20 de Enero de 2021 Director Antonio Martín Beaumont

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Pedro Sánchez, en Moncloa

Sánchez y la epidemia: una mezcla de caos, negligencia, falsedades y errores

Por tercera vez desde marzo, las decisiones del Gobierno o la falta de ellas disparan los estragos de la pandemia y elevan el sufrimiento sanitario y económico, ya insoportable.

 

La tardanza del Gobierno en suspender los vueltos con el Reino Unido, 24 horas más tarde que la mayoría de los países de Europa, resume en enésimo caos generado por Sánchez en la gestión de la pandemia, jalonado de episodios sonrojantes de olvidos, errores, negligencias y falsedades.

Solo la facilidad con que Moncloa encuentra aliados mediáticos para esconder sus patinazos y sobredimensionar los de otros dirigentes, aunque sean infinitamente menores, explica la tranquilidad con que el Ejecutivo se salva de sus estrepitosos patinazos y sus insoportables mentiras, iniciadas en marzo, continuadas en verano y rematadas este invierno.

Al comienzo, desoyó todas las alertas internacionales, aumentando los riesgos y provocando la extensión del contagio por su negativa a suspender eventos de multitudes o el mantenimiento de las fronteras terrestres y aéreas. Después, dio por vencido al virus y alimentó una reducción de las medidas de seguridad mientras el virus volvía a desatarse.

Y finalmente, ha provocado una confusión mayúscula con su indiferencia en la "tercera ola", saldada con puzzle de medidas navideñas en cada Autonomía; un retardo inaceptable en el control de los aeropuertos y una sensación de improvisación y ocultismo en la inminente distribución de la ansiada vacuna.

La trayectoria de Sánchez la epidemia se puede sintetizar como una mezcla de fracaso y escándalo por la que algún día, es de justicia, tendrá que dar explicaciones

Sobre esto, cabe lamentar que a solo cinco días de comenzar con la campaña, no se sepa el calendario global, no esté claro quiénes y dónde van a recibirla y qué papel han de jugar las Comunidades; responsables de las medidas más impopulares pero ajenas a las positivas, monopolizadas siempre por Sánchez.

El virus, obviamente, es una amenaza global. Pero sus estragos son distintos en función de la diligencia de los gobernantes de cada país. Y por mucho que los terminales oficiales de Moncloa quieran difundir la idea de que el impacto es similar en todos los sitios, lo cierto con las cifras en la mano es que en España ha tenido y tiene unas consecuencias sanitarias y económicas desproporcionadas.

Que Sánchez decrete un estado de alarma para preservarse un control absoluto de todo y, a la vez, señale siempre a Europa o a las Comunidades como responsables de las decisiones; define su gestión y resume sus prioridades, que siempre empiezan y terminan atendiendo a sus intereses políticos y personales.

Con una ristra de resoluciones en su contra del Consejo de Transparencia por la inaceptable opacidad y otra de demandas y querellas que el Tribunal Supremo ha ordenado investigar en distintos juzgados ordinarios; la trayectoria de Sánchez en este asunto se puede sintetizar como una mezcla de fracaso y escándalo por la que algún día, es de justicia, tendrá que dar explicaciones y asumir responsabilidades.