| 26 de Septiembre de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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Quien siembra el odio en España son Sánchez, su Gobierno y sus aliados

Sean falsos o ciertos los ataques homófobos, solo son responsabilidad de quienes los cometen. Pero el odio ideológico en España si tiene nombre y promotores, con Sánchez a la cabeza.

| ESdiario Editorial

 

La crónica política diaria acaba de vivir otro esperpento con el inquietante numerito montado por el Gobierno y sus corifeos a cuento de una agresión homófoba en Madrid que, finalmente, se desveló falsa al derrumbarse la víctima y confesar que el ataque de ocho encapuchados que había denunciado era un invento.

La reacción del Gobierno, de sus socios y de sus apoyos mediáticos fue, al trascender los supuestos hechos, tan precipitada como injusta y peligrosa: en lugar de situar el triste episodio en el contexto correcto, que es el de la persecución legal en un contexto de repudio unánime; todos se lanzaron a esparcir la especie de que España sufre una epidemia de odio y que ésta, además, es responsabilidad de los partidos del centroderecha, con VOX a la cabeza.

 

Aunque la agresión hubiera existido en los términos descritos por la falsa víctima, la gestión política de PSOE y Podemos hubiera sido igual de intolerable: nadie en España defiende de manera pública e institucional la homofobia ni el machismo ni la xenofobia; como tampoco nadie es partidario de una regresión democrática que nos devuelva a un sistema similar al franquismo.

Y sin embargo, este Gobierno y su infantería mediática se comporta a diario como si esos problemas fueran masivos y, además, tuvieran un impulso y una tutela de partidos perfectamente democráticos cuyas ideas, propuestas y decisiones son legítimas y, también, discutibles. Como todas en un Estado de Derecho que se enriquece con visiones distintas siempre y cuando respeten los límites legales vigentes.

La persecución ideológica a todo aquel que no vota a la izquierda española es real, está institucionalizada y nace del bulo reiterado

Si se puede defender la ruptura de la unidad de España en sus propias instituciones, ¿cómo no se va a poder debatir la ilegalización de los partidos que la ponen en práctica? ¿O las leyes de género, educativas y de todo tipo que este Gobierno o cualquiera impulse? La línea roja nunca está en qué posición se defiende, sino en si se respetan los procedimientos para imponerlo o, en su caso, aceptar que no es posible.

El triste episodio, que daña un problema de violencia o marginación existente para el colectivo LGTBI pero nunca impulsado desde formaciones políticas, sí permite identificar quién y cómo extiende un odio más sutil pero también más peligroso que cualquier otro.

El odio sale desde el Gobierno

Porque a diferencia del machismo, la homofobia o el racismo, que sin duda existen en determinados grupúsculos o ciudadanos a título personal; la persecución ideológica a todo aquel que no vota a la izquierda española es real, está institucionalizada y nace del bulo reiterado.

Que alguien agreda o señale a un gay, a una mujer o a un inmigrante solo por serlo es repugnante y debe encontrar la respuesta unánime de la sociedad española, tolerante por definición. Pero que todo un Gobierno, con sus recursos institucionales, señale y criminalice a sus rivales, y con ello a millones de españoles, es peligroso, inaceptable y definitorio de una política regresiva sustentada en la ingeniería social y el choque sectario.