20 de Enero de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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El Rey Felipe, en su discurso

El Rey impone a su padre lo que Sánchez e Iglesias no se aplican a sí mismos

Don Felipe da una lección institucional a sus críticos y les impone sutilmente la obligación de cumplir con lo que le exigen a la Corona pero incumplen por sistema.

 

Con un gran discurso, el Rey Felipe puso a resguardo a la Corona de los reiterados ataques que, desde dentro de las propias instituciones del Estado, padece desde hace meses. Olvidó sus afectos familiares e ignoró las cuestiones estrictamente jurídicas para distanciarse de don Juan Carlos, exiliado a la fuerza sin ninguna imputación en su contra, elevando las exigencias para la Monarquía al máximo nivel.

Consciente de que se la juzga por razones estéticas y simbólicas, y no solo legales, el Jefe de Estado reprobó el comportamiento de su propio padre, reivindicando el suyo propio y recordando cómo la Casa Real ha adoptado todas las decisiones a su alcance para demostrarle a la ciudadanía que sus valores no son una mera declaración de intenciones, sino una hoja de ruta invariable.

Nada de esto calmará a sus detractores, empezando por un Gobierno que, por la acción de Podemos y la omisión del PSOE, ha colocado a la Corona en la diana de sus objetivos, ora por distraer la atención, ora por consolidar el Frente Popular en ciernes con el separatismo, ora por aplicar el mismo sectarismo ideológico que empapa el conjunto de su acción política, educativa, moral o judicial.

 

El discurso del Rey debe ser un antídoto contra las conjuras que le libere de ataduras y le permita imponer exigencias al resto

Pero sí dará argumentos a quienes han entendido que los ataques a la Casa Real no atienden a los posibles errores del Rey Emérito, sino a la utilización espuria y sobredimensionada de ese caso para socavar el primer símbolo de la España constitucional, que es en realidad su meta.

En ese sentido, el discurso de Nochebuena de Felipe VI es sobre todo un antídoto que le libera de ataduras para ejercer su función sin un tutelaje que no obedece al necesario control constitucional de la Corona; sino al deseo de una parte de la política española vigente de maniatarla, vaciarla de contenido y finalmente desecharla.

Ejemplaridad... para todos

Si para ello ha tenido que arrojar a los leones a don Juan Carlos, a quien se juzga más desde una óptica moral que legal para condenarle desde unas exigencias que nadie más sufre y que prescinden tanto de sus derechos individuales cuanto de su impagable legado público; bienvenido sea.

Incluso facilita el itinerario del Emérito, bien para pagar sus errores sin afectar a nadie, bien para rehabilitar su imagen si las circunstancias le acaban dando la razón.

Porque con estas palabras, don Felipe salvaguarda su función pero también eleva el listón de exigencias para el resto. Su ejemplaridad no puede convivir con la falta de ella de quienes se la reclaman a él y luego la ignoran sobre sí mismos.

¿O acaso tiene que quedarse en el extranjero un Rey sin acusación formal alguna mientras zahiere a la Corona el líder de un partido como Podemos, imputado en los juzgados y desbordado de escándalos bochornosos?

No se puede ser más benévolo con terroristas, sediciosos e imputados que con un Rey exiliado sin ninguna imputación

¿Cómo puede pedir nada un presidente opaco como nadie, según las resoluciones firmes del Consejo de Transparencia, que tiene incluso la indignidad de mentir con la cifra real de muertos por coronavirus en España? ¿Merecen acaso más benevolencia un terrorista como Otegi y un sedicioso como Junqueras que un Jefe de Estado inductor de la Transición?

Las dos varas de medir vigentes desde hace lustros en España no pueden ser aceptadas sin más, pues suscriben un relato falso y peligroso según el cual a unos cabe exigirles el máximo y a otros reconocerles una impunidad sin límites.

El listón ha de ser el mismo para todos, y la Corona no puede cumplirlo solo para agradar a quienes jamás le van a dar respiro, sino para señalarles el camino que ellos también han de cumplir. O pagar el precio que ahora mismo se ahorran mientras, incomprensiblemente, dan lecciones a todo el mundo.