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Donald Trump

El desafío de Trump es el mismo que el de Iglesias: ambos degradan la democracia

El asalto al Capitolio nace de la misma resistencia a aceptar la democracia que llevamos padeciendo en España desde hace años: solo se acepta cuando favorece a los agitadores.

| ESdiario Editorial

 

Donald Trump ha puesto en peligro el sistema democrático americano al instigar y jalear el asalto del Capitolio por parte de sus seguidores, una amalgama de nacionalpopulistas que, con distintos disfraces ideológicos, lleva años poniendo en solfa los Estados de Derecho occidentales.

Los de allí son similares a los que rodearon el Congreso en la última toma de posesión de Rajoy, tras apostar incluso por asaltarlo, exigiendo la caída del Gobierno, de la Monarquía Parlamentaria y en definitiva de la Constitución. O los que asaltaron el Parlament de Cataluña obligando a huir a muchos diputados. O los que desplazaron autobuses a la toma de posesión de Juanma Moreno en Andalucía y activaron una "alerta antifascista".

Y desde luego son los mismos que, en estos momentos y desde el propio Gobierno de España y sus aledaños, intentan derribar a la Corona, pretenden demoler el "Régimen del 78" y dedican buena parte de sus esfuerzos a enterrar la Constitución.

El populismo se disfraza igual de Trump que de Iglesias, pero busca lo mismo: superar la democracia y adaptarla a sus necesidades

La enseñanza con Trump es que no existen populismos razonables, como el de Podemos, y populismo deplorables, como el del presidente americano: todos son igual de perniciosos y apelan a una autoridad supuestamente superior a la emanada de las instituciones; arrogándose una representación mayor del "pueblo" que escapa de los procedimientos reglados en una democracia decente.

La negativa de Trump a aceptar el resultado de las Elecciones, apelando a un amaño del que no existe prueba alguna más allá de rumores conspiranoicos; es similar a la de Sánchez obligando a repetir Elecciones en seis meses hasta provocar una moción de censura tan legal como espuria. O la misma del nacionalismo catalán convirtiendo sus consultas ilegales en una manifestación definitiva de democracia a la carta. O la de Podemos instigando durante años la algarada callejera y despreciando a las instituciones.

Porque el mundo asiste, desbordado por la pandemia y la crisis, a un pulso entre demócratas y antisistema que supera el esquema tradicional de bloques ideológicos para resumirlo todo en esos dos únicas opciones. Lo hagan en nombre de América, de la República, de la izquierda o de la derecha, son todos similares. Y frente a ellos, más allá de lo que se vote, deben posicionarse todos los que entiendan que la democracia está en juego como nunca en décadas.