| 21 de Enero de 2022 Director Antonio Martín Beaumont

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No se puede gobernar con quienes no respetan la Monarquía Parlamentaria

Pedro Sánchez no puede normalizar una anomalía tan inaceptable como gobernar gracias a socios y aliados que atacan, denigran y ofenden al Rey Felipe.

| ESdiario Editorial

 

El discurso navideño del Rey ha vuelto a traer al primer plano una circunstancia que, no por repetida, puede ser normalizada: los ataques en tromba de los socios y aliados del PSOE al Jefe del Estado, objeto de una intolerable persecución que Pedro Sánchez, sin embargo, permite.

Empezando por Podemos, cuyos ministros existen por la firma del Rey y toman posesión ante él con un juramento constitucional que les obliga a defender y hacer defender la Carta Magna, en cuya cúspide está el mismo Felipe VI al que denigran hasta llegar al acoso político.

 

Solo por esto, debería romperse una coalición compuesta por un partido que no respeta las reglas del juego y otro que no las hace respetar, como si fuera compatible ejercer el poder Ejecutivo desde el menosprecio a la jefatura del mismo Estado que regula sus funciones. Las críticas de Pablo Echenique, en nombre todo Podemos, rozan el insulto y son impropias de un partido de Gobierno.

Y lo mismo cabe decir del resto de aliados de Sánchez, básicamente partidos independentistas que han visto en la figura de Felipe VI un obstáculo a sus planes y, por ello, trabajan con denuedo por derribarlo ante el silencio cómplice del PSOE.

Desprecio a la democracia

Los socialistas creen que su defensa de la figura del Rey, oscilante y de desigual intensidad, es suficiente para tapar los mensajes insurgentes de sus socios, pero es justo al contrario: si el presidente naturaliza las ofensas reiteradas, avala también una escalada institucional contra uno de los pilares fundamentales del Estado de Derecho.

Que es, por otro lado, una de las características definitorias del sanchismo: la indiferencia hacia la liturgia de la democracia, sus procedimientos, sus símbolos y sus obligaciones. Se empieza por despreciar lo que encarnan y se termina por diluir lo que defienden. Lamentable.