia destructiva de Podemos

Quizá las Infantas hayan cometido un error de cálculo para poder visitar a su padre, pero la campaña desatada contra la Monarquía por medio Gobierno es inaceptable y repudiable.

| ESdiario Editorial

 

La revelación de que las Infantas Cristina y Elena se vacunaron en Abu Dabi en una de sus visitas al Rey Juan Carlos, también inmunizado en los Emiratos Árabes, ha espoleado la enésima campaña de todo un partido de Gobierno, Podemos, contra la Monarquía, culminado con apelaciones a la República del vicepresidente Iglesias o la ministra Montero.

El maximalismo de la cúpula del partido, sectario e incompatible con la Constitución ante la que juraron sus cargos, impide un debate razonable sobre los aspectos menos claros de la Corona, los fallos en su gestión o los excesos en su entorno. Pues todo ello, lejos de aspirar a mejorar su funcionamiento, se manipula para buscar su destrucción.

Es el caso de la vacunación de las hermanas del Rey actual, probablemente poco ejemplar aunque perfectamente legal: si ellas han nacido y vivido en la liturgia, disfrutando de un estatus emanado de la simbología, su comportamiento personal ha de ser especialmente exigente. Formen o no parte de la Familia Real, desde un punto de vista técnico, pertenecen a un grupo selecto cuyo valor y supervivencia se atiene a una estética y a una ética especialmente elevadas.

Si se trata de elegir entre la Monarquía Parlamentaria y el populismo caribeño, no hay color. Más que de COVID, Iglesias necesita la vacuna de la rabia

Pero el reproche que puedan merecer, si acaso lo merecen, queda anulado por la intencionalidad que se da a cada caso relativo a la Monarquía: el inaceptable pulso contra ella que se libra desde dentro del propio Estado obliga a posicionarse, pues el debate planteado no se queda en el juicio de determinados comportamientos, sino en la viabilidad o derribo de una institución íntimamente ligada a la mejor idea de España en décadas que algunos quieren destruir al considerarla un obstáculo para sus planes.

 

Quizá las Infantas debieron esperar, aunque es humano comprender que aceptaran vacunarse si era la única forma de ver a su padre, un hombre de avanzada edad forzado a un duro exilio a miles de kilómetros de España, con una severidad que no sufren ni los terroristas de ETA, tantos de ellos acercados a las proximidades de sus domicilios.

Pero la ira desatada por su decisión y la enmienda a la totalidad de la Corona que está detrás de las críticas, despeja el debate: si se trata de elegir entre la Monarquía Parlamentaria y el populismo caribeño de Podemos, no hay evidentemente color. Más que de COVID, Iglesias necesita la vacuna de la rabia.